Desde
el piso de Tom Wolfe se ve la línea de rascacielos
de Manhattan. “Mire, el Empire State Building. Y allá
estaban las Torres Gemelas. El 11 de setiembre de 2001 yo
veía desde aquí el humo. Al rato bajé
a la calle. Una multitud de personas venía de allí,
en un silencio casi absoluto. Nunca lo olvidaré”.
En la sala llena de luz hay un piano de cola azul oscuro,
fotos de su mujer y sus dos hijos y una mesa -desde la que
saluda un estilizado y sonriente Mao Zedong de bronce- rodeada
por un sofá y varios sillones. Al lado, en el estudio,
libros por todas partes: literatura, ensayo, arte, ciencia.
El escritorio, con dos lámparas rematadas por sombreros
panamá, también tiene librerías empotradas.
“Cuando me preguntan por mis hobbies, me encantaría
decir: volar en ala delta, escalar montañas, cualquier
cosa interesante… pero la verdad es que no hago nada
de eso. Lo que más me gusta es sentarme en mi escritorio
y leer. Soy un loco de las ciencias neurológicas, me
encanta la divulgación científica. Hago otras
cosas: no sé si conoce un programa de televisión
que se llama Pimp my ride… se trata de agarrar un coche
normal y hacer de él algo especial. Es un mundo interesante.
Bueno, yo he decidido cambiar mi automóvil, un Cadillac
2003 DeVille: pedí que lo pintaran de blanco y ahora
quiero que el interior sea blanco, igual que las ruedas…
no sé, cumplo 75 años y, la verdad, si no hago
esto ahora, ¿cuándo lo voy a hacer?”
- Usted iba a escribir su última novela ‘Soy
Charlotte Simmons’ en el ordenador que utiliza para
trabajar, y acabó escribiéndola a mano.
- Sí, pensé en el ordenador, pero era un modelo
nuevo y me volvía loco. Como dice el refrán,
no le puedes enseñar trucos nuevos a un perro viejo.
Volví a mi vieja máquina de escribir, pero me
hice daño en un dedo y no podía darles a las
teclas, así que continué a mano y escribí
la mayor parte del libro con pluma.
- ¿Qué es ‘Soy Charlotte Simmons’?
- Es, en parte, un panorama de la vida universitaria estadounidense.
A lo mejor es mucho presumir, pero yo veo en este libro una
línea horizontal y otra vertical. La horizontal es
la vida universitaria, con todo ese mundo de los estudiantes,
y la vertical es la psicología de esta joven, Charlotte,
y la de las personas con las que se relaciona y cómo
su comportamiento está determinado en buena medida
por ellas. Esta chica de 18 años siempre está
pensando: “¿Es bueno que me vean haciendo esto?
¿Qué pensará x, qué pensará
y?” Quiere enamorarse de Adam, pero Adam está
considerado como un “traga”, y ella no quiere
que la vean con un “traga”, así que gravita
justo hacia la persona que menos le conviene. En todos los
momentos, incluso en los más íntimos, siempre
está pensando en términos de su situación
social.
- El aislamiento de la realidad que se vive en el campus universitario
que describe en su libro, ¿es el mismo que reprocha
a los intelectuales, lo que usted denomina “élite
de izquierdas”, a los que tanto critica?
- Bueno, es que son ridículos. Son tan reaccionarios,
tan reaccionarios, Dios mío... su pensamiento no ha
progresado desde 1945. La figura del intelectual tiene prácticamente
un siglo de vida. El término fue creado por el francés
Clemenceau para designar a los escritores, los artistas, los
que creaban. Ahora la palabra intelectual se ha desvinculado
de lo que supone un logro intelectual; un intelectual es un
consumidor de ideas, ya no hace falta ser un creador. En realidad,
ser creativo es un estorbo. El ejemplo perfecto es Noam Chomsky.
¿Es un hombre conocido en España?
- Sí, es conocido.
- Bueno, es el ejemplo perfecto. Antes de la guerra de Vietnam,
Chomsky era el gran lingüista de EE. UU. Se inventó
la teoría revolucionaria de cómo se crea el
lenguaje y qué es lo que se puede hacer con él.
