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Domingo 17 de abril de 2005
ENTREVISTA: TOM WOLFE
“Decir que EE. UU. es un país maravilloso me convierte en paria”
Tom Wolfe, pionero del nuevo periodismo, se mantiene fiel a su estilo: políticamente incorrecto. Fustiga a los intelectuales, a los medios y a la televisión. Defiende a Bush y a su país, donde gánsteres sin secundario pueden crear un sitio como Las Vegas.

Desde el piso de Tom Wolfe se ve la línea de rascacielos de Manhattan. “Mire, el Empire State Building. Y allá estaban las Torres Gemelas. El 11 de setiembre de 2001 yo veía desde aquí el humo. Al rato bajé a la calle. Una multitud de personas venía de allí, en un silencio casi absoluto. Nunca lo olvidaré”.
En la sala llena de luz hay un piano de cola azul oscuro, fotos de su mujer y sus dos hijos y una mesa -desde la que saluda un estilizado y sonriente Mao Zedong de bronce- rodeada por un sofá y varios sillones. Al lado, en el estudio, libros por todas partes: literatura, ensayo, arte, ciencia. El escritorio, con dos lámparas rematadas por sombreros panamá, también tiene librerías empotradas. “Cuando me preguntan por mis hobbies, me encantaría decir: volar en ala delta, escalar montañas, cualquier cosa interesante… pero la verdad es que no hago nada de eso. Lo que más me gusta es sentarme en mi escritorio y leer. Soy un loco de las ciencias neurológicas, me encanta la divulgación científica. Hago otras cosas: no sé si conoce un programa de televisión que se llama Pimp my ride… se trata de agarrar un coche normal y hacer de él algo especial. Es un mundo interesante. Bueno, yo he decidido cambiar mi automóvil, un Cadillac 2003 DeVille: pedí que lo pintaran de blanco y ahora quiero que el interior sea blanco, igual que las ruedas… no sé, cumplo 75 años y, la verdad, si no hago esto ahora, ¿cuándo lo voy a hacer?”
- Usted iba a escribir su última novela ‘Soy Charlotte Simmons’ en el ordenador que utiliza para trabajar, y acabó escribiéndola a mano.
- Sí, pensé en el ordenador, pero era un modelo nuevo y me volvía loco. Como dice el refrán, no le puedes enseñar trucos nuevos a un perro viejo. Volví a mi vieja máquina de escribir, pero me hice daño en un dedo y no podía darles a las teclas, así que continué a mano y escribí la mayor parte del libro con pluma.
- ¿Qué es ‘Soy Charlotte Simmons’?
- Es, en parte, un panorama de la vida universitaria estadounidense. A lo mejor es mucho presumir, pero yo veo en este libro una línea horizontal y otra vertical. La horizontal es la vida universitaria, con todo ese mundo de los estudiantes, y la vertical es la psicología de esta joven, Charlotte, y la de las personas con las que se relaciona y cómo su comportamiento está determinado en buena medida por ellas. Esta chica de 18 años siempre está pensando: “¿Es bueno que me vean haciendo esto? ¿Qué pensará x, qué pensará y?” Quiere enamorarse de Adam, pero Adam está considerado como un “traga”, y ella no quiere que la vean con un “traga”, así que gravita justo hacia la persona que menos le conviene. En todos los momentos, incluso en los más íntimos, siempre está pensando en términos de su situación social.
- El aislamiento de la realidad que se vive en el campus universitario que describe en su libro, ¿es el mismo que reprocha a los intelectuales, lo que usted denomina “élite de izquierdas”, a los que tanto critica?
- Bueno, es que son ridículos. Son tan reaccionarios, tan reaccionarios, Dios mío... su pensamiento no ha progresado desde 1945. La figura del intelectual tiene prácticamente un siglo de vida. El término fue creado por el francés Clemenceau para designar a los escritores, los artistas, los que creaban. Ahora la palabra intelectual se ha desvinculado de lo que supone un logro intelectual; un intelectual es un consumidor de ideas, ya no hace falta ser un creador. En realidad, ser creativo es un estorbo. El ejemplo perfecto es Noam Chomsky. ¿Es un hombre conocido en España?
- Sí, es conocido.
