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Una mancha que crecerá |
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Si bien parece poco probable que prospere el intento de la Coalición Cívica de Elisa Carrió de formar una comisión investigadora legislativa para que se analice meticulosamente la evolución espectacular del patrimonio de los Kirchner, a éstos no les será nada fácil impedir que los interrogantes planteados por su declaración jurada más reciente terminen socavando su autoridad moral y, por lo tanto, política. Desgraciadamente para ambos, gracias al episodio grotesco que fue protagonizado por la ex ministra de Economía, Felisa Miceli, y las secuelas de la visita relámpago del empresario norteamericano-venezolano Guido Antonini, ya se había instalado en el país la idea de que el gobierno que encabezan era corrupto, mientras que el aumento extraordinario de su propio patrimonio hace sospechar que ellos mismos han sabido aprovechar el poder político que esgrimen para enriquecerse. Puede que a la larga otros casos, como los vinculados con ciertas obras públicas, resulten ser aún más perjudiciales, pero hasta ahora ninguno ha tenido el impacto público de los tres mencionados. Por lo pronto, los Kirchner no tienen por qué preocuparse. Como Carlos Menem antes de que los problemas económicos y el hartazgo con su estilo desfachatado lo privaran de la popularidad, o sea, de la base del poder que había acumulado, disfrutan del apoyo del grueso del movimiento peronista que con toda seguridad frustraría cualquier esfuerzo por obligarlos a rendir cuentas ante una comisión investigadora. Con todo, no les será dado liberarse del tema que continuará persiguiéndolos como una sombra que se oscurecerá rápidamente si las dificultades políticas comienzan a multiplicarse. En nuestro país, la presunta corrupción del mandatario de turno suele carecer de importancia hasta que se modifican las circunstancias de tal modo que muchos adherentes deciden que les conviene deslizarse hacia una posición neutral u opositora. Los impresionados por la evolución del patrimonio del ex presidente Néstor Kirchner y su esposa, la actual presidenta Cristina Fernández de Kirchner, ya se han puesto a señalar lo que a su juicio son anomalías. No entienden cómo es posible que en el 2007 hayan cobrado más de 5 millones de pesos en concepto de alquileres cuando el valor declarado de los bienes inmuebles de la pareja apenas llegó a 3 millones de pesos y no los convence la explicación semioficial según la que casi todos los ingresos de la pareja proceden de un hotel boutique, Los Sauces, que los Kirchner hicieron construir en terrenos en El Calafate que compraron a poco más de 3 pesos el metro cuadrado. Parecería que los vendedores calculaban que la mera presencia del matrimonio presidencial sería suficiente como para dar un impulso poderoso a la industria turística de la zona y que por lo tanto era de su interés permitirles participar del negocio a un precio muy especial, pero en una democracia menos permisiva que la nuestra el asunto ya habría motivado investigaciones similares a las emprendidas por fiscales norteamericanos que acusaban al presidente Bill Clinton y su esposa Hillary de estar involucrados en una estafa inmobiliaria en su estado natal de Arkansas, del que él había sido gobernador. Sorprendería que los contadores y abogados de los Kirchner no lograran brindar una explicación legalmente persuasiva del crecimiento de su patrimonio, pero una cosa sería persuadir a los juristas de que las apariencias no obstante todo está en orden y otra muy distinta, convencer a la ciudadanía en su conjunto de que se enriquecieron sin violar ninguna ley. Puesto que en política las percepciones importan más que los hechos, sería bueno que los Kirchner reconocieran que es legítimo que los demás se interesen por el estado de sus finanzas personales y que por lo tanto les corresponde aclarar todas las dudas que han surgido. Si no lo hacen, se consolidará la convicción de que en el fondo no hay grandes diferencias entre su conducta y la atribuida a Menem, una convicción que tarde o temprano podría costarles muy cara ya que, como saben muy bien, la política es una actividad despiadada en que son muchos los que encuentran irresistible la tentación de hacer leña de grandes árboles caídos. |
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|  | | | | NO detenerse en doble fila. | | | | | | |
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