Un artículo publicado en la revista de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA dio lugar a una interesante situación académica en la cual, ostensiblemente, estuvo mezclada la ciencia con la política. Su título es "¿Existen las razas humanas?" y la tesis que sostiene -que sí, que existen y que tienen base genética- ya nos indica la clase de ecos polémicos que despertó. Trataremos de sintetizar lo que su autor, químico orgánico de profesión, argumenta sobre lo que de entrada califica como una pregunta "espinosa".
Si se nos interroga sobre perros, dice, todos coincidiremos en que los caniches o los ovejeros alemanes son razas diferentes, son fenómenos biológicos perfectamente distinguibles. A nadie puede pasársele por la cabeza que las razas caninas no existan. Pero si la pregunta se refiere a las humanas, la respuesta "políticamente correcta", y seguramente mayoritaria, será que no existen, que no hay justificación biológica para sostener que las haya. A esto se agrega a veces que la noción de raza es una construcción basada en el poder económico. Califica a estos conceptos como ficciones tranquilizadoras originadas en un pretendido "progresismo", una posición igualitarista enemiga visceral de lo que se mira como "determinismo genético". Las diferencias que se manifiestan entre grupos de seres humanos son nada más que un fruto de la cultura. El articulista admite que el objetivo de esta posición es loable: si todos son iguales, todos tienen los mismos derechos, nadie puede ser discriminado. Así la UNESCO, por ejemplo, proclamó que "las razas son más un mito social que un fenómeno biológico". Pero el fin, aduce el artículo, no justifica los medios y los medios equivocados no conducen a buenos fines. Hacerse el sordo ante evidencias manifiestas no ayuda a quienes se pretende ayudar.
El autor sostiene que las razas son realidades que provienen de poblaciones que se aislaron en distintos continentes, por miles de años (entre 10.000 y 90.000) crecieron endogámicamente, se adaptaron a climas y condiciones diferentes, resultando así fácilmente distinguibles por características físicas (el color de la piel, la forma de los ojos, etc.) y otras particularidades. Da cuenta que en el 2002 y en un estudio realizado en las universidades de Southern California y de Stanford resultó que de una muestra de gente tomada de todo el globo y ordenada por similitud genética a través de computadora, o sea, a ciegas, se obtuvieron básicamente cinco grupos humanos coincidentes, más o menos, con las principales razas tradicionalmente conocidas: europea, africana, asiática, polinésica y amerindia. Como si los hubiéramos separado, de entrada, mirándoles la cara.
No se le escapa que hablar de diferencias puede significar peligros enormes, la humanidad ha sufrido por culpa del racismo y la xenofobia calamidades múltiples como explotación, colonialismo, esclavitud y hasta genocidios, ofensas gravísimas que pesan en la base de la sensibilidad humanista igualitaria. Pero esos males no se pueden combatir con la mentira de que todos somos iguales. Hay diferencias de raza, de sexo, de cultura. Lo honesto intelectualmente es reconocer las diferencias y señalar que el hecho de que existan no implica supremacías ni desigualdad de derechos. Por otra parte, es claro que no hay razas superiores, esto es relativo; así es que la negra puede ser superior en agilidad y la asiática en inteligencia.
Un comentario de alguien que leyó con aprobación esta nota de la revista señaló que no quería imaginarse "los dolores de cabeza que habrá tenido que soportar el autor por atreverse al planteo de una tesis que toca los sentimientos de tantas personas". Pero ya el mismo responsable del artículo -que es al propio tiempo director de la revista-, luego de reconocer en su texto el riesgo que corría de ser tildado negativamente (desde racista y sexista hasta fascista) hace notar en un párrafo: "En la propia Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires la mayoría de los biólogos opinan que el concepto de raza humana no tiene suficiente entidad biológica, y la opinión en contrario que vierte esta nota refleja exclusivamente la mía personal".
Y por los chismes que nos llegaron de la jugosa interna académica que sucedió a la nota (hasta podrían haberle refregado la anécdota según la cual el mismísimo Albert Einstein, preguntado al arribar a Estados Unidos por el de inmigración: "¿Raza?" , contestó: "Humana"), aquel comentario sobre probables dolores de cabeza para el autor fue, al parecer, profético.
HÉCTOR CIAPUSCIO (Doctor en Filosofía)
Especial para "Río Negro"