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Domingo 17 de julio de 2005
ENTREVISTA VIEJA: OCTAVIO PAZ
“Con Neruda finalmente nos peleamos casi físicamente”
Publicamos hoy un tramo de una larga entrevista que el 12 de octubre de 1990 “Paris Review” le realizara al célebre poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, muerto en 1998. Premio Nobel de Literatura, Paz hizo poesía desde un espíritu de excelsa sensibilidad y reflexión y, hombre de definidas convicciones, fue duro opositor al autoritarismo.

Si pudiéramos volver a México durante los años de la guerra, querría preguntarle por su relación con Pablo Neruda, quien fue enviado a México como cónsul general de Chile en 1940.
- Como ya dije antes, la poesía de Neruda fue una revelación para mí cuando empecé a leer poesía moderna en la década de 1930. Cuando publiqué mi primer libro le envié un ejemplar a Neruda. El nunca me contestó, pero fue quien me invitó al congreso de España. Cuando llegué a París en 1937 no conocía a nadie. Pero justo cuando estaba bajando del tren, un hombre alto corrió hacia mí gritando: “¡Octavio Paz! ¡Octavio Paz!”. Era Neruda. Después me dijo: “¡Oh, eres tan joven!”, y nos abrazamos. Me buscó un hotel y nos hicimos grandes amigos. El fue uno de los primeros en prestar atención a mi poesía y leerla comprensivamente.
- ¿Y qué fue lo que anduvo mal?
- Cuando él vino a México yo lo veía con mucha frecuencia, pero había dificultades. Primero, un problema personal. Neruda era muy generoso, pero también muy dominante. Tal vez yo era demasiado rebelde y celoso de mi propia independencia. A él le encantaba estar rodeado de una suerte de corte compuesta de personas que lo amaban... a veces se trataba de personas inteligentes, pero con frecuencia eran mediocres. El segundo problema era la política. El se volvió cada vez más stalinista, en tanto yo me desilusionaba cada vez más de Stalin. Finalmente nos peleamos -casi físicamente- y dejamos de hablarnos. El escribió algunas cosas nada bonitas de mí, incluyendo un poema malintencionado. Yo escribí algunas cosas espantosas sobre él. Y eso fue todo.
- ¿Se reconciliaron alguna vez?
- No nos hablamos durante veinte años. A veces estábamos en el mismo lugar al mismo tiempo y yo sabía que él les diría a nuestros amigos comunes que dejaran de verme porque yo era un “traidor”. Pero después se hizo público el informe Kruschev sobre los terrores del stalinismo y eso destruyó sus convicciones. Ambos habíamos coincidido en Londres, en el mismo festival de poesía. Yo acababa de volver a casarme y Pablo también. Yo estaba con Marie José, mi esposa, cuando conocimos a Matilde Urrutia, la esposa de Pablo. Ella me dijo: “Si no estoy equivocada, usted es Octavio Paz”. Y yo respondí: “Sí, y usted es Matilde”. Después ella me dijo: “¿Quiere ver a Pablo? Creo que a él le encantaría volverlo a ver”. Fuimos a la habitación de Pablo, donde lo estaba entrevistando un periodista. En cuanto el periodista se fue, Pablo me dijo: “Hijo mío”, y me abrazó. Es una expresión muy chilena, “mÿto”, y la dijo con emoción. Yo estaba muy conmovido, casi al borde de las lágrimas. Hablamos poco, porque él ya volvía a Chile. Me envió un libro, yo le envié otro. Y después, pocos años más tarde, murió. Me entristeció, pero ésa fue una de las mejores cosas que me ocurrieron... la posibilidad de reanudar la amistad con un hombre al que admiraba y quería tanto.
- Evidentemente, el principio de la década de 1940 fue una época difícil para usted, y sin embargo parece haberlo obligado a definir su posición intelectual.
- Es cierto. Tuve terribles problemas políticos, rompí relaciones con amigos... Neruda entre ellos. Hice algunos nuevos amigos, como Víctor Serge, un escritor francorruso, un viejo revolucionario. Pero llegué a la conclusión de que debía abandonar mi país, exiliarme. Tuve suerte, porque recibí una beca Guggenheim para ir a Estados Unidos. En esta segunda visita, fui primero a Berkeley y después a Nueva York. No conocía a nadie, no tenía dinero y estaba ciertamente necesitado. Pero era verdaderamente dichoso. Fue uno de los mejores períodos de mi vida.
- ¿Por qué?
- Bien, descubrí al pueblo norteamericano y quedé conmovido. Era como respirar profunda y libremente ante un enorme espacio... una sensación de ligereza, distensión, confianza. Me siento así cada vez que vengo a su país, pero no con la misma intensidad. Fue vivificante para mí estar en Estados Unidos en esa época, y al mismo tiempo me permitió retirarme de la política y zambullirme en la poesía. Descubrí la poesía norteamericana en la Anthology of Modern American Poetry, de Conrad Aiken. Ya había leído a Eliot, pero no conocía nada de William Carlos Williams ni de Pound ni de Marianne Moore y conocía muy poco de la poesía de Hart Crane, que había vivido sus últimos años en México, pero era más una leyenda que una producción poética. Cuando estuve en Berkeley conocí a Muriel Rukeyser, quien generosamente tradujo algunos de mis poemas. Ese fue un gran momento para mí. Pocos años después envió sus traducciones a Horizon, que editaban en Londres Spender y Ciryl Connolly, y ellos las publicaron. Para mí fue una especie de...
- ¿De pequeña apoteosis?
- Una pequeñísima apoteosis. Después de Nueva York, donde me convertí en un gran lector de Partisan Review, fui a París y retomé relación con algunos amigos que había conocido en México; por ejemplo, Benjamín Péret. A través de él conocí finalmente a Breton. Nos hicimos amigos. El surrealismo estaba declinando, pero para la vida literaria francesa el surrealismo fue algo saludable, algo vital y rebelde.
