Ramón Columba fue un personaje muy popular en el Buenos Aires de la primera mitad del siglo XX. Veterano taquígrafo del Senado y caricaturista por vocación, amigo de políticos de todos los partidos, dejó su chispa porteña retratada en los diarios de la época y particularmente en el texto y las imágenes de un libro que tituló "El Congreso que yo he visto (1914-1933)". Es ésta una crónica repentista y sabrosa, apuntes desordenados como de mesa de café, con caricaturas y semblanzas de legisladores pico de oro como los socialistas De Tomaso y Dickmann, el conservador Sánchez Sorondo y el radical Horacio Oyhanarte. Las páginas ya amarillentas del texto nos regalan pantallazos de la vida ciudadana y muchos de los acontecimientos políticos de aquellos "tiempos de la República" que se nos aparecen tan distintos de los nuestros.
Una figura central de estos apuntes históricos es, por cierto, Hipólito Yrigoyen, motejado "el Peludo" por enigmático y austero. Allí se describe a un caudillo carismático, dos veces electo presidente (en 1916 y 1928), entre cuyos rasgos personales resalta la inalterable firmeza de su filosofía práctica y su intransigencia política, capaz de doblarle el brazo a los del "Viejo Régimen" en cuanto a un sistema electoral libérrimo. O las peculiaridades de sus tácticas partidarias, la elección de sus colaboradores y su retórica redundante en pluralismos impropios. Pero la atención preferente del cronista recae en rasgos todavía más peculiares de su carácter tales como un empaque absoluto sobre honestidad y claros gestos de desprendimiento material en el ejercicio de responsabilidades de gobierno.
Transcribe el libro varios juicios emitidos por extranjeros ilustres que alguna vez visitaron a Yrigoyen en la Casa Rosada. Por ejemplo, el de José Vasconcelos, ex ministro en México, quien lo consideró "gobernante de honradez indiscutible que rompió los fueros de una oligarquía y salió de su Presidencia con menos dinero que el que tenía cuando entró en 1916". O el del escritor Enrique Gómez Carrillo, que escribió en "La Razón", ya en oportunidad del segundo mandato, que había "encontrado a un hombre que no se parece en nada a los que hacen del gobierno un cascabel de ambiciones, un hombre que en vez de enriquecerse pierde dinero en el poder". Y, de la propia pluma del ex presidente, Ramón Columba recoge parte de lo que el mandatario derrocado en 1930 escribió en documento público desde su confinamiento en la isla Martín García. Allí declara que siempre donó a la beneficencia su sueldo, que prestó sus campos a chacareros pobres que no podían pagar arrendamiento y que permanentemente regaló caballos suyos al Ejército y a la Policía. "No nombré ningún miembro de mi familia en puesto alguno. Mi gobierno no hizo ningún negocio, no vendió tierras, no arrendó edificios para oficinas públicas, no invirtió dinero en viajes a ninguna parte y los que realicé yo fueron hechos con mis propios recursos".
Y como anécdota -con título "Única herencia"- transcribe el autor del libro lo que expresó a periodistas Sara Yrigoyen, la única hija del ex mandatario (quien había fallecido el 3/7/1933) en su humilde departamento en Olaguer y Cabildo: "Tengo que cuidar la pensión, es lo único de que dispongo". Cierra la nota con este comentario: "Sin quererlo, acabó así de entregarle el más grande título de gloria a su padre, el hombre que, gobernando la opulenta República Argentina, se empobreció y, debido a su honestidad, un descendiente suyo conoce la pobreza".
Este caso de obsesión ética de aquel político de otros tiempos contrasta nítidamente, como puede verse en lo que sigue, con el desenfado de nuestros gobernantes actuales en la tarea metódica de un espectacular enriquecimiento alcanzado mientras ejercen el poder.
Socialistas teóricos
Pudo leerse en "La Nación" del 18 de mayo, bajo titulares "La riqueza del ex presidente. Negocios inmobiliarios y financieros, clave. Kirchner explicó a la Justicia cómo creció su patrimonio", un detalle de las variaciones patrimoniales del 2005 al 2007 de la pareja presidencial. La crónica refiere luego, extensamente, que el ex mandatario y su esposa han tenido un aumento de su capital en el último año de 5.781.195 pesos, explicado con la construcción de un hotel-boutique en El Calafate, la incorporación de diez departamentos en Río Gallegos, el alquiler de sus propiedades y la reinversión de las ganancias en un plazo fijo millonario colocado, afuera y en dólares, a intereses altos. El diario explica que en los cinco años que el matrimonio lleva en el poder lo que más le creció fue el ingreso por alquileres: pasó de 151.307 pesos en el 2003 a 5.264.105 en el 2007. El informe contable informa que, aparte de los inmuebles, un capital propio de 4.025.717 dólares invertido en plazo fijo le significó intereses (al 9,3%) de 375.579 dólares en el último año. Hay otros datos sobre compra de tierras fiscales, terrenos, propiedades, créditos bancarios en su provincia, otros compromisos, etcétera. La retahíla de datos es tal que lo ya expuesto puede declararse suficiente para alguien con escaso gusto por cuentas, números y groserías.
La única satisfacción que hallamos en esta historia es que puede -de lejos y a lo Ramón Columba- evocarnos una frase genial registrada en la anécdota de un legislador de otros tiempos que, complicado por cierta aura personal relativa a sus propiedades y sus alquileres, debió sufrir en el Senado la réplica mordaz de un contrincante político. Él era un representante socialista, famoso como dueño de una cantidad de inmuebles en la época en que proliferaban en Buenos Aires los conventillos para inmigrantes. En su discurso cantó loas a los ideales proletarios de su partido y había cerrado la exposición refiriendo su condición intelectual de "socialista teórico". El comentario en réplica de un oponente conservador levantó carcajadas en su inicio memorable: "¿Socialistas teóricos, señor presidente? ¡Hormiguitas prácticas!".
HÉCTOR CIAPUSCIO (*)
(*) Doctor en Filosofía
Especial para "Río Negro"