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Ya casi no hay lugar en el living de la casa de Gustavo Aguirrezabala. Pese al orden, el lugar se empequeñece año a año.

En el hogar que comparte con su esposa Marcela, en el barrio 20 de Junio, la radio ocupa todos los espacios disponibles: hay modelos de todos los años y tamaños.

Para Gustavo, cada radio tiene su cuento, su viaje hasta este hogar. Y cada uno de esos receptores, cuenta historias, a su vez.

En uno de los laterales se divisa una radio del tipo “catedral” , llamada así por su similitud con esa forma arquitectónica religiosa. La recibió de un cuñado, por un canje. Y la atesora: es un modelo comprado en 1942, de origen alemán, que tiene las válvulas agotadas. Al lado, ubicó un aparato “capilla” , un Philco de 1935 que adquirió por Internet y con una capacidad para escuchar cuatro ondas cortas.

El coleccionista de los sonidos del mundo
Gustavo muestra orgulloso y nos cuenta sobre uno de sus tesoros
“Tengo una antena en el techo -apunta- y con la Phillips de 1952 suelo escuchar emisoras de Europa y Japón, en horario nocturno”.

Desde su memoria brota el catálogo para describir una Daxon de 1938. También la Farad, de origen argentino. Cuando la enciende con una perilla reóstato y una vez que las válvulas se calientan emite un sonido espectacular de emisoras AM cercanas.

Aun así, Marcela -que adoptó a la fuerza el hobby de su marido- pone límites: “los días que hay humedad, no te arranca....”, sentencia, lapidaria.

En otro sector, con acceso restringido a unos pocos privilegiados, hay equipos un tanto más modernos: las carcazas son de baquelita, esa resina que comenzó a utilizarse en forma masiva hacia la década del ‘60.

El coleccionista de los sonidos del mundo

Hubo épocas en las que la casa estuvo a punto de colapsar con tantos aparatos. Y otros en los que fueron una ayuda. “Tuvimos que vender una gran cantidad para enfrentar un tratamiento de cáncer al que tuvo que someterse Gustavo” y además “ya no cabían”, cuenta ella.

Como lo mejor se deja para el final, el aficionado abandona el living, y vuelve feliz, con la joya: una Zenith norteamericana de 1930. Tiene el tamaño de un lavarropas, y es tan voluminosa que viene con zócalo y ruedas de arrastre. Para disfrutarla le cambió la bobina osciladora, modificó frecuencias, y ahora escucha con nitidez las FM locales.

El coleccionista de los sonidos del mundo

La pasión de Gustavo comenzó hace muchos años. Quedó enganchado con el primer receptor -un RCA Víctor-, cuando su padre Adolfo le permitía ingresar a la magia de los radioteatros luego de hacer los deberes de la escuela allá por los ‘60. “Sino hacía las tareas no podía escuchar a los hermanos Edelman con ‘La difunta Correa’, ‘Los Campanelli’ o ‘Niní’ Marshall”, recuerda mientras la Zenith acompaña con sonido estéreo los compases naturales de la música.

“No podía entender lo que pasaba en la emisora cuando escuchaba cabalgar los caballos”, dice ahora que sabe imitaban el trote con tarros o le pegaban a una chapa para crear el ambiente de un día tormentoso y con truenos. Pero en aquel momento, quiso descubrir el secreto: “le metí tanta mano al aparato que se lo terminé desarmando. Mi viejo no me dijo nada lindo, y las llevamos a un taller, pero la perdimos porque el señor Saavedra de Patagones cerró y no lo encontramos nunca más”. Como su padre tenía un portátil, siguió enfrascado en ese mundo.

El servicio militar lo terminó de acercar a las radios. Lo mandaron al Regimiento de Esquel, justo cuando estalló el conflicto por las islas Malvinas. Pero la electrónica lo salvó de ir al archipiélago. Por su trabajo en Comunicaciones estuvo desparramado por media Patagonia, y el fin del conflicto lo trajo a un taller de electrónica de Viedma donde metió mano a tocadiscos, radios y estéreos.

Ahora, la faena de soldar o limpiar los chasis quedó como pasatiempo. Pero en su caso, con exceso: “se pasa horas cuando tiene que arreglar, a veces amanece, y sigue trabajando” dice su mujer, que sabe cómo es vivir en un altar a la radio.