- ¿A qué se refiere?
- Los surrealistas encarnaban algo que los franceses habían olvidado: la otra cara de la razón, el amor, la libertad, la poesía. Los franceses tienen una tendencia a ser demasiado racionalistas, a reducir todo a ideas y después pelearse por ellas. Cuando llegué a París, Jean Paul Sartre era la figura dominante.
- Pero para usted el existencialismo era algo viejo.
- Así es. En Madrid, el filósofo español Ortega y Gasset -y más tarde sus discípulos de Ciudad de México y de Buenos Aires- había publicado todos los textos principales de la fenomenología y del existencialismo, desde Husserl hasta Heidegger, de modo que Sartre representaba más bien una variación inteligente y no una innovación. Además, yo estaba en contra de la política de Sartre. La única persona relacionada con el existencialismo francés de la que me hice amigo, y que fue muy generosa conmigo, fue Albert Camus. Pero debo decir que estuve más cerca de los poetas surrealistas.
- Para fines de la década de 1940 usted había publicado dos libros importantes, los poemas reunidos en “Libertad bajo palabra” y en “El laberinto de la soledad”. Siempre he sentido curiosidad por el título “Libertad bajo palabra”. ¿Tiene algo que ver con “Parole in libertà”, del futurista Marinetti?
- Me temo que no. Marinetti quería liberar las palabras de las cadenas de la sintaxis y la gramática, una suerte de nihilismo estético. “Libertad de palabra” tiene más que ver con la moral que con la estética. Yo simplemente quería decir que la libertad humana es condicional. En inglés, cuando a uno lo dejan salir de la cárcel, se dice que está “on parole”, y “parole” significa habla, palabra, palabra de honor. Pero la condición en la que uno está libre es la del lenguaje, la de la conciencia humana.
- ¿Entonces para usted la libertad de palabra es más importante que el derecho a dar su opinión?
- Absolutamente. Desde que era adolescente he estado intrigado por el misterio de la libertad. La libertad depende de la misma cosa que la limita o la niega, el destino, Dios, el determinismo social o biológico, lo que fuere. Para cumplir con su misión, el destino cuenta con la complicidad de nuestra libertad, y para ser libres debemos superar el destino. La dialéctica de la libertad y el destino es el tema de la tragedia griega y de Shakespeare, aunque en Shakespeare el destino aparece como pasión (amor, celos, ambición, envidia) y como suerte. En el teatro español -especialmente en Calderón y en Tirso de Molina- el misterio de la libertad se expresa en el lenguaje de la teología cristiana: divina providencia y libre albedrío. La idea de la libertad condicional implica la idea de responsabilidad personal. Cada uno de nosotros, literalmente, crea o destruye su propia libertad. Una libertad que es siempre precaria. Y eso es lo que tiene en cuenta el significado poético o estético del título: el poema -la libertad- está por encima del orden, el lenguaje.
- Usted escribió “Libertad bajo palabra” entre 1935 y 1957, un período de más de veinte años...
- Lo escribí y reescribí muchas veces.
- ¿Es una autobiografía?
- Sí y no. Expresa mis experiencias estéticas y personales, desde mi primera juventud hasta el principio de mi madurez. Escribí los primeros poemas cuando tenía veintiún años y terminé el último a los cuarenta y tres. Pero el verdadero protagonista de esos poemas no es Octavio Paz sino una figura a medias real a medias mítica: el poeta. Aunque ese poeta tenía mi edad, hablaba mi lengua y sus rasgos vitales eran idénticos a los míos, era otra persona. Una figura, una imagen derivada de la tradición. Cada poeta es la encarnación momentánea de esa figura.
- ¿“El laberinto de la soledad” tiene también una dimensión autobiográfica?
- Una vez más, sí y no. Escribí el laberinto de la soledad en París. La idea se me ocurrió en los Estados Unidos, cuando traté de analizar la situación de los mexicanos que vivían en Los Angeles, los pachucos o chicanos, como se los llama ahora. Supongo que eran para mí una especie de espejo... esa dimensión autobiográfica de la que usted habla. Eso por un lado. Pero también estaba la relación entre México y Estados Unidos. Si hay dos países diferentes en el mundo, ésos son Estados Unidos y México. Pero estamos condenados a vivir juntos para siempre. Así que deberíamos tratar de comprendernos y conocernos mutuamente. Así fue como comenzó “El laberinto de la soledad”.
- Ese libro trata las ideas de la diferencia, el resentimiento y la naturaleza hermética del hombre mexicano... pero no se refiere a la vida del poeta.
- Es cierto. Traté de hablar del tema en un ensayo breve llamado “Poesía de la soledad y poesía de comunión”. En cierto sentido, ese artículo es el equivalente poético de “El laberinto de la soledad”, porque presenta mi visión del hombre, que es muy simple. Hay dos situaciones para cualquier ser humano. La primera es la soledad que sentimos cuando nacemos. Nuestra primera situación es la orfandad, y sólo más tarde descubrimos la opuesta, el apego filial. La segunda situación es que, debido a que hemos sido arrojados a este mundo, como dice Heidegger, sentimos que debemos descubrir lo que los budistas llaman “la otra parte”. Y eso es el hambre de comunidad. Creo que la filosofía y la religión derivan de esa situación o estado original. Cada país y cada individuo trata de resolverlo de diferentes maneras. La poesía es un puente entre la soledad y la comunión. La otra comunión, hasta para un místico como San Juan de la Cruz, nunca puede ser absoluta.

