Cómo llegar a los 120 años

La ciencia asegura que no se trata de un cuento. En el futuro, cruzar la centena se volverá algo normal. Aunque los seres humanos para entonces no serán nada corrientes. Tomarán complementos rejuvenecedores y cargarán con válvulas y articulaciones irrompibles. La fuente de la eterna juventud, cada vez más cerca.

25 jul 2010 - 00:00
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Cuando al británico Henry Allingham le preguntaron cual era el secreto de su longevidad primero guiñó un ojo y después respondió: “Tabaco, whisky y mujeres muy salvajes”. Su maratónica existencia terminó a los 113 años. El bueno de Henry había atravesado tres siglos: del nacimiento de la aviación a la web 2.0. Henry bromeaba. No tardó en reconocer que a lo largo de su vida había aplicado una simple máxima filosófica: “conocer mis propios límites”. Si se ha vivido lo suficiente lo habremos escuchado más de una vez: “comió asado tres veces por semana, tomó, fumó y vivió hasta los 95 sin problemas”. Las estrictas normas de higiene que deberían prolongar el ciclo vital siempre se tropiezan con este anecdotario irrefutable. Hay gente que no se cuida pero vive igual. Como hay quien se priva de todo y termina muriendo relativamente joven por asuntos que otros han esquivado alegremente. La ciencia está encontrando una respuesta a estas excepciones a la regla. Porque la regla existe y no suele fallar tan a menudo. Las causas de muerte prematura se encuentran asociadas sin discusión al consumo excesivo de cigarrillos, alcohol y drogas varias. Tampoco ayuda permanecer demasiado tiempo sobre el sillón. Pero no todos somos iguales. Estudios recientes han demostrado que las personas centenarias poseen una serie de variantes genéticas de las que carecen los demás. El cuerpo humano es la metáfora de un delicado equilibrio. Cuando comienza a envejecer es el propio sistema el que se encarga de que las células agotadas no continúen reproduciéndose para mal. A esto se dedican los famosos radicales libres vinculados al proceso de envejecimiento. El éxito de una de las ramas de la industria farmacéutica se ha basado en la producción de complementos destinados a combatir los radicales libres. Sin embargo, al inhibirlos se anularía también su acción preventiva la cual impide que se generen tumores, cáncer, entre otras enfermedades. “Los radicales libres son dañinos pero también son parte esencial de la vida”, ha dicho Thomas Kikwood, director del Instituto del Envejecimiento y la Salud de la Universidad de Newcastle. Volviendo a los centenarios. Durante años se pensó que los longevos carecían de ciertas variantes asociadas a las enfermedades pero ahora se sabe que, al igual que el común de la gente, las tienen con la diferencia de que también vienen “recargados” con variantes protectoras. Que es como decir que tienen el problema y la solución. La ciencia en los próximos años tratará de aislar y de reconocer esas variantes y operar directamente sobre ellas. Hace más de una década Deepak Chopra anticipó que la pretensión de vivir 120 años no era una fantasía. En su libro “Cuerpos sin edad, mentes sin tiempo” plantea una serie de acciones destinadas a extender la vida: dieta y ejercicio físico adecuados a las tipologías de cada persona. También subraya el poder de la meditación. “A través de ella podemos vivir hasta los 120 años, disminuir nuestra presión arterial, controlar nuestro peso, eliminar enfermedades relacionadas con el estrés”, le dijo en 1997 a “Newsweek”. Por ahora Chopra no representa sus 64 años. En el 2006 un estudio realizado por el “Journal of Epidemiology and Community Health” reveló que los solteros tienden a vivir menos que los casados. Según sus estadísticas la gente que nunca se había casado tenía un 58% más de posibilidades de morir antes que un grupo de personas casadas de la misma edad. Otro estudio realizado en 2008 por la Universidad de Sheffield, reveló que los hombres que optan por tener más de una mujer, o sea, los polígamos, viven hasta un 12% más. Ese mismo año un grupo de investigadores norteamericanos confirmó que, tal como se sospechaba, en el vino podría hallarse una de las claves de la longevidad. Y la clave se llama resveratrol, un componente que se encuentra en algunos tintos, las nueces y el maní. Hace 20 años el doctor Leonard Guarente, del Massachusetts Institute of Technology, demostró que un fantástico reflejo de fertilidad y crecimiento, que produce en el cuerpo la mejora de sus tejidos, era activado por unas proteínas del propio organismo: las sirtuinas. Hay otro camino comprobado para lograr este efecto rejuvenecedor: bajar en forma radical el consumo de calorías. En otras palabras: matarse del hambre. Algunos ratones de laboratorio lo han soportado sobreviviendo un 30 por ciento más que sus compañeros de celda. Probar la experiencia en seres humanos equivaldría a una tortura china. Lejos de justificar el dolor en procura de la eternidad, un estudiante de Guarente, el doctor David Sinclair, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, descubrió en 2003 que las proteínas milagrosas se