En diciembre se realizarán en Chile
elecciones presidenciales por cuarta vez desde la vuelta a
la democracia en 1990. No es posible entender las claves de
esta elección sin adentrarse en la historia política,
económica y social de los últimos años.
Hasta ahora ha gobernado la Concertación, una coalición
de centro izquierda integrada por los partidos Demócrata
Cristiano, Socialista, Por la Democracia y Radical Social
Demócrata. Esta coalición le ha dado una enorme
gobernabilidad al país y ha sido muy exitosa. Desde
su asunción, el año 1990, ha hecho crecer el
ingreso per cápita del país a un ritmo promedio
anual de 4,1 por ciento. Este notable desempeño económico
hizo retroceder la pobreza desde un 38,6% de la población
en 1990 a los niveles actuales de 18,8%. Por cierto, esto
fue complementado por un aumento importante en el gasto social
del orden de 175% en estos 15 años, proveniente del
propio crecimiento económico y de una importante reforma
tributaria al comienzo de los gobiernos de la Concertación.
Este marco le ha permitido a la Concertación manejar
adecuadamente las presiones sociales y lograr un buen equilibrio
entre cambio y paz social.
En sus inicios, la coalición económica supo
hacerse cargo adecuadamente de las transformaciones económicas
modernizadoras del régimen militar y en vez de prescindir
de ellas en muchos casos las profundizó, como ocurrió
con la exitosa privatización de las obras de infraestructura
o de las empresas de agua potable. El derrumbe de los socialismos
reales y las desastrosas experiencias de los programas económicos
de los partidos cercanos a esta coalición en otros
lugares de América Latina convenció a sus líderes
de que no había un modelo económico alternativo.
Se inclinaron, correctamente, por mantener las bases generales
del esquema económico de la dictadura y a partir de
ellas concentraron sus esfuerzos en hacer crecer el gasto
social, fortaleciendo la inversión en capital humano
e intentando construir una red de seguridad económica
razonable para quienes cayeran debajo de la línea de
pobreza.
Probablemente estén en estas áreas las mayores
falencias de la coalición gobernante. Los aumentos
de gasto en educación y salud no han dado los frutos
deseados. También la coalición gobernante no
ha sido capaz de ganar credibilidad en la detención
de la delincuencia, aunque hay que mencionar que a pesar de
haber subido en los últimos años, este flagelo
se mantiene en niveles comparativamente bajos. La falta de
empleos es otro de los puntos débiles de esta coalición.
Si bien desde mediados del año pasado éste ha
estado expandiéndose a tasas anualizadas de 3 por ciento,
la tasa de personas con trabajo es todavía baja en
el contexto internacional. Es en estas áreas donde
la oposición tiene espacios para plantear una agenda
que cautive a los votantes, muchos de los cuales no tienen
la carga ideológica del pasado.
En el plano político los avances han sido mucho más
trabados. Después de todo, la Constitución había
sido moldeada al antojo de Pinochet y éste “vigilaba”
la democracia desde la poderosa comandancia del Ejército.
No cabe duda que ello daba origen a una transición
muy particular. Aun así, logró presentarse un
informe que reconocía la muerte y desaparición
de personas a manos de agentes del Estado chileno y la justicia
lentamente comenzó a investigar y sancionar los numerosos
atropellos cometidos durante el régimen militar. La
renuncia de Pinochet al Ejército en 1998 y su posterior
detención en Londres aceleraron una consolidación
de la democracia.
La elección de Ricardo Lagos marca un nuevo hito. Hasta
ahora habían gobernado presidentes demócrata-cristianos,
representantes de un partido que había estado en contra
de Allende y en una proporción importante a favor del
golpe de 1973. La prueba de fuego era la elección de
un socialista que había estado con Allende.
