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A mediados del siglo XVII René Descartes, el pensador que abrió las puertas a la modernidad filosófica, le enviaba al científico holandés Huygens una carta que incluía la expresión de un anhelo y una impaciencia desde siempre humanos. Le decía: "Algún día terminará esta molesta costumbre de morir" ("Quelque jour finira cette fâcheuse coutume de mourir). A él, que distinguía radicalmente la mente (percibida como indudable) y el cuerpo (explicado en base a principios puramente mecánicos), le repugnaba la fatalidad mortal; en particular, el hecho de que poderosos cerebros como el suyo y el de su amigo, con todo el conocimiento humano acumulado, dejasen un día de pensar y se convirtiesen en nada. Tres siglos después, varios grupos científicos de Estados Unidos comenzaron a imaginar, considerando el avance exponencial de las ciencias de la computación y la robótica, algunas respuestas que ven como positivas para la razón de aquel impromptu cartesiano. Desde 1960 y cada vez más optimistas, grupos ocupados en temas de inteligencia artificial en centros como Princeton, el MIT, Silicon Valley o Santa Cruz, se han propuesto superar los límites vitales e intelectuales del hombre. Se trata de presuntos visionarios que anuncian el eventual reemplazo de humanos por criaturas ingenieriles en un futuro no muy lejano. Uno de los más ruidosos exponentes de esta cruzada se llama Ray Kurtzweill y es famoso a partir de múltiples innovaciones que le han deparado un exagerado mote de "Nuevo Edison". (Este inventor trabaja también desde su "Fundación Matusalén" y un instituto ubicado en Florida -paraíso de jubilados ricos- en relación con los problemas del envejecimiento). A fines de 1990 publicó "La era de las máquinas espirituales", donde afirma que los desarrollos de la tecnología informática ya habían superado cualquier predicción ambiciosa acerca de lo que con ella se puede lograr. Básicamente en la apuesta de este hombre está la certeza de la rapidísima evolución de los sistemas de computación, el reemplazo continuo que registra -según la llamada "ley de Moore"- una duplicación de potencia cada dos años. Razona que la evolución ha sido vista como un drama de mil millones de años que condujo hasta su máxima creación, la inteligencia humana, y que la emergencia en el siglo XXI de una nueva forma de inteligencia capaz de competir con ella y al final excederla, será un desarrollo de importancia mayor que todos los eventos transformadores que han pautado la historia del "homo sapiens". Piensa que al fin de este siglo ya será posible que el cerebro pase a la máquina a través de implantes neurales. Al final del proceso advenirán fusiones totales -"cyborgs" completos, especies de ectoplasmas, diríamos con los espiritistas- que alcanzarán la inmortalidad. En la línea de estas anticipaciones, otro cultor de la inteligencia artificial, Hans Moravec, profesor de Robótica en la Carnegie Mellon University, sobrepasa a Kurtzweill imaginando un futuro aún más próximo completamente saneado de seres humanos y de la precariedad de su materia orgánica. Como proclama en "La era de la mente", el crecimiento de artefactos inteligentes, trascendiendo la conducta humana, apunta a la concreción de seres artificiales nuevos y otros mundos para acogerlos. Moravec anuncia, de una manera parecida a la de Kurtzweill, el reemplazo eventual de los humanos por una simbiosis hombre-máquina prefigurada en los cambios constantes que percibimos en la logística de la vida corriente y del mundo de los negocios. Todas las actividades serían automatizadas, hasta la suplantación de los humanos por robots, máquinas que piensan y aprenden, que se harán incluso cargo de las decisiones. Estos híbridos permitirán, por trasplante mental, la inmortalidad de seres futuros haciendo posible la conservación y superación de conocimientos y funciones que la biología desperdicia. A este personaje le preocupa poco qué será de los hombres en ese mundo nuevo y distinto. Quizá, manifiesta, ni siquiera tendrán existencia asegurada porque "las especies inferiores casi nunca sobreviven en los encuentros con competidores superiores". Imagina, al cabo del proceso, un porvenir en el que estos robots "ex humanos" se sentirán apretados en la Tierra y buscarán hábitats de colonización en el Universo. Una crítica humanista Langdon Winner, profesor de Ciencia Política en el Rensselaer Polytechnic Institute y especialista en las implicaciones sociales del cambio tecnológico, ha declarado sus reservas ante este tipo de inquietudes de grupos de exquisitos y sus aliados corporativos. Los califica como "profetas del pos-humanismo" y sostiene que, aunque sus reclamos son difíciles de aceptar a valor nominal, algunas de sus conjeturas o propuestas están sin embargo dentro del ámbito de la plausibilidad. Por esta razón, tanto los ciudadanos como los políticos deberían examinar críticamente el apoyo a proyectos dentro de las varias especialidades de la investigación en robótica. Quiere remarcar que una visión alternativa sobre cómo mejorar los seres humanos es lo tradicional en el pensamiento filosófico. La premisa clave en esta visión es la de que los hombres son fundamentalmente seres cuyo desarrollo depende de condiciones favorables para estructurar sentimientos y lazos sociales. Desde esa perspectiva, la senda para mejorar a la humanidad se refiere al perfeccionamiento de instituciones, leyes, gobiernos, trabajos, viviendas, escuelas, hospitales y cosas por el estilo. La creatividad real a este respecto debe consistir no tanto en operar en el interés de individuos particulares y elites poderosas, como ocurre en estas pretensiones, cuanto en configurar con justicia los espacios y las estructuras materiales de la vida comunitaria. Tales fueron las esperanzas de los grandes pensadores políticos y sociales de la historia, desde Condorcet en adelante, que tuvieron fe en que el específico carácter social de hombres y mujeres ofrece los prospectos mejores para cambios positivos en el curso de la civilización. HÉCTOR CIAPUSCIO (*) Especial para "Río Negro" (*) Doctor en Filosofía
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