ALFRED MAC ADAM
“Paris Review”

 

EL ELEGIDO

Se murió agitado por una incógnita.
Incógnita que expresó en los 180 segundos que duraron sus palabras al recibir el Premio Nobel de Literatura el 10 de diciembre del ’90.
“Vivimos no sólo el fin de siglo sino de un período histórico. ¿Qué nacerá del derrumbe de las ideologías? ¿Amanece una era de concordia universal y de libertad para todos o regresarán las idolatrías tribales y los fanatismos religiosos, con su caudal de discordias y tiranías? Las poderosas democracias que han conquistado la abundancia en la libertad, ¿serán menos egoístas y más comprensivas con las naciones desposeídas? ¿Aprenderán éstas a desconfiar de los doctrinarios violentos que las han llevado al fracaso? -se interrogaba aquel día el mexicano Octavio Paz ante un rey de Suecia que, quebrando el acartonamiento del protocolo, lo miraba y escuchaba asintiendo con la cabeza ante cada pregunta.
Pero Octavio Paz no llegó al siglo XXI, que joven aún ya devela algunas de aquellas incógnitas. Un tiempo ante el cual él no habría callado.
De vivir hubiese clavado su pica con aspereza y sin eufemismos. Ajeno al juicio fácil, la complacencia y -desde ya- la demagogia.
Fue ajeno a lo que Raymond Arón definió como el “Opio de los intelectuales”, ese entregarse a defender causas que pasan por progresistas pero que en los más de los casos no expresan otra cosa que respaldo a sistemas y regímenes autoritarios.
Criticado asiduamente -entre otros, por el bueno de Juan Carlos Onetti- por gustarle los Estados Unidos, Octavio Paz soportó mil denuestos a sus convicciones.
Respondió cada mandoble con reflexiones sustanciosas. En carta a Onetti, precisamente, habló de la “petrificación ideológica” como un mal muy extendido entre escritores e intelectuales latinoamericanos.
Y denunció de insólita la fatigosa búsqueda de chivos expiatorios para explicar los problemas del continente. Búsqueda engañosa destinada a “cumplir una función psicológica que no sustituye las explicaciones”, escribió.
Búsqueda a la que definió de “frívola”.
Y que está en la raíz de las discrepancias que mantuvo con ese otro inmenso de la poesía que fue Pablo Neruda.

 
 
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