activaban ante la presencia de compuestos naturales como el resveratrol. Básicamente lo que están logrando estos científicos es identificar cuales son los sujetos que en determinado momento y contexto acompañan nuestros desarrollo físico haciéndonos más saludables. Resolver cómo activarlos a gusto y placer es un gran paso que la ciencia aun no ha dado. Un ciudadano de la antigua Roma moría aproximadamente a los 22 años mientras que, según estadísticas de las Naciones Unidas, un bebé que nace hoy en Japón vivirá unos 81 años. Podría suponerse que las cosas han evolucionado pero si uno nace en lugares como Liberia o Lesoto, es bastante seguro que no pasará de los 40. Vivir más es la suma de diversos factores. Datos demográficos del “Journal of Health and Welfare Statistics” indican que en el archipiélago de Okinawa se registra la mayor proporción de centenarios del mundo: 61,03 por cada 100.000 habitantes. El profesor Makoto Suzuki, del Centro de Investigaciones de Okinawa en Ciencias de la Longevidad, estudió durante 30 años a unos 2.000 centenarios, y concluyó que esta sorprendente cifra se explica por factores genéticos (son hijos, nietos, bisnietos y tataranietos de gente longeva) y por factores culturales como la dieta -que incluye pescado y cerdo y complejos sistemas de cocción- y la actividad física. “Fallecen no de una enfermedad fatal en particular, sino de un rápido declive causado por el encadenamiento de una enfermedad benigna con la desnutrición, la discapacidad cognitiva y la inmovilidad”, explicó el doctor. ¿No les suena conocido? Una vez cada tanto nos enteramos o somos testigos de personas que transcurren su vida bajo el signo de Okinawa. Sin ir demasiado lejos, pienso en mi abuela Julia, 95 años. Todavía se levanta a las 8 de la mañana e inicia el proceso de su cocina que concluye 4 horas después. Una vez por día camina junto a mi madre durante una o dos horas y lee rigurosamente dos o tres libros por mes. No bebe. No fuma. Pero su marido, de 88, si bebió hasta aburrirse. Tampoco él se ha jubilado. En el futuro los hombres y mujeres centenarios serán porcentualmente humanos y máquinas. Un mix biotecnológico. El Instituto de Ingeniería Médica y Biológica de la Universidad de Leeds está trabajando en perfeccionar piezas que fallan por el uso. Los científicos han desarrollado una articulación hecha de una aleación de cobalto-cromo y una bola o “cabeza” de cerámica que soportará los 100 millones de pasos que una persona de 50 años habrá dado a los 100 años. El programa también incluye la regeneración de válvulas cardíacas (a partir de válvulas ajenas “limpias de información biológica”), creación de “parches” para reparar venas, nuevos ligamentos, cartílagos y piel “de repuesto”. Otros grupos de científicos se han abocado a experimentar con hormonas capaces de rejuvenecer el cuerpo o a mantenerlo a salvo de enfermedades tradicionales. El estrógeno, por ejemplo, puede prevenir la aparición de osteoporosis y retardar la aparición de algunos tipos de demencias y accidentes cerebrovasculares. El abuelo del futuro semejará una especie de biorrobot. ¿Recuerdan al “Hombre bicentenario” de Robin Williams? Justamente eso, aunque al revés: se tratará de un humano reconvirtiéndose en máquina. El genetista británico Aubrey de Grey, llamado “el profeta de la longevidad”, ha planteado la teoría de las edades bíblicas. Según De Grey, el ser humano del futuro alcanzará los 1.000 años. “El envejecimiento se puede lograr combatiéndolo como un problema de ingeniería: no buscando balas mágicas elusivas y quizás ilusorias, sino catalogando los cambios moleculares y celulares que eventualmente nos matan e identificando formas de reparar –o revertir– esos cambios”, asegura. Parece ciencia ficción y tal vez lo sea. Los paroxismos suelen terminar mal. La verdad es que los simples consejos médicos siguen surtiendo efecto. Para vivir un poco más no es necesario mudarse a Okinawa. Le pregunto a mi doctor de cabecera, el doctor Víctor Lipovetzky: ¿existe algo que una persona común, sin grandes recursos, pueda hacer para vivir 100 años? –La única forma de llegar a viejo y con salud es tener la suerte de no morirse ni enfermarse antes. Todas las recomendaciones habituales de vida “sana” sin duda ayudan a ganar la apuesta, pero llegar a 100 es asunto de azar. Por ejemplo, a los 85 años, una de tres personas tiene Alzheimer, que limita la vida a muy pocos años. –¿Y si tuviera los recursos? –Ser pobre limita el promedio de vida, por distintas razones. Basta no ser pobre, sin necesidad de ser millonario, para tener la posibilidad de cumplir con una vida “sana”, si es que se quiere. Se estima que eliminar todos los factores de riesgo cardiovascular prolonga la salud y la vida unos 15 años. Y no hay nada que un magnate como vos o yo pueda pagar para vivir mucho. Uno de los tantos estudios realizados en estos años asegura que reír es uno de los factores que extienden la vida. Días atrás se mencionó que el chocolate combate la presión. Reír y comer chocolate, una fórmula accesible para coronar la centena.

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