- Bueno, es el ejemplo perfecto. Antes de la guerra de Vietnam, Chomsky era el gran lingüista de EE. UU. Se inventó la teoría revolucionaria de cómo se crea el lenguaje y qué es lo que se puede hacer con él. Pero no estaba considerado como un intelectual, porque un intelectual es alguien que sabe sobre un asunto, pero que, públicamente, sólo habla de otras cosas. Y cuando Chomsky empezó a denunciar públicamente la guerra, ¡de repente se convirtió en un intelectual! Aquí un intelectual tiene que indignarse sobre algo. Como dijo McLuhan, la indignación moral es la estrategia adecuada para revestir de dignidad al idiota. Y eso es lo que hace la mayoría de los que se dicen de izquierda: en lugar de pensar -lo cual es duro, lleva tiempo, hay que leer- se indignan por algo, y eso los reviste de dignidad. Siempre eligieron las opciones equivocadas. Mao fue considerado hasta el final como una gran figura por la gente de izquierda. También había muchos que pensaron lo mismo de Pol Pot, que exterminó a media Camboya.
- A usted le encanta fastidiarlos. Les dijo, después de las elecciones, que iba a ir a despedirlos al aeropuerto.
- Precisamente vengo del aeropuerto Kennedy de despedir a mis amigos que decían que no podrían aguantar cuatro años más de Bush... yo no me he ido porque alguien tiene que quedarse aquí [risas].
- ¿Usted votó a Bush?
- Voté a Bush. No creo que el 11-S fuera un ataque cualquiera; alguien tenía que actuar y Bush lo hizo. Por eso había que ir a la guerra en Afganistán. Y luego había que hacer algo más. Lo de Irak quizá fue una guerra equivocada, pero... no digo, ni mucho menos, que éste sea el mejor gobierno que haya habido jamás, pero algo más había que hacer. Bush hizo lo que tenía que hacer.
- ¿Bush ganó por la guerra o fue por los valores y la religión?
- Si mira el mapa electoral verá que los resultados no son muy diferentes a los del 2000. La guerra tuvo poco que ver. Y la religión... no es que haya o no una derecha religiosa, es que hay mucha gente que es religiosa. Este país ha sido siempre tremendamente religioso. Ya De Tocqueville, en 1830 escribió que EE. UU. era la nación más religiosa del mundo después de los países islámicos. Yo crecí entre esa gente a la que llaman la derecha religiosa. Eran personas de lo más normal. En cambio, aquí en el Este vivo entre escritores y periodistas, que son un grupo de gente mucho más laico, muy racional, o por lo menos eso creen ellos y consideran que las creencias religiosas son una señal de vaciedad.
- En Europa está muy extendida esa visión de la sociedad y la cultura norteamericanas, o la imagen de que Bush es un cowboy.
- Seguramente, los comentaristas europeos deben prestar atención a lo que dicen los de Nueva York. No hay nadie más que los escuche. Tal vez en Washington, pero nada más. Yo he tenido la ocasión de estar con Bush algunos minutos, hablar con él de literatura, y me pareció tan inteligente como el director de “The New York Review of Books”, la principal publicación literaria. Bush no es ningún idiota. Recuerde a Eisenhower, presidente durante dos mandatos. Decían que era idiota; en las ruedas de prensa su sintaxis era horrible, empezaba frases y no las terminaba. Era verdaderamente tonto, lo único que había hecho era ganar la II Guerra Mundial. Pues si eso es lo que hace falta para ganar guerras como aquélla, a lo mejor nos hacen falta unos cuantos idiotas más. O Reagan: de él decían lo mismo que se dice de Bush. Lo único que hizo aquel idiota fue ganar la Guerra Fría y forzar la caída de la Unión Soviética. Si eso es estupidez, que me den unos cuantos estúpidos. Yo hablo con gente no sólo en Europa sino también aquí, en Nueva York, intelectuales convencidos de que tienen toda la razón y de que los americanos son estúpidos, que no tienen nada en la cabeza y se dejan engañar.
