Si
pudiéramos volver a México durante los años
de la guerra, querría preguntarle por su relación
con Pablo Neruda, quien fue enviado a México como cónsul
general de Chile en 1940.
- Como ya dije antes, la poesía de Neruda fue una revelación
para mí cuando empecé a leer poesía moderna
en la década de 1930. Cuando publiqué mi primer
libro le envié un ejemplar a Neruda. El nunca me contestó,
pero fue quien me invitó al congreso de España.
Cuando llegué a París en 1937 no conocía
a nadie. Pero justo cuando estaba bajando del tren, un hombre
alto corrió hacia mí gritando: “¡Octavio
Paz! ¡Octavio Paz!”. Era Neruda. Después
me dijo: “¡Oh, eres tan joven!”, y nos abrazamos.
Me buscó un hotel y nos hicimos grandes amigos. El
fue uno de los primeros en prestar atención a mi poesía
y leerla comprensivamente.
- ¿Y qué fue lo que anduvo mal?
- Cuando él vino a México yo lo veía
con mucha frecuencia, pero había dificultades. Primero,
un problema personal. Neruda era muy generoso, pero también
muy dominante. Tal vez yo era demasiado rebelde y celoso de
mi propia independencia. A él le encantaba estar rodeado
de una suerte de corte compuesta de personas que lo amaban...
a veces se trataba de personas inteligentes, pero con frecuencia
eran mediocres. El segundo problema era la política.
El se volvió cada vez más stalinista, en tanto
yo me desilusionaba cada vez más de Stalin. Finalmente
nos peleamos -casi físicamente- y dejamos de hablarnos.
El escribió algunas cosas nada bonitas de mí,
incluyendo un poema malintencionado. Yo escribí algunas
cosas espantosas sobre él. Y eso fue todo.
- ¿Se reconciliaron alguna vez?
- No nos hablamos durante veinte años. A veces estábamos
en el mismo lugar al mismo tiempo y yo sabía que él
les diría a nuestros amigos comunes que dejaran de
verme porque yo era un “traidor”. Pero después
se hizo público el informe Kruschev sobre los terrores
del stalinismo y eso destruyó sus convicciones. Ambos
habíamos coincidido en Londres, en el mismo festival
de poesía. Yo acababa de volver a casarme y Pablo también.
Yo estaba con Marie José, mi esposa, cuando conocimos
a Matilde Urrutia, la esposa de Pablo. Ella me dijo: “Si
no estoy equivocada, usted es Octavio Paz”. Y yo respondí:
“Sí, y usted es Matilde”. Después
ella me dijo: “¿Quiere ver a Pablo? Creo que
a él le encantaría volverlo a ver”. Fuimos
a la habitación de Pablo, donde lo estaba entrevistando
un periodista. En cuanto el periodista se fue, Pablo me dijo:
“Hijo mío”, y me abrazó. Es una
expresión muy chilena, “mÿto”, y la
dijo con emoción. Yo estaba muy conmovido, casi al
borde de las lágrimas. Hablamos poco, porque él
ya volvía a Chile. Me envió un libro, yo le
envié otro. Y después, pocos años más
tarde, murió. Me entristeció, pero ésa
fue una de las mejores cosas que me ocurrieron... la posibilidad
de reanudar la amistad con un hombre al que admiraba y quería
tanto.
- Evidentemente, el principio de la década de 1940
fue una época difícil para usted, y sin embargo
parece haberlo obligado a definir su posición intelectual.
- Es cierto. Tuve terribles problemas políticos, rompí
relaciones con amigos... Neruda entre ellos. Hice algunos
nuevos amigos, como Víctor Serge, un escritor francorruso,
un viejo revolucionario. Pero llegué a la conclusión
de que debía abandonar mi país, exiliarme. Tuve
suerte, porque recibí una beca Guggenheim para ir a
Estados Unidos. En esta segunda visita, fui primero a Berkeley
y después a Nueva York. No conocía a nadie,
no tenía dinero y estaba ciertamente necesitado. Pero
era verdaderamente dichoso. Fue uno de los mejores períodos
de mi vida.
- ¿Por qué?
- Bien, descubrí al pueblo norteamericano y quedé
conmovido. Era como respirar profunda y libremente ante un
enorme espacio... una sensación de ligereza, distensión,
confianza. Me siento así cada vez que vengo a su país,
pero no con la misma intensidad. Fue vivificante para mí
estar en Estados Unidos en esa época, y al mismo tiempo
me permitió retirarme de la política y zambullirme
en la poesía. Descubrí la poesía norteamericana
en la Anthology of Modern American Poetry, de Conrad Aiken.
