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Como se acercan los festejos de fin de año, ya es tiempo de pensar en los regalos correspondientes. Por eso, con debida y prudente antelación, los comerciantes aumentan los precios para que estos ajustes para arriba no aparezcan abruptamente como signos desmedidos y antisociales de codicia lucrativa. También tiene interés en ello el gobierno, a fin de poder manipular a su antojo los índices del costo de vida que, como se sabe, suelen alcanzar su record en ocasión del ímpetu regalón. Pero en realidad hay muchos días, cada vez más en nuestra sociedad de consumo, en los que se hacen (e intercambian) obsequios. Existe una proliferación indiscriminada de ellos y, por tanto, la sorpresa del acto generoso queda desencantada al convertirse el regalo en una casi obligación, en una costumbre mecánica y previsible propia de una actividad cotidiana. Se ha infiltrado en ella, de manera mercantilista e interesada, la idea de la contraprestación, con lo que se desnaturaliza el sentido del donar (que así se llama el regalo en nuestro Código Civil), del dar por complacer y gratificar al otro. Jacques Derrida, el filósofo francés recientemente fallecido, en un bello trabajo ("Dar el tiempo", Paidós, 1995) dice que el verdadero regalo no espera ni admite recompensa alguna. Pero, en la teoría de los antropólogos sociales que han estudiado este curioso asunto, que parece ser una cuestión universal, es una entrega unilateral de un bien, una expresión de generosidad y benevolencia del donante, pero no absolutamente desinteresado y carente de la esperanza de un intercambio. Por eso, en el análisis de la cuestión se incluye el "contrarregalo", es decir: el obsequio con el cual también unilateralmente se retribuye el primero. En este caso se parte de la existencia de una imposición implícita para devolver lo dado con otra benevolencia equivalente, algo así como una respuesta adecuada al don original. Un clásico estudio sobre el tema (Marcel Mauss, "Ensayo sobre el don", en Sociología, Ed. Tecnos, Madrid 1979) describe este ciclo como un círculo que cierra: primero dar, luego recibir y finalmente restituir. Desde luego, en este cuantioso repertorio, pueden distinguirse distintos estilos, modos, motivos y formas de regalar. Está, por ejemplo, el de los patrones a sus empleados incluyendo el aguinaldo, cuyo origen es una dádiva que se transformó en ley con Perón en 1945 y se convirtió en un deber cuyo incumplimiento es castigado; o el de los empresarios a otros empresarios, a sus clientes o a sus proveedores. A veces cuando de funcionarios públicos y contratistas del Estado se trata, el soborno se disimula tras el regalo. También, y con la misma contaminación lucrativa, están las "promos": se "regala"un l0% o algo más de la mercancía vendida (una medialuna, unas papas fritas, un poco más de contenido en el envase) por el mismo precio. O bien, comprando uno te dan dos. Algo así como una yapa de propaganda calculada y convenida. Y, por supuesto, está la dádiva bochornosa del caudillo electoral para obtener el voto de su clientela. Una clase especial de regalo son los libros. No es lo mismo regalar libros que obsequiar un canasto de turrones y pan dulce o una caja de botellas de vino. Es claro que esta clase de daciones requiere una cierta sensibilidad. Un viejo chiste nos contaba que al gobernador X le habían hecho un atentado: sus enemigos le dieron un libro. Conozco también el caso de un empresario súbitamente enriquecido no precisamente por sus atributos lectores, que al momento de decorar su nueva casa, tarea a cargo de su esposa, decidió regalarle unos libros para la flamante sala dedicada a la biblioteca. Fue a la más grande librería de Buenos Aires y le pidió al vendedor doscientos libros: Bien, dígame cuáles, autores, títulos... Yo necesito cincuenta libros de 20 por 15 centímetros, otros cincuenta de 30 por 20 y cien de distinto tamaño y volumen. Eso sí, con lomo de cuero rojo, marrón oscuro y verde. Hay circulando en estos días una novela espléndida, "El Reflejo de las Palabras" (Ed. Salamandra, Barcelona 2007), del autor iraní Kader Abdolah que, exiliado político por los clérigos fundamentalistas de su país por ser laico y socialista, escribe en holandés y desde Holanda. Nos cuenta la historia, obviamente autobiográfica, de un padre sordomudo y analfabeto dedicado al sutil oficio de reparador y zurcidor de los tejidos de las alfombras persas y de su inquieto hijo, estudiante de Física, que supera la condición social humilde de su familia de aldeanos. Hay en ese relato una escena conmovedora. El padre ve que su hijo tiene libros (no sólo el Corán) y que los lee todo el tiempo. Entonces, dice el narrador, "mi padre empezó a traer libros a casa. Mira, son para ti, me decía con sus gestos. Yo los hojeaba y los colocaba con indiferencia en mi biblioteca. No eran auténticos libros de lectura o vinculados a algún estudio particular sino mamotretos de la más variada índole. Un viejo ejemplar sobre el algodón y el hilo o un volumen con un montón de tablas y series numéricas. A veces se sentaba a mi lado, sin hacer ni decir nada, y me observaba en silencio: los libros y la lectura lo habían hechizado". Así, pues, el padre traía a la casa muchos libros y cada vez más. "¿De dónde los sacas?", le preguntó el joven. "Los compro", fue la respuesta. "Bueno, pero no compres ni me regales más. Los libros no se compran así como así". El joven arrojó luego, ante la infinita decepción de su padre, todos esos libros a la azotea. Fue un acto terrible y luego se arrepintió de semejante ofensa; pero ésa es otra historia, la de los regalos rechazados. Éste del libro de Abdolah es un modelo no sólo del maravilloso sentido del don sino también, por sobre todo, de un acto de amor. Y ése es, según lo pienso, el alma misma del buen regalo, la que perfila la más genuina nobleza de la condición humana y que, en fin, admite el optimismo sobre las conductas de nuestros congéneres en sus mejores momentos. OSVALDO ÁLVAREZ GUERRERO (Ex gobernador de Río Negro, ex diputado nacional por la UCR.) Especial para "Río Negro"
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