Esa elección también había marcado un
nuevo camino para la derecha. Joaquín Lavín,
su candidato a la Presidencia en 1999, había perdido
frente a Lagos por unos pocos votos. Su buen desempeño
electoral había estado influido por la crisis económica
que afectó ese año al país y que había
elevado el desempleo. Pero también lo había
ayudado su aparente rompimiento con el pasado pinochetista
de su sector político. Su desempeño lo posicionó
inmediatamente como un fuerte contendor para la elección
presidencial de este año. Al poco andar del gobierno
del presidente Lagos, parecía un hecho que Lavín
se iba a poner la banda presidencial en el 2005. El gobierno
trastabillaba y no lograba articular una agenda ampliamente
compartida por su coalición. Las elecciones municipales
del 2000 y parlamentarias del 2001 limitaban su esfera de
acción. Vendrían luego en el 2002 los desórdenes
financieros en el Ministerio de Obras Públicas que
tendrían al tercer gobierno de la Concertación
a mal traer.
La recuperación de la economía en los últimos
dos años le ha traído un importante respiro
a la coalición gobernante. Pero el gobierno también
hizo su tarea. Demostró una perseverancia notable para
llevar adelante su agenda. Mantuvo una política fiscal
prudente pese a las presiones para aumentar el gasto. Llevó
adelante o se encuentra implementando reformas importantes
en salud y en transporte público que han supuesto un
enfrentamiento con poderosos y tradicionales grupos de interés.
Firmó importantes acuerdos de libre comercio que consolidaron
la apertura comercial del país. Aprobó una ley
de divorcio y promovió un informe sobre la tortura
y detención política que ha significado un reconocimiento
a un grupo de víctimas de atropellos a los derechos
humanos algo olvidadas en la transición. La Justicia
consolidó su tarea y puso tras las rejas a reconocidos
violadores de los derechos humanos. El propio Pinochet debió
enfrentar a la Justicia. Por otra parte, está cerca
la posibilidad de que se termine con los senadores designados
y la inamovilidad de los comandantes en jefe de las Fuerzas
Armadas y de Orden, entre otras reformas constitucionales
que pondrían fin a injustificados enclaves autoritarios.
Todos estos avances institucionales y legales fueron dejando
definitivamente atrás la figura de Pinochet y los temores
de los primeros años de transición. Se abrieron
nuevos espacios de libertad que generaron cambios culturales
significativos. Sin éstos posiblemente no se podría
entender que la Concertación esté decidiendo,
en el país con una de las más bajas tasas de
participación laboral femenina de América Latina,
su candidata presidencial entre dos mujeres.
En un plano político estratégico, no cabe duda
de que el gobierno de Lagos ha consolidado un estilo de gobierno
social demócrata moderno que se desplazó marcadamente
hacia el centro del espectro político, limitando los
espacios electorales de la derecha. El conglomerado opositor
no fue capaz de frenar ese avance concertacionista y sufrió
una serie de problemas internos que, por una parte, arrojaron
muchas dudas respecto del grado en que se desprendieron de
su pasado pinochetista (ejemplos: mantuvieron un silencio
casi embarazoso frente al informe de la tortura y, producto
de un intento por ordenar los díscolos partidos que
conforman la oposición, su candidato presidencial intervino
para descabezarlos y abrir espacios para que se instalaran
en su presidencia dos políticos con fuertes vínculos
con el régimen militar) y, por otra, dejaron incertidumbres
respecto de su capacidad efectiva de gobernar, de la cual
la Concertación ha dado pruebas evidentes. En este
escenario, la coalición oficialista ha recuperado su
fortaleza de antaño y Joaquín Lavín,
en cambio, se ha debilitado. Su credibilidad está sumamente
afectada. La Concertación elegirá a su representante
el próximo 31 de julio. Si no comete errores Michelle
Bachelet, la ex Ministra de Defensa y candidata de los partidos
Socialista y Por la Democracia, debería ganar esa contienda.