Pero no estaba considerado como un intelectual, porque un
intelectual es alguien que sabe sobre un asunto, pero que,
públicamente, sólo habla de otras cosas. Y cuando
Chomsky empezó a denunciar públicamente la guerra,
¡de repente se convirtió en un intelectual! Aquí
un intelectual tiene que indignarse sobre algo. Como dijo
McLuhan, la indignación moral es la estrategia adecuada
para revestir de dignidad al idiota. Y eso es lo que hace
la mayoría de los que se dicen de izquierda: en lugar
de pensar -lo cual es duro, lleva tiempo, hay que leer- se
indignan por algo, y eso los reviste de dignidad. Siempre
eligieron las opciones equivocadas. Mao fue considerado hasta
el final como una gran figura por la gente de izquierda. También
había muchos que pensaron lo mismo de Pol Pot, que
exterminó a media Camboya.
- A usted le encanta fastidiarlos. Les dijo, después
de las elecciones, que iba a ir a despedirlos al aeropuerto.
- Precisamente vengo del aeropuerto Kennedy de despedir a
mis amigos que decían que no podrían aguantar
cuatro años más de Bush... yo no me he ido porque
alguien tiene que quedarse aquí [risas].
- ¿Usted votó a Bush?
- Voté a Bush. No creo que el 11-S fuera un ataque
cualquiera; alguien tenía que actuar y Bush lo hizo.
Por eso había que ir a la guerra en Afganistán.
Y luego había que hacer algo más. Lo de Irak
quizá fue una guerra equivocada, pero... no digo, ni
mucho menos, que éste sea el mejor gobierno que haya
habido jamás, pero algo más había que
hacer. Bush hizo lo que tenía que hacer.
- ¿Bush ganó por la guerra o fue por los valores
y la religión?
- Si mira el mapa electoral verá que los resultados
no son muy diferentes a los del 2000. La guerra tuvo poco
que ver. Y la religión... no es que haya o no una derecha
religiosa, es que hay mucha gente que es religiosa. Este país
ha sido siempre tremendamente religioso. Ya De Tocqueville,
en 1830 escribió que EE. UU. era la nación más
religiosa del mundo después de los países islámicos.
Yo crecí entre esa gente a la que llaman la derecha
religiosa. Eran personas de lo más normal. En cambio,
aquí en el Este vivo entre escritores y periodistas,
que son un grupo de gente mucho más laico, muy racional,
o por lo menos eso creen ellos y consideran que las creencias
religiosas son una señal de vaciedad.
- En Europa está muy extendida esa visión de
la sociedad y la cultura norteamericanas, o la imagen de que
Bush es un cowboy.
- Seguramente, los comentaristas europeos deben prestar atención
a lo que dicen los de Nueva York. No hay nadie más
que los escuche. Tal vez en Washington, pero nada más.
Yo he tenido la ocasión de estar con Bush algunos minutos,
hablar con él de literatura, y me pareció tan
inteligente como el director de “The New York Review
of Books”, la principal publicación literaria.
Bush no es ningún idiota. Recuerde a Eisenhower, presidente
durante dos mandatos. Decían que era idiota; en las
ruedas de prensa su sintaxis era horrible, empezaba frases
y no las terminaba. Era verdaderamente tonto, lo único
que había hecho era ganar la II Guerra Mundial. Pues
si eso es lo que hace falta para ganar guerras como aquélla,
a lo mejor nos hacen falta unos cuantos idiotas más.
O Reagan: de él decían lo mismo que se dice
de Bush. Lo único que hizo aquel idiota fue ganar la
Guerra Fría y forzar la caída de la Unión
Soviética. Si eso es estupidez, que me den unos cuantos
estúpidos. Yo hablo con gente no sólo en Europa
sino también aquí, en Nueva York, intelectuales
convencidos de que tienen toda la razón y de que los
americanos son estúpidos, que no tienen nada en la
cabeza y se dejan engañar.
- Pero…
- Este país es una democracia y, a veces, seguramente,
no ha elegido a personas con el máximo coeficiente
intelectual. Pero no me parece que le haya ha ido nada mal,
ha logrado bastantes cosas. Si se mira la lista de premios
Nobel de Ciencias de los últimos 50 años, no
está nada mal. Si pensamos en la invención y
el desarrollo de los ordenadores, todo se debe a esa gente
estúpida del Medio Oeste y el Oeste, porque en el Este,
cuando uno tiene un hijo muy inteligente, no está bien
visto que se dedique a la ingeniería, algo considerado
ligeramente mejor que un trabajo manual. En el resto del país
los padres están encantados de que sus hijos se dediquen
a esas cosas. Yo no tengo reparo -y esto me causa siempre
un montón de problemas- en decir que EE. UU. es un
país maravilloso. Pero decir eso me convierte automáticamente
en un paria.