- Pero…
- Este país es una democracia y, a veces, seguramente, no ha elegido a personas con el máximo coeficiente intelectual. Pero no me parece que le haya ha ido nada mal, ha logrado bastantes cosas. Si se mira la lista de premios Nobel de Ciencias de los últimos 50 años, no está nada mal. Si pensamos en la invención y el desarrollo de los ordenadores, todo se debe a esa gente estúpida del Medio Oeste y el Oeste, porque en el Este, cuando uno tiene un hijo muy inteligente, no está bien visto que se dedique a la ingeniería, algo considerado ligeramente mejor que un trabajo manual. En el resto del país los padres están encantados de que sus hijos se dediquen a esas cosas. Yo no tengo reparo -y esto me causa siempre un montón de problemas- en decir que EE. UU. es un país maravilloso. Pero decir eso me convierte automáticamente en un paria.
- ¿Por qué?
- Un escritor no puede decir que EE. UU. es un país maravilloso. No puede. Si alguien se atreve, que me lo presenten. Nadie que tenga una reputación literaria dice esas cosas. Si usted se encuentra con alguno en sus viajes, por favor, dígamelo. Aquí, como sabe, la bandera está por todas partes, y yo, a veces, llevo un corbatín con la bandera de Estados Unidos o una insignia, y es como enseñarle un crucifijo a un vampiro; los escritores en seguida se retuercen y gritan: “¡No, qué horror, sal de la habitación!”. Pero a mí me divierten mi corbatín y mi insignia…
- Bueno, usted está considerado como un escritor conservador...
- No hay política como tal en mi último libro. Ni en ninguno de mis libros, por lo menos en los más extensos. En “Lo que hay que tener”, que hablaba de los primeros astronautas, ¿dónde está la política? “La hoguera de las vanidades”, ¿era conservador o era progresista? Me llaman conservador, pero nadie sabe decirme qué es lo que pienso, qué es lo que quiero. Me lo dicen porque me burlo de la gente que valora la indignación moral por sí misma. Es lo que uno tiene que hacer cuando es progresista: tiene que estar siempre indignado por alguna cosa. Una vez, en los años sesenta, asistí a una conferencia en una universidad. Había varios intelectuales que estaban en contra de la guerra de Vietnam. Yo estaba escribiendo sobre los cambios en el comportamiento de los jóvenes. Allí estaban Günter Grass y Allan Ginsberg. Ginsberg no paraba de explicar que este país se estaba volviendo fascista, que todo presagiaba una época como la de Hitler. Y yo de pronto no pude más y estallé: “¿Pero de qué habla? Estamos en plena explosión de felicidad en este país”. Y era verdad: la gente ganaba mucho dinero, era la época del twist, la Bolsa no paraba de subir... evidentemente Vietnam era horrible, pero aparte de eso el resto del país vivía bien. Y entonces, Günter Grass, que no era precisamente un conservador, dijo: “Si fuera verdaderamente un Estado fascista, esta escena sería muy distinta. Usted lleva media hora hablando en contra de su gobierno. Los nazis no le habrían dado esa media hora. Habrían entrado al cabo de cuatro minutos y la reunión se habría terminado”. Todo el mundo se quedó impresionado, porque, al fin y al cabo, él sabía de lo que estaba hablando.
- ¿Qué América quiere contar usted en sus libros?
- Mi única misión es descubrir. Este es un país muy raro, y no quiero que nadie crea que yo entiendo todo lo que pasa aquí. Por eso me gusta salir por ahí, hablar con gente que no es como yo y tratar de entender lo que hace. Hay mucha libertad en este país; puedes poner en pie lo que quieras, cualquier cosa. Unos gánsteres crearon Las Vegas; lo interesante no es que fueran gánsteres sino que no tenían formación, hay pocos gánsteres que terminen la secundaria. Pero tenían libertad y dinero para crear Las Vegas, y eso es lo que me resulta interesante, no si debería existir Las Vegas o no.
- En alguna ocasión ha lamentado que no se entendiera bien qué era el nuevo periodismo.
- Mucha gente cree que el nuevo periodismo era dar tus propias opiniones, mezclarlas con la historia que estabas contando, convertir esa historia en algo personal, escribir impresiones. Para mí jamás fue eso. De hecho, nunca utilicé la primera persona del singular, a menos que tuviera un papel en la historia. ¿Por qué voy a tener que utilizar el ‘yo’ si lo único que soy es un observador? ¿A quién le interesan las impresiones de un periodista?
