Cuando Claudia conoció a Mariana ninguna de las dos sabía muy bien qué esperar de la otra. Se conformaban con charlar un ratito en la vereda y esperar a que el tiempo pasara, así, sin muchas complicaciones. Un rato después, se daban un beso en la mejilla y cada una volvía a su mundo: Mariana a la casa de su novia y Claudia a su rutina. Esa primera vez que cruzaron miradas no ocurrió nada especial. Tuvieron que pasar tres años y un poco más para que una se animara a decirle a la otra:
-Acá pasa algo más ¿no?
Y la otra dijo que sí.
Ese día las dos entendieron que la mejor forma de protegerse era no ocultarse. Y se hicieron una promesa: siempre dirían la verdad, aunque doliera.
Es que, si hay algo que Claudia prefiere en la vida, es ser práctica. Lo prefirió en la adolescencia, cuando tenía más kilos que amigos y ganas de no hacerse
"drama por boludeces". Lo prefirió a los veintipico, cuando tuvo que asumirse lesbiana en una familia rígida y poco habituada a las diferencias.
Lo prefirió hace unos años, cuando convenció a Mariana de cambiar el inseguro Buenos Aires por el más previsible Alto Valle y también lo prefirió hace unos meses, cuando decidió traer un hijo al mundo.
"Lo charlamos mucho y lo decidimos juntas. Queríamos ser madres. Lo pensamos y, la verdad, formas de quedar embarazada hay muchas, pero decidimos la más sencilla: una inseminación artificial con semen de un donante anónimo. Contactamos a un médico neuquino, le explicamos nuestra situación y empe
zamos un tratamiento para que yo quedara embarazada. A los dos meses, nos dieron la gran noticia", recuerda.
Lo que siguió después todavía la sorprende: "Cuando se lo conté a mi familia, se emocionaron muchísimo, pero yo sabía que iba a ser así. Lo que me sorprendió fue que recibí apoyo de todos, de mis compañeros de trabajo, de gente que ahora se anima a preguntarme por mi pareja, que me felicita... pensaba que ciudades chicas como ésta eran más cerradas, más prejuiciosas pero, la verdad, tengo la sensación que criar a nuestro hijo acá fue la mejor decisión que podríamos haber tomado". En un par de meses Claudia y Mariana van a ser madres de un varón. Y Claudia ya está pensando a qué escuela mandarlo.
A 45 kilómetros de allí, a Noelia no le tiembla la voz cuando castiga sin clemencia. No sólo es que está resentida, Noelia lo hace de arpía.
-Tené cuidado vos... no vayas mucho a esa casa, no se te vaya a contagiar la homosexualidad de tu padre. Ya con uno es suficiente en la familia.
Eso fue lo último que le gritó a Micaela, su hija de trece años, que desde un sillón la miraba como miran todos los hijos a esa edad: como si nada le importara.
Y aunque Noelia siempre tuvo lengua filosa, hace cinco años se puso monotemática. Justo unas semanas después de que Juan, su esposo, el padre de Micaela, le confesara que es gay, que se había enamorado de otro hombre y que se iba de la casa. Desde ese
día, cada vez que se acuerda de Juan, a Noelia las palabras le salen como si fueran trompadas.
Y Juan lo sabe. De lo único que no está seguro es de qué le pasó primero en la vida: si fue su atracción por los hombres o la angustia porque se sentía atraído por los hombres. De todos modos, fue suficiente para que atravesara toda su adolescencia con una sexualidad dormida y acomplejada. "Antes no era tan fácil, la sufrías más. Yo no me permitía ni mirar a un tipo. Por eso terminé de novio con una mujer y teniendo una hija con
ella... Hoy me arrepiento de haberla enganchado en esto, no de haber sido padre, claro... pero en ese momento fue lo que me salió", dice ahora el hombre de ojos saltones y hablar pausado en el bar más céntrico de Neuquén.
En realidad fue por eso que dice y también por un padre que lo presionaba sin respiro para que presentara a una novia, para que el resto lo viera con una mujer, en lo posible sencilla y esforzada, como exigía el modelo familiar.
Y Juan cumplió. Y siguió su vida como pudo: a los 25 años se casó con Noelia, a los 30 fue padre, a los 35 empezó a acostarse con hombres que conocía a través del chat, a los 39 se enamoró de uno de ellos y a los 40 se sentó a hablar con Noelia y le contó todo.
Madre y padre no hay uno solo
A su modo, Juan, Claudia y Mariana están pasando por lo mismo. Están probando y aprendiendo cómo es eso de ser padres gays, madres lesbianas. Cómo es salir del closet y animarse a dar un paso más: redefinir que madre no hay una sola, que padre no hay uno solo y que familia no sólo es mamá, papá y los nenes. Que es posible salirse del modelo tradicional sin que ello implique un infierno para la salud emocional de los chicos. Son parejas que concibieron a sus hijos por métodos de inseminación o familias ensambladas con chicos nacidos de matrimonios heterosexuales y que, a veces, casi siempre, luchan contra la mirada inquisidora, contra el mote de "raros".
Jorge Horacio Raíces Montero es psicólogo clínico y coordinador del área Salud e Investigación de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA). Asegura que "la orientación sexual del padre o de la madre no afecta la función" y que esa función estará "afectada, en todo caso, por las características de personalidad del padre o de la madre, tanto sea heterosexual como homosexual". Para él, está claro que lo inherente a la función es cuidar del hijo, marcar límites y normas, jugar, ocuparse de la educación, de la transmisión de valores, cuidar su sexualidad, cuidar su salud física y psíquica y que nada de esto depende del género ni de la sexualidad de las personas.
