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“Me enloquece bucear. Me siento mejor debajo del agua. Siento placer, bienestar. El mar te abraza, te llena de sensaciones. Es como un mimo. El agua sana”.

Así, como si se tratara de un manifiesto, Antonio “Tony” Brochado habla de una afición que, con el correr del tiempo, se convirtió en su modo de vida. Pese a que para él, que tiene múltiples intereses, no parecía fácil dar con una vocación que le permitiera superarse, no aburrirse y forjar un camino que, según intuye, continuará el menor de sus hijos varones.

Tony es el único buzo de primera en la zona, que es la categoría máxima a la que pueden llegar los que no eligen especializarse en el buceo a más de 100 metros. Pero a diferencia de la mayoría de los profesionales locales, que vuelcan su pasión al buceo deportivo, él orientó su práctica hacia lo comercial.

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Y su empresa “El austral”, que funciona en su propia casa desde hace 26 años, realiza reparaciones subacuáticas, soldadura de estructuras submarinas, mantenimiento del muelle y pequeñas tareas que se multiplican en un polo pesquero como San Antonio.

Por estos trabajos gana 4 veces más de que lo que obtendría si las reparaciones fuesen en tierra. Pero, además, disfruta de la interacción con “el agua, que es una relación que siempre estuvo”.

Es que la historia de Tony comienza frente a la costa, aunque en Uruguay. “Soy de Santa Clara de Olimar. Mi padre era militar. Cuando tenía 3 años y medio lo trasladaron a Salto, un pueblo que está enfrentado a Concordia, Entre Ríos”. Allí fueron todos, junto a su madre y un hermano 12 años menor. Y ríos y arroyos fueron los escenarios de su infancia y adolescencia. “Con mis amigos éramos terribles. Contrabandéabamos sandías. Íbamos río arriba para que después el agua nos llevara, y cruzábamos el canal San Carlos, que es muy correntoso, arreando la fruta suelta, como si fuera ganado”.

En Uruguay despuntó su pasión por el canto. Integró dúos pero descubrió que “era muy triste la vida de los músicos”. Una paternidad temprana, a los 19, y la posibilidad de comenzar a trabajar en la construcción de la represa y central hidroeléctrica de Salto Grande hicieron el resto. Y la música quedó atrás. “En esa obra aprendí todo lo que sé sobre carpintería metálica, soldadura, tornería...”. También conoció el buceo. Tal vez por eso las “aguas oscuras”, como las de río, son su medio favorito.

La vida acuática de “Tony”
“Tiene algo maravilloso bucear al tacto, porque vos encontrás una botella, pero te das cuenta al empezar a tocar y sentir las formas que tiene. Y el viaje del fondo a la superficie es de una ansiedad total, porque vas a comprobar lo que realmente es” cuenta.

En la represa trabajó 9 años. Al cesar su labor comenzaron los problemas finacieros y su relación de pareja se resintió. De su primera esposa tiene 2 hijos, una nena y un varón que hoy superan los 30 años.

Buscando ampliar sus horizontes laborales se radicó en Argentina. Viajó a Mar del Plata y Puerto Madryn. Tras su llegada a San Antonio, nunca volvió a pensar en afincarse en Uruguay. “Tenía 30 años al llegar. Vine porque en Madryn había marea roja, y yo me dedicaba a la captura de mariscos. Mi primer residencia fue en Piedras Coloradas. Vivia en carpa, y me iba a bañar a la casa del “Tana” Leuze, el buzo que me trajo acá”.

Su afición también lo llevó a descubrir “la arqueologia submarina. Trabajé con el arqueólogo Daniel Schavelzon en la desembocadura del Rio Negro” recuerda. Después, se sucedieron sus colaboraciones en eventos similares.

Hoy sólo busca disfrutar de la vida con Norma, su pareja, con la que tiene dos hijos. “”Con los que viven en Uruguay son 4 en total. En enero llega mi hija más grande”. Y quiere editar “Vida de buzo”, un libro que escribió hace tiempo y compila una serie de historias que nacieron de su pasión por bucear.