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Domingo 10 de abril de 2005
Diciembre será una prueba de fuego para la Concertación chilena
El éxito de 15 años del oficialismo estuvo en conservar lo positivo del modelo económico de Pinochet, sumarle un fuerte gasto social y otras reformas que combatieron la pobreza. Superando el desgaste y los tropiezos del 2001, confía en otro triunfo, pero la derecha dará batalla.

En diciembre se realizarán en Chile elecciones presidenciales por cuarta vez desde la vuelta a la democracia en 1990. No es posible entender las claves de esta elección sin adentrarse en la historia política, económica y social de los últimos años.
Hasta ahora ha gobernado la Concertación, una coalición de centro izquierda integrada por los partidos Demócrata Cristiano, Socialista, Por la Democracia y Radical Social Demócrata. Esta coalición le ha dado una enorme gobernabilidad al país y ha sido muy exitosa. Desde su asunción, el año 1990, ha hecho crecer el ingreso per cápita del país a un ritmo promedio anual de 4,1 por ciento. Este notable desempeño económico hizo retroceder la pobreza desde un 38,6% de la población en 1990 a los niveles actuales de 18,8%. Por cierto, esto fue complementado por un aumento importante en el gasto social del orden de 175% en estos 15 años, proveniente del propio crecimiento económico y de una importante reforma tributaria al comienzo de los gobiernos de la Concertación. Este marco le ha permitido a la Concertación manejar adecuadamente las presiones sociales y lograr un buen equilibrio entre cambio y paz social.
En sus inicios, la coalición económica supo hacerse cargo adecuadamente de las transformaciones económicas modernizadoras del régimen militar y en vez de prescindir de ellas en muchos casos las profundizó, como ocurrió con la exitosa privatización de las obras de infraestructura o de las empresas de agua potable. El derrumbe de los socialismos reales y las desastrosas experiencias de los programas económicos de los partidos cercanos a esta coalición en otros lugares de América Latina convenció a sus líderes de que no había un modelo económico alternativo. Se inclinaron, correctamente, por mantener las bases generales del esquema económico de la dictadura y a partir de ellas concentraron sus esfuerzos en hacer crecer el gasto social, fortaleciendo la inversión en capital humano e intentando construir una red de seguridad económica razonable para quienes cayeran debajo de la línea de pobreza.
Probablemente estén en estas áreas las mayores falencias de la coalición gobernante. Los aumentos de gasto en educación y salud no han dado los frutos deseados. También la coalición gobernante no ha sido capaz de ganar credibilidad en la detención de la delincuencia, aunque hay que mencionar que a pesar de haber subido en los últimos años, este flagelo se mantiene en niveles comparativamente bajos. La falta de empleos es otro de los puntos débiles de esta coalición. Si bien desde mediados del año pasado éste ha estado expandiéndose a tasas anualizadas de 3 por ciento, la tasa de personas con trabajo es todavía baja en el contexto internacional. Es en estas áreas donde la oposición tiene espacios para plantear una agenda que cautive a los votantes, muchos de los cuales no tienen la carga ideológica del pasado.
En el plano político los avances han sido mucho más trabados. Después de todo, la Constitución había sido moldeada al antojo de Pinochet y éste “vigilaba” la democracia desde la poderosa comandancia del Ejército. No cabe duda que ello daba origen a una transición muy particular. Aun así, logró presentarse un informe que reconocía la muerte y desaparición de personas a manos de agentes del Estado chileno y la justicia lentamente comenzó a investigar y sancionar los numerosos atropellos cometidos durante el régimen militar. La renuncia de Pinochet al Ejército en 1998 y su posterior detención en Londres aceleraron una consolidación de la democracia.
La elección de Ricardo Lagos marca un nuevo hito. Hasta ahora habían gobernado presidentes demócrata-cristianos, representantes de un partido que había estado en contra de Allende y en una proporción importante a favor del golpe de 1973. La prueba de fuego era la elección de un socialista que había estado con Allende.
Esa elección también había marcado un nuevo camino para la derecha. Joaquín Lavín, su candidato a la Presidencia en 1999, había perdido frente a Lagos por unos pocos votos. Su buen desempeño electoral había estado influido por la crisis económica que afectó ese año al país y que había elevado el desempleo. Pero también lo había ayudado su aparente rompimiento con el pasado pinochetista de su sector político. Su desempeño lo posicionó inmediatamente como un fuerte contendor para la elección presidencial de este año. Al poco andar del gobierno del presidente Lagos, parecía un hecho que Lavín se iba a poner la banda presidencial en el 2005. El gobierno trastabillaba y no lograba articular una agenda ampliamente compartida por su coalición. Las elecciones municipales del 2000 y parlamentarias del 2001 limitaban su esfera de acción. Vendrían luego en el 2002 los desórdenes financieros en el Ministerio de Obras Públicas que tendrían al tercer gobierno de la Concertación a mal traer.
La recuperación de la economía en los últimos dos años le ha traído un importante respiro a la coalición gobernante. Pero el gobierno también hizo su tarea. Demostró una perseverancia notable para llevar adelante su agenda. Mantuvo una política fiscal prudente pese a las presiones para aumentar el gasto. Llevó adelante o se encuentra implementando reformas importantes en salud y en transporte público que han supuesto un enfrentamiento con poderosos y tradicionales grupos de interés. Firmó importantes acuerdos de libre comercio que consolidaron la apertura comercial del país. Aprobó una ley de divorcio y promovió un informe sobre la tortura y detención política que ha significado un reconocimiento a un grupo de víctimas de atropellos a los derechos humanos algo olvidadas en la transición. La Justicia consolidó su tarea y puso tras las rejas a reconocidos violadores de los derechos humanos. El propio Pinochet debió enfrentar a la Justicia. Por otra parte, está cerca la posibilidad de que se termine con los senadores designados y la inamovilidad de los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas y de Orden, entre otras reformas constitucionales que pondrían fin a injustificados enclaves autoritarios. Todos estos avances institucionales y legales fueron dejando definitivamente atrás la figura de Pinochet y los temores de los primeros años de transición. Se abrieron nuevos espacios de libertad que generaron cambios culturales significativos. Sin éstos posiblemente no se podría entender que la Concertación esté decidiendo, en el país con una de las más bajas tasas de participación laboral femenina de América Latina, su candidata presidencial entre dos mujeres.