- ¿Por qué?
- Un escritor no puede decir que EE. UU. es un país
maravilloso. No puede. Si alguien se atreve, que me lo presenten.
Nadie que tenga una reputación literaria dice esas
cosas. Si usted se encuentra con alguno en sus viajes, por
favor, dígamelo. Aquí, como sabe, la bandera
está por todas partes, y yo, a veces, llevo un corbatín
con la bandera de Estados Unidos o una insignia, y es como
enseñarle un crucifijo a un vampiro; los escritores
en seguida se retuercen y gritan: “¡No, qué
horror, sal de la habitación!”. Pero a mí
me divierten mi corbatín y mi insignia…
- Bueno, usted está considerado como un escritor conservador...
- No hay política como tal en mi último libro.
Ni en ninguno de mis libros, por lo menos en los más
extensos. En “Lo que hay que tener”, que hablaba
de los primeros astronautas, ¿dónde está
la política? “La hoguera de las vanidades”,
¿era conservador o era progresista? Me llaman conservador,
pero nadie sabe decirme qué es lo que pienso, qué
es lo que quiero. Me lo dicen porque me burlo de la gente
que valora la indignación moral por sí misma.
Es lo que uno tiene que hacer cuando es progresista: tiene
que estar siempre indignado por alguna cosa. Una vez, en los
años sesenta, asistí a una conferencia en una
universidad. Había varios intelectuales que estaban
en contra de la guerra de Vietnam. Yo estaba escribiendo sobre
los cambios en el comportamiento de los jóvenes. Allí
estaban Günter Grass y Allan Ginsberg. Ginsberg no paraba
de explicar que este país se estaba volviendo fascista,
que todo presagiaba una época como la de Hitler. Y
yo de pronto no pude más y estallé: “¿Pero
de qué habla? Estamos en plena explosión de
felicidad en este país”. Y era verdad: la gente
ganaba mucho dinero, era la época del twist, la Bolsa
no paraba de subir... evidentemente Vietnam era horrible,
pero aparte de eso el resto del país vivía bien.
Y entonces, Günter Grass, que no era precisamente un
conservador, dijo: “Si fuera verdaderamente un Estado
fascista, esta escena sería muy distinta. Usted lleva
media hora hablando en contra de su gobierno. Los nazis no
le habrían dado esa media hora. Habrían entrado
al cabo de cuatro minutos y la reunión se habría
terminado”. Todo el mundo se quedó impresionado,
porque, al fin y al cabo, él sabía de lo que
estaba hablando.
- ¿Qué América quiere contar usted en
sus libros?
- Mi única misión es descubrir. Este es un país
muy raro, y no quiero que nadie crea que yo entiendo todo
lo que pasa aquí. Por eso me gusta salir por ahí,
hablar con gente que no es como yo y tratar de entender lo
que hace. Hay mucha libertad en este país; puedes poner
en pie lo que quieras, cualquier cosa. Unos gánsteres
crearon Las Vegas; lo interesante no es que fueran gánsteres
sino que no tenían formación, hay pocos gánsteres
que terminen la secundaria. Pero tenían libertad y
dinero para crear Las Vegas, y eso es lo que me resulta interesante,
no si debería existir Las Vegas o no.
- En alguna ocasión ha lamentado que no se entendiera
bien qué era el nuevo periodismo.
- Mucha gente cree que el nuevo periodismo era dar tus propias
opiniones, mezclarlas con la historia que estabas contando,
convertir esa historia en algo personal, escribir impresiones.
Para mí jamás fue eso. De hecho, nunca utilicé
la primera persona del singular, a menos que tuviera un papel
en la historia. ¿Por qué voy a tener que utilizar
el ‘yo’ si lo único que soy es un observador?
¿A quién le interesan las impresiones de un
periodista?
- ¿Qué problemas tiene el periodismo en EE.