Ya había leído a Eliot, pero no conocía
nada de William Carlos Williams ni de Pound ni de Marianne
Moore y conocía muy poco de la poesía de Hart
Crane, que había vivido sus últimos años
en México, pero era más una leyenda que una
producción poética. Cuando estuve en Berkeley
conocí a Muriel Rukeyser, quien generosamente tradujo
algunos de mis poemas. Ese fue un gran momento para mí.
Pocos años después envió sus traducciones
a Horizon, que editaban en Londres Spender y Ciryl Connolly,
y ellos las publicaron. Para mí fue una especie de...
- ¿De pequeña apoteosis?
- Una pequeñísima apoteosis. Después
de Nueva York, donde me convertí en un gran lector
de Partisan Review, fui a París y retomé relación
con algunos amigos que había conocido en México;
por ejemplo, Benjamín Péret. A través
de él conocí finalmente a Breton. Nos hicimos
amigos. El surrealismo estaba declinando, pero para la vida
literaria francesa el surrealismo fue algo saludable, algo
vital y rebelde.
- ¿A qué se refiere?
- Los surrealistas encarnaban algo que los franceses habían
olvidado: la otra cara de la razón, el amor, la libertad,
la poesía. Los franceses tienen una tendencia a ser
demasiado racionalistas, a reducir todo a ideas y después
pelearse por ellas. Cuando llegué a París, Jean
Paul Sartre era la figura dominante.
- Pero para usted el existencialismo era algo viejo.
- Así es. En Madrid, el filósofo español
Ortega y Gasset -y más tarde sus discípulos
de Ciudad de México y de Buenos Aires- había
publicado todos los textos principales de la fenomenología
y del existencialismo, desde Husserl hasta Heidegger, de modo
que Sartre representaba más bien una variación
inteligente y no una innovación. Además, yo
estaba en contra de la política de Sartre. La única
persona relacionada con el existencialismo francés
de la que me hice amigo, y que fue muy generosa conmigo, fue
Albert Camus. Pero debo decir que estuve más cerca
de los poetas surrealistas.
- Para fines de la década de 1940 usted había
publicado dos libros importantes, los poemas reunidos en “Libertad
bajo palabra” y en “El laberinto de la soledad”.
Siempre he sentido curiosidad por el título “Libertad
bajo palabra”. ¿Tiene algo que ver con “Parole
in libertà”, del futurista Marinetti?
- Me temo que no. Marinetti quería liberar las palabras
de las cadenas de la sintaxis y la gramática, una suerte
de nihilismo estético. “Libertad de palabra”
tiene más que ver con la moral que con la estética.
Yo simplemente quería decir que la libertad humana
es condicional. En inglés, cuando a uno lo dejan salir
de la cárcel, se dice que está “on parole”,
y “parole” significa habla, palabra, palabra de
honor. Pero la condición en la que uno está
libre es la del lenguaje, la de la conciencia humana.
- ¿Entonces para usted la libertad de palabra es más
importante que el derecho a dar su opinión?
- Absolutamente. Desde que era adolescente he estado intrigado
por el misterio de la libertad. La libertad depende de la
misma cosa que la limita o la niega, el destino, Dios, el
determinismo social o biológico, lo que fuere. Para
cumplir con su misión, el destino cuenta con la complicidad
de nuestra libertad, y para ser libres debemos superar el
destino. La dialéctica de la libertad y el destino
es el tema de la tragedia griega y de Shakespeare, aunque
en Shakespeare el destino aparece como pasión (amor,
celos, ambición, envidia) y como suerte. En el teatro
español -especialmente en Calderón y en Tirso
de Molina- el misterio de la libertad se expresa en el lenguaje
de la teología cristiana: divina providencia y libre
albedrío. La idea de la libertad condicional implica
la idea de responsabilidad personal. Cada uno de nosotros,
literalmente, crea o destruye su propia libertad. Una libertad
que es siempre precaria. Y eso es lo que tiene en cuenta el
significado poético o estético del título:
el poema -la libertad- está por encima del orden, el
lenguaje.
- Usted escribió “Libertad bajo palabra”
entre 1935 y 1957, un período de más de veinte
años...
- Lo escribí y reescribí muchas veces.
- ¿Es una autobiografía?
- Sí y no. Expresa mis experiencias estéticas
y personales, desde mi primera juventud hasta el principio
de mi madurez. Escribí los primeros poemas cuando tenía
veintiún años y terminé el último
a los cuarenta y tres. Pero el verdadero protagonista de esos
poemas no es Octavio Paz sino una figura a medias real a medias
mítica: el poeta. Aunque ese poeta tenía mi
edad, hablaba mi lengua y sus rasgos vitales eran idénticos
a los míos, era otra persona. Una figura, una imagen
derivada de la tradición. Cada poeta es la encarnación
momentánea de esa figura.
