Las maltrechas cárceles latinoamericanas son un foco de tragedias

08 dic 2010 - 00:00
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La sobrepoblación, la influencia excesiva de bandas criminales y la falta de inversiones convierten a las cárceles de América Latina en lugares violentos y peligrosos que propician tragedias como la que el miércoles costó la vida a más de 80 presos en Chile por un incendio.

La cárcel San Miguel, en Santiago de Chile, donde se produjo el incendio tras una riña entre internos, tenía una capacidad para 900 reos pero albergaba 1.900.

“Esta tragedia refleja la precariedad del sistema carcelario chileno”, dijo el director Nacional de la Gendarmería chilena, Luis Masferrer, para quien el “porcentaje de sobrepoblación y hacinamiento” es uno de los factores a estudiar para esclarecer el incendio.

La sobrepoblación carcelaria es la regla en toda la región, donde varios países registran tasas récord de homicidios. En El Salvador, se albergan 24.000 prisioneros en cárceles diseñadas para 8.000 reclusos.

Desde hace 10 años, las autoridades alojan a miembros de poderosas bandas rivales en establecimientos separados para evitar los enfrentamientos. Pero aún detrás de los barrotes, el crimen organizado continúa imponiendo su ley.

En México, “los hombres de los cárteles son los reyes, los señores de sus cárceles”, denunció el abogado penalista José Antonio Ortega. “Los gángsters operan desde dentro, hacen extorsiones y chantajes. Vimos una prisión donde los detenidos de día se transforman en sicarios a la noche. Les proporcionaban armas y vehículos para ir a matar, y regresaban a dormir a la prisión como angelitos”, aseguró Ortega.

Sus expediciones nocturnas habrían dejado 35 muertos, según la fiscalía mexicana, y la directora de esa prisión de la localidad de Gómez Palacio, cerca de Torreón (norte), fue arrestada a fines de julio.

“Podemos tratar de mejorar la formación de los guardias, sus salarios y sus condiciones de trabajo (...) pero el poder del dinero del tráfico de drogas sobrepasa cualquier alza salarial que puedan otorgar los gobiernos”, explicó Lina Zúñiga, socióloga de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales de Santiago.

En noviembre, una prisión del norte de Brasil vivió una rebelión que se saldó con tres muertos. La cárcel, como en el caso de Chile, albergaba 828 detenidos cuando fue diseñada para poco más de 200. En el mismo mes, también en el norte de Brasil, otro motín concluyó con la muerte de 18 prisioneros, entre los cuales cuatro fueron decapitados.

Esas regiones quedaron al margen de un programa de construcción de nuevas prisiones que permitió un “descenso en los motines” en Brasil estos últimos años, dijo Armando Tambelli, miembro del Observatorio de Prisiones en Sao Paulo.

“En los Estados (pobres) del norte donde las cárceles son grandes, superpobladas y precarias, una rebelión puede estallar en cualquier momento”, precisó.

En Paraguay, las autoridades intervinieron en septiembre una cárcel de Asunción, donde los detenidos rodaban películas de filmes pedófilos con menores que hacían ingresar y a los que presentaban como miembros de sus familias.

“El sistema está en crisis en prácticamente todos los países de América Latina”, analizó Lucía Dammert, coautora con Liza Zúñiga de un informe titulado “La prisión: problemas y desafíos para las Américas”.

Una de las razones es la falta de dinero: “La inversión pública en el tema carcelario es mínima”, subrayó Dammert.

“La mayoría de las prisiones en América Latina son muy antiguas, con una arquitectura y una estructura del Siglo XIX o principios del siglo XX, y no han sido modernizadas”, añadió Zúñiga.

Chile, Brasil o Colombia construyeron nuevas prisiones, pero el problema persiste. “En Chile, nuevas prisiones han sido construidas pero eso no ha sido acompañado del cierre de las cárceles antiguas”, indicó la socióloga.

La prioridad debería ser el reducir la población carcelaria, estiman los expertos.

Lucía Dammert sugiere la adopción de “medidas alternativas para los primarios o los delincuentes no violentos, que van desde trabajos comunitarios al brazalete electrónico, ya que ello permitiría descongestionar el mundo carcelario y evitar el contagio criminal”. “Las prisiones son como una universidad del crimen”, puntualizó Liza Zúñiga.

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