En un plano político estratégico, no cabe duda de que el gobierno de Lagos ha consolidado un estilo de gobierno social demócrata moderno que se desplazó marcadamente hacia el centro del espectro político, limitando los espacios electorales de la derecha. El conglomerado opositor no fue capaz de frenar ese avance concertacionista y sufrió una serie de problemas internos que, por una parte, arrojaron muchas dudas respecto del grado en que se desprendieron de su pasado pinochetista (ejemplos: mantuvieron un silencio casi embarazoso frente al informe de la tortura y, producto de un intento por ordenar los díscolos partidos que conforman la oposición, su candidato presidencial intervino para descabezarlos y abrir espacios para que se instalaran en su presidencia dos políticos con fuertes vínculos con el régimen militar) y, por otra, dejaron incertidumbres respecto de su capacidad efectiva de gobernar, de la cual la Concertación ha dado pruebas evidentes. En este escenario, la coalición oficialista ha recuperado su fortaleza de antaño y Joaquín Lavín, en cambio, se ha debilitado. Su credibilidad está sumamente afectada. La Concertación elegirá a su representante el próximo 31 de julio. Si no comete errores Michelle Bachelet, la ex Ministra de Defensa y candidata de los partidos Socialista y Por la Democracia, debería ganar esa contienda. Soledad Alvear, del Partido Demócrata Cristiano, se ve muy debilitada y no es claro que en las próximas 15 semanas pueda remontar las importantes distancias que la separan de Bachelet. La escasa distancia ideológica que separa en la actualidad a la derecha y a la izquierda concertacionista dejan poco espacio político para una candidatura de centro como la de Alvear.
La ex Ministra de Defensa de Lagos también aparece en estos momentos con una importante ventaja para la elección presidencial de diciembre próximo. Bachelet, y ahí esté probablemente la clave de su éxito político consolidado en los dos últimos años, parece ser una heredera de ese nuevo Chile que se ha estado forjando en estos años. Fue víctima de atropellos a los derechos humanos. Su padre, un destacado general de la Fuerza Aérea contrario al golpe, murió en un centro de detención seis meses después del 11 de septiembre de 1973. Ella y su madre partieron al exilio. Sin embargo, en Bachelet no se nota resentimiento. Es una candidata que mira el futuro con optimismo y el pasado sin rencores, encarnando un sentimiento que parece ser ampliamente compartido en la población. Representa, de alguna manera, esa libertad e independencia de espíritu que está instalándose en el alma chilena.
Por cierto que este hecho no le garantiza el triunfo en diciembre. Al frente tendrá un candidato poderoso cuya debilidad actual no debe sobrestimarse. Tiene los recursos, los equipos y la capacidad para levantar una campaña competitiva. Seguramente Lavín intentará imponer una agenda que lo mueva hacia el centro político y le ayude a reencantar a esos votantes moderados que en 1999 le dieron su voto, pero ahora parecen alejados. En la campaña seguramente despejará las dudas respecto de su real rompimiento con el pasado pinochetista. Ya está dando señales, incorporando a su campaña nuevas generaciones que poco tienen que ver con el régimen militar.
Por su parte, Bachelet tiene que satisfacer adecuadamente las expectativas que han cifrado en ella los votantes. Para ello necesita una agenda propia que traduzca su popularidad en un liderazgo político efectivo más allá de la luna de miel que parecen estar viviendo los chilenos con Lagos y que abordelas debilidades del gobierno concertacionista.
No puede olvidarse en el análisis electoral que el Presidente Lagos ha estado muy presente en esta contienda electoral. Su alta popularidad, que se traduce en una aprobación a su gobierno que se sitúa en torno al 65 % de la población, es un tremendo activo para la candidata concertacionista, cualquiera que ella sea. Pero la elección es sobre el futuro. La figura de Lagos debería ir perdiendo importancia a medida que se acerca diciembre y recaerá sobre Bachelet, la candidata más probable del oficialismo, la responsabilidad de demostrar que ella es capaz de liderar el país. Ahí el contraste con la figura paterna de Lagos puede ser complicado de manejar. Otro aspecto que en esta elección debe seguirse con interés es el voto de las mujeres. Hasta ahora éstas han votado en Chile más conservadoramente que los hombres. Sin embargo, Bachelet (y no Alvear) está obteniendo más votos entre las mujeres que entre los hombres. ¿Corresponde este hecho a un nuevo fenómeno de la política chilena o se revertirá a medida que la campaña gane en intensidad? Lo sabremos en diciembre. No cabe duda de que los chilenos seremos testigos de una campaña interesante y bastante más reñida de la que se ve en la actualidad.

EL AUTOR

Harald Beyer Burgos es uno de los politólogos chilenos más destacados de la actualidad.
Es Master of Arts y Doctor en Economía, Universidad de California Los Angeles (UCLA).
Ingeniero Comercial, Universidad de Chile. Actualmente, es investigador y Coordinador Académico del Centro de Estudios Públicos.
Ha publicado varios artículos de economía y política social en revistas especializadas nacionales y extranjeras. Es columnista del diario “El Mercurio”.

HARALD BEYER BURGOS
Especial para “Rio Negro”

 
 
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