Soledad Alvear, del Partido Demócrata Cristiano, se
ve muy debilitada y no es claro que en las próximas
15 semanas pueda remontar las importantes distancias que la
separan de Bachelet. La escasa distancia ideológica
que separa en la actualidad a la derecha y a la izquierda
concertacionista dejan poco espacio político para una
candidatura de centro como la de Alvear.
La ex Ministra de Defensa de Lagos también aparece
en estos momentos con una importante ventaja para la elección
presidencial de diciembre próximo. Bachelet, y ahí
esté probablemente la clave de su éxito político
consolidado en los dos últimos años, parece
ser una heredera de ese nuevo Chile que se ha estado forjando
en estos años. Fue víctima de atropellos a los
derechos humanos. Su padre, un destacado general de la Fuerza
Aérea contrario al golpe, murió en un centro
de detención seis meses después del 11 de septiembre
de 1973. Ella y su madre partieron al exilio. Sin embargo,
en Bachelet no se nota resentimiento. Es una candidata que
mira el futuro con optimismo y el pasado sin rencores, encarnando
un sentimiento que parece ser ampliamente compartido en la
población. Representa, de alguna manera, esa libertad
e independencia de espíritu que está instalándose
en el alma chilena.
Por cierto que este hecho no le garantiza el triunfo en diciembre.
Al frente tendrá un candidato poderoso cuya debilidad
actual no debe sobrestimarse. Tiene los recursos, los equipos
y la capacidad para levantar una campaña competitiva.
Seguramente Lavín intentará imponer una agenda
que lo mueva hacia el centro político y le ayude a
reencantar a esos votantes moderados que en 1999 le dieron
su voto, pero ahora parecen alejados. En la campaña
seguramente despejará las dudas respecto de su real
rompimiento con el pasado pinochetista. Ya está dando
señales, incorporando a su campaña nuevas generaciones
que poco tienen que ver con el régimen militar.
Por su parte, Bachelet tiene que satisfacer adecuadamente
las expectativas que han cifrado en ella los votantes. Para
ello necesita una agenda propia que traduzca su popularidad
en un liderazgo político efectivo más allá
de la luna de miel que parecen estar viviendo los chilenos
con Lagos y que abordelas debilidades del gobierno concertacionista.
No puede olvidarse en el análisis electoral que el
Presidente Lagos ha estado muy presente en esta contienda
electoral. Su alta popularidad, que se traduce en una aprobación
a su gobierno que se sitúa en torno al 65 % de la población,
es un tremendo activo para la candidata concertacionista,
cualquiera que ella sea. Pero la elección es sobre
el futuro. La figura de Lagos debería ir perdiendo
importancia a medida que se acerca diciembre y recaerá
sobre Bachelet, la candidata más probable del oficialismo,
la responsabilidad de demostrar que ella es capaz de liderar
el país. Ahí el contraste con la figura paterna
de Lagos puede ser complicado de manejar. Otro aspecto que
en esta elección debe seguirse con interés es
el voto de las mujeres. Hasta ahora éstas han votado
en Chile más conservadoramente que los hombres. Sin
embargo, Bachelet (y no Alvear) está obteniendo más
votos entre las mujeres que entre los hombres. ¿Corresponde
este hecho a un nuevo fenómeno de la política
chilena o se revertirá a medida que la campaña
gane en intensidad? Lo sabremos en diciembre. No cabe duda
de que los chilenos seremos testigos de una campaña
interesante y bastante más reñida de la que
se ve en la actualidad.
EL AUTOR
Harald Beyer Burgos es uno de los politólogos chilenos
más destacados de la actualidad.
Es Master of Arts y Doctor en Economía, Universidad
de California Los Angeles (UCLA).
Ingeniero Comercial, Universidad de Chile. Actualmente, es
investigador y Coordinador Académico del Centro de
Estudios Públicos.
Ha publicado varios artículos de economía y
política social en revistas especializadas nacionales
y extranjeras. Es columnista del diario “El Mercurio”.
HARALD BEYER BURGOS
Especial para “Rio Negro” |