- ¿Qué problemas tiene el periodismo en EE. UU.? Hubo crisis graves, desde la CBS hasta ‘The New York Times’…
- El problema que tiene es muy sencillo: la gente se informa sobre todo a través de la televisión, porque es rápido, es fácil, no hay que leer nada y las imágenes son excelentes. ¿De dónde saca la televisión la información? Las televisiones no tienen reporteros, tienen unos bustos parlantes en Washington y poco más. La televisión saca su información de los periódicos. Y cuando la televisión trata de conseguir una exclusiva como la de la CBS y Dan Rather sobre Bush siempre lo hace mal, porque no están acostumbrados al reportaje. Rather no tuvo culpa de lo que pasó, porque él es un busto parlante. Los periódicos, por desgracia, se han convertido en monopolios locales. Salvo casos excepcionales, hay un solo diario por ciudad. En esta situación, ¿para qué necesitas cinco o seis reporteros para cubrir un área, con lo caro que es? Por tanto, hay una persona que cubre educación, una que cubre sucesos... cuando yo trabajaba aquí había reporteros de sucesos en cada barrio, ahora hay uno solo para el departamento central de la Policía. Eso significa que dependes de la Policía para tu información. Nunca se habían cubierto tan pocas noticias en EE. UU. Parece que son muchas, pero la información en tevé es una risa.
- ¿Qué medios le interesan?
- Creo que hay unas cuantas publicaciones semanales buenas, y habría que crear más, porque atienden mejor la información que los grandes diarios no cubren. Y los blogs son, probablemente, algo bueno: toda esa gente que hace circular información. Seguramente es lo mejor que le ha ocurrido al periodismo. La mayoría de los blogs es una basura, pero si se busca siempre se puede encontrar algo interesante.
- ¿Qué está preparando? ¿Se sigue viendo como Hernán Cortés, a la búsqueda de un territorio nuevo?
- Me gusta Cortés, aunque no tengo una expedición en marcha. Estoy muy interesado en los nuevos inmigrantes que llegan a EE. UU. Esos sitios del Bronx en los que te encuentras a camboyanos, vietnamitas, gente de otros países asiáticos en un barrio que cambia a toda velocidad. Me resulta fascinante, como lo que ocurrió con los cubanos en Miami: en media generación se han hecho cargo de la ciudad... no sé si hay otro país en el mundo donde puedan pasar estas cosas. Esta es una democracia de verdad. Estados Unidos es un país maravilloso, pero no me meta en más líos [risas], no escriba esto...

JOSE MANUEL CALVO
El País de Madrid

EL ELEGIDO

Acaba de cumplir 75 años y se siente a gusto con la imagen que se ha fabricado. Cada novela que escribe es un éxito antes de salir a la venta.
El autor de ‘La hoguera de las vanidades’, que definió a una generación amante del triunfo y el dinero, ataca a los universitarios de EE. UU. en su nuevo libro, ‘Soy Charlotte Simmons’.
En Nueva York la nieve cubre Central Park y desde las ventanas del departamento de Tom Wolfe, en el piso 14, se ve la superficie blanca surcada por las telas naranjas de Las puertas de Christo. El escritor viste de blanco inmaculado, como hace desde 1962. Camisa azul; corbata blanca con lunares azul oscuro, a juego con los calcetines, y zapatos blancos y negros. Reloj con correa blanca. Tom Wolfe, elegantemente vestido de Tom Wolfe. Se le notan sus 75 años, excepto en los ojos, azules y ágiles. El hombre que revolucionó el periodismo en los sesenta y se convirtió en una de las grandes voces de la narrativa norteamericana nunca ha dejado de ser un provocador.
Observa lo que le rodea hasta el último detalle, escucha a la gente y quiere que sus novelas sean el espejo de América, “un país muy raro pero maravilloso”. Defensor de la cultura pop en los ’60, lo refleja en ‘Gaseosa de ácido eléctrico’ (1968), relato de un viaje por EE. UU. en compañía del escritor Ken Kesey. Se ha caracterizado por un virulento ataque a los liberales (‘La izquierda exquisita’, 1970) o contra el narcisismo de los ’80 (‘La década púrpura’, 1982). Con posterioridad publicó ‘The New America’ (1989), ‘Fort Bragg’ (1996) y ‘Todo un hombre’ (1998).
- Si admite que sufre escribiendo ¿por qué lo hace? -le preguntaron alguna vez.
-Para poder vestirme de blanco todas las mañanas.

 
 
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