UU.? Hubo crisis graves, desde la CBS hasta ‘The New
York Times’…
- El problema que tiene es muy sencillo: la gente se informa
sobre todo a través de la televisión, porque
es rápido, es fácil, no hay que leer nada y
las imágenes son excelentes. ¿De dónde
saca la televisión la información? Las televisiones
no tienen reporteros, tienen unos bustos parlantes en Washington
y poco más. La televisión saca su información
de los periódicos. Y cuando la televisión trata
de conseguir una exclusiva como la de la CBS y Dan Rather
sobre Bush siempre lo hace mal, porque no están acostumbrados
al reportaje. Rather no tuvo culpa de lo que pasó,
porque él es un busto parlante. Los periódicos,
por desgracia, se han convertido en monopolios locales. Salvo
casos excepcionales, hay un solo diario por ciudad. En esta
situación, ¿para qué necesitas cinco
o seis reporteros para cubrir un área, con lo caro
que es? Por tanto, hay una persona que cubre educación,
una que cubre sucesos... cuando yo trabajaba aquí había
reporteros de sucesos en cada barrio, ahora hay uno solo para
el departamento central de la Policía. Eso significa
que dependes de la Policía para tu información.
Nunca se habían cubierto tan pocas noticias en EE.
UU. Parece que son muchas, pero la información en tevé
es una risa.
- ¿Qué medios le interesan?
- Creo que hay unas cuantas publicaciones semanales buenas,
y habría que crear más, porque atienden mejor
la información que los grandes diarios no cubren. Y
los blogs son, probablemente, algo bueno: toda esa gente que
hace circular información. Seguramente es lo mejor
que le ha ocurrido al periodismo. La mayoría de los
blogs es una basura, pero si se busca siempre se puede encontrar
algo interesante.
- ¿Qué está preparando? ¿Se sigue
viendo como Hernán Cortés, a la búsqueda
de un territorio nuevo?
- Me gusta Cortés, aunque no tengo una expedición
en marcha. Estoy muy interesado en los nuevos inmigrantes
que llegan a EE. UU. Esos sitios del Bronx en los que te encuentras
a camboyanos, vietnamitas, gente de otros países asiáticos
en un barrio que cambia a toda velocidad. Me resulta fascinante,
como lo que ocurrió con los cubanos en Miami: en media
generación se han hecho cargo de la ciudad... no sé
si hay otro país en el mundo donde puedan pasar estas
cosas. Esta es una democracia de verdad. Estados Unidos es
un país maravilloso, pero no me meta en más
líos [risas], no escriba esto...
JOSE MANUEL CALVO
El País de Madrid
EL ELEGIDO
Acaba de cumplir 75 años y se siente a gusto con la
imagen que se ha fabricado. Cada novela que escribe es un
éxito antes de salir a la venta.
El autor de ‘La hoguera de las vanidades’, que
definió a una generación amante del triunfo
y el dinero, ataca a los universitarios de EE. UU. en su nuevo
libro, ‘Soy Charlotte Simmons’.
En Nueva York la nieve cubre Central Park y desde las ventanas
del departamento de Tom Wolfe, en el piso 14, se ve la superficie
blanca surcada por las telas naranjas de Las puertas de Christo.
El escritor viste de blanco inmaculado, como hace desde 1962.
Camisa azul; corbata blanca con lunares azul oscuro, a juego
con los calcetines, y zapatos blancos y negros. Reloj con
correa blanca. Tom Wolfe, elegantemente vestido de Tom Wolfe.
Se le notan sus 75 años, excepto en los ojos, azules
y ágiles. El hombre que revolucionó el periodismo
en los sesenta y se convirtió en una de las grandes
voces de la narrativa norteamericana nunca ha dejado de ser
un provocador.
Observa lo que le rodea hasta el último detalle, escucha
a la gente y quiere que sus novelas sean el espejo de América,
“un país muy raro pero maravilloso”. Defensor
de la cultura pop en los ’60, lo refleja en ‘Gaseosa
de ácido eléctrico’ (1968), relato de
un viaje por EE. UU. en compañía del escritor
Ken Kesey. Se ha caracterizado por un virulento ataque a los
liberales (‘La izquierda exquisita’, 1970) o contra
el narcisismo de los ’80 (‘La década púrpura’,
1982). Con posterioridad publicó ‘The New America’
(1989), ‘Fort Bragg’ (1996) y ‘Todo un hombre’
(1998).
- Si admite que sufre escribiendo ¿por qué lo
hace? -le preguntaron alguna vez.
-Para poder vestirme de blanco todas las mañanas.
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