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Un repulgue perfecto tiene trece pliegues. Ni uno más. Pero además necesita del barniz mágico del huevo, que le da brillo. Y un corto golpe de horno: diez minutos. Ni un poco más, ni menos.

Verónica repite esa secuencia cada mañana, desde hace 54 años. Verónica es Verónica Torres. Pero pocos la conocen por ese nombre. Para la mayoría, es “la señora de Lobo”, y sus empanadas son “las empanadas de la señora de Lobo”. Una marca registrada en esta ciudad, siempre parejitas y abundantes, una garantía.

Pero ella no empezó a amasar a las 4 de la madrugada porque sí. La mujer quería que sus hijos pudieran estudiar y en el arte de ese dobladillo preciso encontró la respuesta. “Del cielo no caen las cosas. A ningún trabajo le tengo miedo porque el que no estudia también tiene brazos”, dice ella, tan contundente como cálida.

Sus manos se mueven con ligereza en la cocina. Pela y pica cebollas de a bolsas, hierve y prepara huevos en cantidad y corta uno a uno los discos de la masa que ella misma prepara, siempre antes que salga el sol, de lunes a lunes primero, y los fines de semana ahora, que el cansancio de sus más de 80 años se hacen notar.

Pisó por primera vez esta ciudad un 29 de julio del ‘62. La trajo un camión desde San Rafael, Mendoza, con la mudanza a cuestas. Con ella venían sus tres hijos –Alfredo, que por entonces tenía 2 años; Guillermo que ya andaba por los 3, y Lidia que había cumplido 6-, y Alberto Lobo, su marido. También trajo a su perra y la esperanza de que la suerte los encuentre en este lugar perdido del sur.

Vivieron siempre en el mismo lugar, en una casa con frente en la calle Damas Patricias. En aquel tiempo, esa geografía quedaba lejos y estaba despoblada. Era reino exclusivo de la tierra y el viento fuerte, patagónico, ese que no se cansa de soplar. “La calle estaba minada de tamariscos y no había asfalto”, dice esta mujer que habla con la misma calma con la que mezcla esos ingredientes que se le volvieron habituales. En esa cocina, las partículas de harina vuelan a contraluz.

La mujer de los doscientos millones de pliegues

La crisis sacudió su hogar cuando tenía 28 años. Hubo que rebuscárselas. “Me levantaba a las 4 de la madrugada a amasar el pan; lo cocinábamos a las 8, y mi marido lo llevaba a algunos negocios. Una vez hice empanadas, y mi hermano las llevó a un partido; las vendió todas. Empezamos con los conocidos, y así fue creciendo el negocio, con el boca en boca. Jamás hicimos una publicidad”, recuerda la mendocina que todavía anota pedidos en un cuaderno.

Aunque no tiene ni un cartel en el frente, la gente sabe qué puerta golpear. Varios intendentes llevaron sus empanadas y hasta fue la encargada de cocinar para el Club del Progreso en el ‘83, cuando Raúl Alfonsín encabezó el multitudinario acto de campaña que lo convirtió en presidente seis meses después. Para esa noche horneó 4.000 empanadas. Todas hechas con sus manos, todas plegadas prolija y simétricamente.

Al principio, el horno de barro estaba en el patio de la casa. Y cuando las ventas andaban bien, hacía 600. “El horno quedaba lejos de la entrada. Todo el día iba y venía. Era tanta la greda que me sacaba las zapatillas y me iba descalza”. Después, su marido le construyó otro horno adentro de la casa. El mundo del repulgue y los pliegues entró al hogar de los Lobo. Ya no tuvo que embarrarse ni padecer frío para cocinar.

Verónica tiene 82 años. Dice que en su vida hizo más de dos millones de empanadas; 260 millones de pliegues. Y no piensa parar. Hoy, sus dedos doblarán la masa, trece vueltitas, cada vez.

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