“Elefante blanco” aporta también un servicio político

07 jun 2012 - 00:00
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Quizás algunos acostumbren a pensar el cine como un mero entretenimiento. En el mejor de los casos, una película puede ser una obra de arte. Sin embargo, el cine va mucho más allá: además de una gran industria es un mecanismo de poder social que puede marcar la agenda del debate público.

Un elemento clave de la opinión pública es el reconocimiento que posee una determinada población acerca de un tema, una persona o una marca. En el ambiente político se sostiene, con frecuencia, que lo más difícil es que un ciudadano vea la fotografía de un candidato y que pueda identificarlo con el nombre.

He hecho esta prueba en clase muchas veces, mostrando las fotos, por ejemplo, de los ministros de la Nación y el porcentaje de reconocimiento es muy bajo, incluso para aquellos que aparecen con frecuencia en los medios.

Parece que el sujeto político ocupa un papel poco relevante en el conjunto de la memoria social. En cambio, en un curso de cien estudiantes es raro encontrar a alguien que no sepa quién es Ricardo Darín, Carla Peterson o Nicolás Cabré.

El poder de visibilidad y de recordación que otorgan los contenidos de ficción es enorme. Más aún, si se considera que la exposición va acompañada, por un lado, de involucramiento emocional y, por otro, de la repercusión en las revistas de celebridades y en los programas de chimentos.

El star system es más serio e importante de lo que, a veces, estamos dispuestos a reconocer y esa tendencia se acentúa entre los jóvenes. En el mercado de la atención, la ficción ha construido un oligopolio.

La agenda pública es un distribuidor de poder económico, social y político. Aquellos que poseen la capacidad de instalar temas en la agenda son los conductores de ese poder. En estos días, se vive un ejemplo muy interesante del funcionamiento del cine como mecanismo de visibilidad para temas sociales y políticos.

En los primeros 11 días en cartelera, la película argentina “Elefante Blanco”, de Pablo Trapero, superó los 350.000 espectadores, convirtiéndose en un éxito espectacular.

Sin embargo, muchos más, quizá millones, fueron los que en ese tiempo pudieron conocer la realidad de Ciudad Oculta -la villa en la que sucede la acción- y el problema de la marginación urbana, a través de la discusión mediática y social que se detonó a partir del estreno.

La conversación ha superado las salas de cine, los suplementos de espectáculos, las columnas sobre el séptimo arte y los programas de entretenimiento. Ciudad Oculta y su fallido hospital han saltado a la sección principal de los diarios, han sido comentados en las radios y se han realizado programas de investigación sobre sus problemas.

La teoría de la agenda setting (McCombs y Shaw) destaca el poder de los medios de comunicación para influir en la lista de temas que los ciudadanos consideran prioritarios.

En este contexto, los 106 minutos de la ficción “Elefante Blanco” se han convertido en una ventana hacia la realidad. No solamente porque la reflejan con calidad, sino que también porque el sistema de medios le ha dado la palabra tanto a los actores de la película -en entrevistas y hasta en columnas de opinión sobre la realidad social y no sobre su trabajo artístico- como a referentes en la lucha contra la marginación -por ejemplo, el padre Pepe Di Paola y los llamados curas villeros-, como a Pocho, Graciela o Ramona, los mismos habitantes de Ciudad Oculta.

La ficción ha representado la realidad y también ha generado un espacio mediático para esa realidad, fuera de la ficción misma. Ese espacio mediático es un espacio de poder: un mensaje que grita “¡este tema es importante, discutamos sobre él!”. La película ha detonado la visibilidad e interés sobre un problema social. Además de su valor artístico, o quizá justamente por él, ha realizado un servicio político.

Para un país que no termina de asumir la pobreza como parte estructural de su realidad, que la colorea para hacerla pintoresca y que quiere levantar muros que la oculten, la exposición de esa realidad social, a través de una historia y de un mecanismo de visibilidad tan potente como el cine, ha conseguido lo que sólo consigue una tragedia, un escándalo o el trabajo a largo plazo de muchos líderes de ONGs o de movimientos sociales.

La visibilidad siempre beneficia a algunos y perjudica a otros: es esperable que, esta vez, el debate social ayude a que los favorecidos sean los que viven en Ciudad (ex) Oculta y que el reconocimiento de esta Argentina lleve al compromiso de todos y no a pensar en emigrar.

Por Juan Pablo Cannata
JUAN PABLO CANNATA es profesor de Sociología de la Comunicación, Universidad Austral.