"La única excepción de estas familias es su flexibilidad en los roles y una mayor aceptación de la homosexualidad", confirma un informe avalado por el Colegio de Psicólogos de Madrid. Según ese estudio, los hijos de parejas del mismo sexo "no presentan apenas diferencias con los hijos de familias compuestas por heterosexuales".
Y a la hora de hablar de los padres gays, Raíces Montero enfatiza: "La masculinidad del padre está impoluta, es un hombre al que le gusta ser hombre, la diferencia es que
se erotiza con otro hombre, pero el modelo masculino está entero". Son familias que intentan hacer visible y poner en palabras una realidad que se impone, pese a que no estén en las estadísticas ni en ningún relevamiento oficial. Y eso dicen: el silenciamiento es la primera forma de discriminar.
Juan, Claudia, Mariana
Dos horas después de aquella confesión Juan llegó con tres valijas y los ojos colorados a la casa de su madre y tuvo que repetir el discurso. Esta vez no hubo gritos, reproches ni insultos. Apenas una mirada comprensiva que había tardado demasiado. Y otros tres años tardó para decir lo mismo y otra vez desarmarse frente a una mujer. "Micaela conoció a Miguel cuando tenía diez años y me veía pasar mucho tiempo con él, pero hacíamos de cuenta que era un amigo y sola, con el tiempo, se fue dando cuenta. Hasta que un día, cuando ya tenía trece, nos sentamos a hablar y le dije la verdad. No me dijo nada y me pidió que la llevara a su casa. Por una semana no quiso hablar conmigo. Luego me llamó y me pidió conocer a Miguel. Fuimos al cine los tres y se entendieron rapidísimo. Costó mucho y sigue costando, pero Miguel tiene toda la paciencia del mundo. No es tan sencillo, pero estamos pudiendo". Y así, con el tiempo, empezaron a construir una familia que, pese a ello, vive silenciada. "La nena se queda a dormir varios días de la semana en casa, pero la madre no sabe que vivo con Miguel, piensa que vivo solo. Y la nena me dice que se siente más cómoda con nosotros, que está contenida, que se siente más estable. Todos los días es una lucha, porque ella tiene que manejarse entre la necesidad de contárselo a sus amigas, de compartirlo con sus pares y el odio de la madre, que no me perdona a mí lo que pasó y se lo dice a la nena, que de todos modos me dice que no le da bola aunque la afecta, seguro que la afecta".
Micaela está por cumplir 16 años y hace dos meses le contó el secreto a su mejor amiga, que se lo contó a otra, que a su vez se lo contó a otra y en pocos días medio colegio comentaba lo que Juan ya no calla. "Ella sabe que esa diferencia no la hace ni mejor ni peor que nadie. Es simplemente eso: una diferencia, como tantas otras que hay en la vida. Y así quiere vivirlo, aunque a veces le cueste".
Claudia sabe, tanto como Juan, que su hijo no se va a criar en un repollo. Sabe que allá afuera hay otras familias, hay escuelas, hay iglesias, hay -en definitiva- instituciones que no siempre lo que buscan es ser abiertas y contenedoras. Más bien, está segura, prefieren casi no hablar del tema o hablar como si de una enfermedad se tratara.
Y saben -Juan, Claudia y Mariana- que no la tienen fácil, que cargan con una doble demanda. Ellos deben ser padres responsables, atentos, cuidar de sus hijos y, además, hablar de su sexualidad, dar explicaciones, que se entienda y se respete su elección, algo que a los padres heterosexuales no se les pide. Y no sólo eso: sobreviven con un reconocimiento legal de sus hijos a medias y con prohibiciones absurdas, como aquella que les impide donar sangre por el sólo hecho de su orientación sexual. "O sea que ni a mi hija podría ayudar en caso de que lo necesite", dice Juan.
"En nuestro caso lo que más nos preocupa es la cuestión legal. El nene va a llevar mi apellido y en los papeles va a ser sólo hijo mío... ¿Qué pasaría en caso de que a mí me ocurriera algo? Algo que las familias heterosexuales ni se plantean, porque el Estado les reconoce a los dos miembros de la pareja la custodia. En nuestro caso no, es como que ignoran a la otra parte... y no es por nosotras, es por los chicos, que tienen los mismos derechos que cualquiera", agrega Claudia.
"Sabemos que todo será un desafío, desde que el bebé nazca, pero nunca ocultaremos nada, siempre de frente. También sabemos que para él será algo natural criarse con dos madres. Y cuando vaya a la escuela, ahí estaremos nosotras, contando, explicando. De todos modos, no veo que vaya a ser tan complicado, más bien tengo esperanzas de que las cosas cambien, porque de hecho en poco tiempo cambiaron mucho, para mejor", dice Mariana y mira más fijo que nunca. Ni ella ni yo podríamos decir con certeza a quién le habla en realidad.
Son las doce del mediodía y la charla queda interrumpida por los gritos de un albañil que desde hace semanas construye una habitación al lado de la de ellas y que ahora quiere chequear el color de la pintura. El celeste le parece la elección más adecuada. Ellas se miran, se ríen, se despiden.
El día, por donde se lo mire, parece perfecto.
ADRIÁN ARDEN
adrianarden@rionegro.com.ar