- ¿“El laberinto de la soledad” tiene también
una dimensión autobiográfica?
- Una vez más, sí y no. Escribí el laberinto
de la soledad en París. La idea se me ocurrió
en los Estados Unidos, cuando traté de analizar la
situación de los mexicanos que vivían en Los
Angeles, los pachucos o chicanos, como se los llama ahora.
Supongo que eran para mí una especie de espejo... esa
dimensión autobiográfica de la que usted habla.
Eso por un lado. Pero también estaba la relación
entre México y Estados Unidos. Si hay dos países
diferentes en el mundo, ésos son Estados Unidos y México.
Pero estamos condenados a vivir juntos para siempre. Así
que deberíamos tratar de comprendernos y conocernos
mutuamente. Así fue como comenzó “El laberinto
de la soledad”.
- Ese libro trata las ideas de la diferencia, el resentimiento
y la naturaleza hermética del hombre mexicano... pero
no se refiere a la vida del poeta.
- Es cierto. Traté de hablar del tema en un ensayo
breve llamado “Poesía de la soledad y poesía
de comunión”. En cierto sentido, ese artículo
es el equivalente poético de “El laberinto de
la soledad”, porque presenta mi visión del hombre,
que es muy simple. Hay dos situaciones para cualquier ser
humano. La primera es la soledad que sentimos cuando nacemos.
Nuestra primera situación es la orfandad, y sólo
más tarde descubrimos la opuesta, el apego filial.
La segunda situación es que, debido a que hemos sido
arrojados a este mundo, como dice Heidegger, sentimos que
debemos descubrir lo que los budistas llaman “la otra
parte”. Y eso es el hambre de comunidad. Creo que la
filosofía y la religión derivan de esa situación
o estado original. Cada país y cada individuo trata
de resolverlo de diferentes maneras. La poesía es un
puente entre la soledad y la comunión. La otra comunión,
hasta para un místico como San Juan de la Cruz, nunca
puede ser absoluta.
ALFRED MAC ADAM
“Paris Review”
EL ELEGIDO
Se murió agitado por una incógnita.
Incógnita que expresó en los 180 segundos que
duraron sus palabras al recibir el Premio Nobel de Literatura
el 10 de diciembre del ’90.
“Vivimos no sólo el fin de siglo sino de un período
histórico. ¿Qué nacerá del derrumbe
de las ideologías? ¿Amanece una era de concordia
universal y de libertad para todos o regresarán las
idolatrías tribales y los fanatismos religiosos, con
su caudal de discordias y tiranías? Las poderosas democracias
que han conquistado la abundancia en la libertad, ¿serán
menos egoístas y más comprensivas con las naciones
desposeídas? ¿Aprenderán éstas
a desconfiar de los doctrinarios violentos que las han llevado
al fracaso? -se interrogaba aquel día el mexicano Octavio
Paz ante un rey de Suecia que, quebrando el acartonamiento
del protocolo, lo miraba y escuchaba asintiendo con la cabeza
ante cada pregunta.
Pero Octavio Paz no llegó al siglo XXI, que joven aún
ya devela algunas de aquellas incógnitas. Un tiempo
ante el cual él no habría callado.
De vivir hubiese clavado su pica con aspereza y sin eufemismos.
Ajeno al juicio fácil, la complacencia y -desde ya-
la demagogia.
Fue ajeno a lo que Raymond Arón definió como
el “Opio de los intelectuales”, ese entregarse
a defender causas que pasan por progresistas pero que en los
más de los casos no expresan otra cosa que respaldo
a sistemas y regímenes autoritarios.
Criticado asiduamente -entre otros, por el bueno de Juan Carlos
Onetti- por gustarle los Estados Unidos, Octavio Paz soportó
mil denuestos a sus convicciones.
Respondió cada mandoble con reflexiones sustanciosas.
En carta a Onetti, precisamente, habló de la “petrificación
ideológica” como un mal muy extendido entre escritores
e intelectuales latinoamericanos.
Y denunció de insólita la fatigosa búsqueda
de chivos expiatorios para explicar los problemas del continente.
Búsqueda engañosa destinada a “cumplir
una función psicológica que no sustituye las
explicaciones”, escribió.
Búsqueda a la que definió de “frívola”.
Y que está en la raíz de las discrepancias que
mantuvo con ese otro inmenso de la poesía que fue Pablo
Neruda. |