La profesora y la madre

18 oct 2016 - 00:00
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De casualidad pesco el siguiente intercambio en Facebook, entre una profesora de Biología de un colegio secundario y la mamá de un adolescente. Lo sigo lo que dura un diálogo en las redes, un par de días, y me parece tan rico que pido permiso a las responsables para compartirlo en esta columna.

Lo que motiva la comunicación es una primera entrada de la profesora:

“Le dicen el Colo. El año pasado me caía mal. No era mi alumno pero se metía en el aula todo el tiempo, solo para molestar. O quizás necesitaba atención. El primer día que nos vimos este año le puse una sanción. Hizo todo lo que se podía hacer para ganársela. Se ponía los auriculares, cerraba los ojos y hacía que tocaba una batería invisible. Se molestaba con sus compañeros de curso. Tiraba cosas, o dormía sobre el banco. Trabajar, ¿para qué?

Así que me decidí a conocerlo mejor, y cuando los conocés empezás a quererlos, y una vez que los querés, ellos lo saben. No sé de otra forma de enseñar, que no incluya afecto y respeto.

Ayer, el Colo me esperaba con la tarea hecha al entrar al aula. Y aunque sigue tocando su bateria invisible en clase, cuando lo reto ya no me mira desafiante. Se sonríe con su sonrisa de pecas y mira al costado, como si lo hubiera pescado in fraganti. Yo también sonrío. Los dos sabemos lo que cuesta mantener la reputación de chico malo”.

Hasta ahí, la profesora. Entre los comentarios, el de la madre:

“Me gustó tu historia de hoy, más que nada porque yo soy mamá de un “Colo” aunque no sea colorado. Pocos docentes saben tratarlos y algunos no lo logran nunca. Para muchos puede ser una pose, sí. Pero para muchos otros, no. Es un mundo propio y sobre todo se trata de demostrar al adulto que no pasará. Quienes los enfrentan, pierden. Si los Colo notan que no los bancan, tienen más poder (están logrando su cometido). Solo los docentes que se acercan desde la simpatía y la empatía (nada de comprensión bobalicona) lo pueden lograr. Si te ganás el respeto de los “Colo”, tendrás paz y tranquilidad. Si no, más vale no hacer contacto visual y alejarte lentamente”.

Otra vez la profesora:

“Es todo un aprendizaje para mí. Me quedan como cinco “colos” en ese curso. Mi objetivo no es solo que me permitan dar clases, quisiera intentar que no se den por vencidos a los 15 años y abandonen su futuro. Veremos. Se ganan la enemistad de los adultos y luego van cayendo del sistema educativo. Con otros profesores los colos siguen en pie de guerra. Debe ser tambien porque yo llevo caramelos...”.

La mamá:

“Los caramelos son siempre importantes, por supuesto. Pero lo fundamental es que saben que pensás en ellos, que no te los querés sacar de encima como el resto de los profesores que jamás les llevarían una golosina. Los “colo” son también colos en casa, no creas que aquí es más sencillo. Nosotros, los papás de este colo hemos recorrido un largo camino para entenderlo y ayudarlo. Y si bien los cambios en él producto de las terapias no siempre llegan a verse (o simplemente no hay, ya que abandonan los tratamientos), sí ha sido enormemente educativo el proceso para nosotros. Los colos molestan, sí, hacen un arte de eso, y por eso aprender a conocerlos, a entenderlos, es lo más importante. Los colos no logran controlar sus impulsos, no tienen filtro. Lo que quieren, lo toman. Lo que aparece en sus cabezas, lo dicen. A quien se le cruza en el camino, lo apartan. Todo al instante, ya, y sin dar posibilidad al otro de razonar o conversar con ellos. Por eso hay que poner pautas muy claras y saber exactamente cómo acercarse y dialogar con ellos. Por ejemplo, darles una sola tarea a la vez. Si les mezclás cosas ya los perdiste, su cabeza está en otra. Instrucciones claras. Desafíos interesantes. Cuando empiezan a molestar en clase o ya no se pueden quedar quietos y callados, y no responden a tus pedidos, darles una tarea que los ocupe por completo o permitirles salir del aula un tiempo establecido entre ambos para descargar tensiones. No creas que los colo molestan por diversión, su cabeza es bullicio permanente, caos, se impacientan, se irritan. Los colo son difíciles y la escuela, al no saber qué hacer con ellos, termina siendo expulsiva, se los quiere sacar de encima. Qué fantástico sería si los padres de los colo, por ejemplo, pudiéramos conversar con cada docente para contarles, para compartir con ellos, para señalarles el camino que lleva a cada colo”.

La profesora:

“Hace cuatro meses retomé la enseñanza en secundaria, y resultó que ellos eran ellos y yo trataba de ser algo parecido a mí misma mientras me volaban tizazos en la nuca y mi voz se desgastaba porque no sabía cómo hacerlos callar. Y cuando un tercio de cada clase charlaba, el otro tercio miraba el celular y el tercio restante ni siquiera estaba ahí. Cuando cada minuto de clase era un eternidad, en ese entonces me preguntaba por qué estaba en ese lugar cuando podía estar lo más tranquila dando clase en la Universidad. Hasta que encontré la respuesta: el otro día me encontré con el Colo fuera de clase. Me llamó y comenzamos a charlar de libros, de que le gustaría ir a visitar la facultad donde doy clases y terminamos con: la verdad que me gusta mucho su clase profe, porque con usted aprendo. Ahí me di cuenta: era por ellos que me quedé.

Hoy le pedí el cuaderno de comunicados. ¿Que me va a poner?, pregunta. Una nota. ¿Por qué? Porque te merecés una nota. Lo trae y le escribo a los padres que es un placer ver a su hijo participar en clase, que ayer trabajó muy bien en el laboratorio, y que es un alumno muy capaz e inteligente que hace aportaciones valiosas”

La madre:

“Es eso. Valorarlos es imprescindible, yo se lo dije a tantos profesores: si le marcás siempre lo negativo, va a seguir haciendo lo mismo. Lo que funciona es el estímulo positivo: remarcar lo bueno, aunque sea difícil”

.

El diálogo acaba allí. Tal vez la profesora ahora comprenda un poco más al “colo” que le ha tocado en suerte. Tal vez la madre haya encontrado un poco de comprensión. Lo cierto es que las escuelas están llenas de “colos” (aunque no sean colorados) y cada uno de ellos que es expulsado difícilmente regresará a las aulas. Entonces, es hora de preguntarse cómo ayudarlos, cómo tratar con ellos, qué necesitan, qué están buscando. Ya es de valorarlos.

Se sonríe y mira al costado, como si lo hubiera pescado in fraganti. Yo también sonrío. Los dos sabemos lo que cuesta mantener la reputación de chico malo”.
El diálogo acaba ahí. Lo cierto es que las escuelas están llenas de “colos” (aunque no sean colorados) y cada uno de ellos que es expulsado difícilmente regresará a las aulas.
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