Contáctenos
Información
Quiénes somos
Mapa del sitio
    Ediciones Anteriores
   SUPLEMENTOS
   Rural
   Informática
   El Económico
   Energía
   Cultural
   INFO
   Mapa del sitio
   Escríbanos
   SERVICIOS
   Guía del Ocio
   Cines
   RECEPTORIAS
   CLASIFICADOS
   NECROLOGICAS
   Contactos
   Contanos tu historia
Sábado 31 de diciembre de 2005
ENTREVISTA: GIOVANNI SARTORI
“El multiculturalismo no es una medicina, es una enfermedad”
“Soy un pesimista constructivo”, dice este sabio de la política, autor de más de 30 libros, que a los 81 años conserva su ácido y provocador discurso. Al margen de la corrección política, critica por igual a Europa y a EE. UU. Polemiza sin tabúes sobre el multiculturalismo y el islamismo radical.

Libros, y libros y más libros en este departamento de Nueva York, un piso 27º desde el que se disfrutan los árboles de Central Park, aún con las hojas amarillas y anaranjadas. “Aquí es donde tengo la mayor parte de mis 20.000 ejemplares, así que es aquí donde vengo cuando quiero trabajar en serio, cuando tengo que escribir”. En el despacho, Sartori se sienta ante su mesa italiana del siglo XVII, estrecha y larguísima. A su espalda, la vieja máquina Olivetti Lettera 32. Enfrente, las traducciones a todos los idiomas de todas sus obras. A la izquierda, un viejo teléfono con fax y carpetas con artículos en una estantería. A la derecha, las ventanas sobre el parque desde las que ve los rascacielos de Manhattan.
–Cuando pasan cosas en Europa como los atentados de Londres o la quema de coches en París y otras ciudades francesas, ¿qué le preocupa más, el factor religioso, el problema de la integración de los inmigrantes…?
–En mi opinión, lo más grave es lo de Inglaterra. Se suponía que allí había una comunidad islámica integrada, con personas que vienen de la Commonwealth, que conocen las normas y que hablan el inglés como lengua común. Que haya habido unos chicos de esa comunidad, podría decirse que de la pequeña burguesía, que hayan hecho saltar por los aires unos vagones del metro de Londres… y cuando se sabe que la mitad de la comunidad islámica inglesa aprueba lo ocurrido…
–La repercusión popular y mediática, sin embargo, ha sido la inversa.
–Quizá Londres tuvo menos impacto porque al homo videns le hacen falta las imágenes, y las del metro no expresaban bien lo que había ocurrido: los muertos estaban dentro, sólo se veían algunos destrozos. En cambio, las fotos de París eran al aire libre: los coches ardiendo, las piedras... desde el punto de vista fotográfico, París ha sido más importante. Desde un punto de vista sustancial, lo ocurrido en Inglaterra es muy grave. Si había un país que debía estar preparado para absorber a la comunidad islámica –que es de mayoría paquistaní, mucho mejor que otras– era Inglaterra. Es grave porque ha revelado el fracaso de una política de integración considerada como la mejor posible, la más inteligente.
–¿Y en Francia qué ha pasado?
–En Francia, la revuelta de las ‘banlieues’ magrebíes, de estos jóvenes hijos de inmigrantes pero que son franceses, no es una revuelta islámica. Son ciudadanos poco integrados y su revuelta tiene las características de las revueltas de las periferias pobres. El desempleo es muy elevado, los jóvenes se sienten marginados y discriminados. Hay también un factor de islamismo que hace que sea, en algunos casos, un círculo vicioso: además de la segregación, también ellos tienen responsabilidad, porque rechazan en muchos aspectos la integración. Pero, mientras que en Inglaterra hay un factor que es el terrorismo protagonizado por jóvenes de familias medio burguesas, en Francia se ha dado una clásica explosión de revuelta de barrios pobres, de la comunidad en la que hay más desempleo y que sufre más discriminación, incluso racial.
–Como ha ocurrido en otros lugares…
–Por ejemplo, en Los Angeles. Son explosiones de periferias empobrecidas que construyen un gueto, como ocurre con muchos hispanos. Gente a menudo analfabeta o de escasísima cultura que llega, se encierra en pequeños o grandes espacios, no aprende la lengua y se condena a la pobreza, la degradación, la violencia, el narcotráfico... yo creo que el ‘melting pot’ americano ya no funciona.
–¿Por qué?
–Porque han inventado la doctrina del multiculturalismo, de reivindicación de las raíces, pero también de creación de guetos cerrados. Si el que quiere recuperar su identidad lo hace quedándose aislado de la comunidad en general, que es la del país que le acoge, se pone en marcha algo que funciona mal. Hay que distinguir entre multiculturalismo como situación de hecho –Suiza es multicultural, Canadá también– y la ideología del multiculturalismo, que dice que es bueno reinventar o reforzar la propia identidad y después cerrarse en comunidades que en realidad son guetos. Yo combato la ideología; estoy en contra de inventar o reinventar una identidad, reforzarla y crear subsociedades cerradas que producen fenómenos de marginación e incluso de revuelta. Creo que las soluciones deben ser de tipo pluralista y no multicultural. El multiculturalismo no es una medicina, es una enfermedad; es una manera de empeorar las cosas. Pero hay líderes que hacen su carrera política sobre esta base; que son elegidos, se hacen famosos, salen en la televisión y luego viven de las rentas de esa ideología. Primero se crea la doctrina y luego, el oficio.
–Y usted cree que esto es especialmente peligroso en Europa cuando entra en juego el factor religioso.
–Sí, porque en Europa hay cada vez más islamistas, en parte inmigrantes clandestinos, que crean un problema muy grave de convivencia. Los turcos musulmanes que fueron a trabajar a Alemania –a través de una fórmula que algunos iluminados ahora critican, pero que ha sido muy válida– no plantearon esos problemas porque proceden de un país con normas democráticas, aunque sui géneris, desde hace ochenta años. El problema grave lo plantean los africanos que forman las capas más analfabetas y más empobrecidas del islam. Se puede hacer una analogía entre esta pobre gente y la vieja Europa cristiana. La actual Europa cristiana no es religiosa, no es fanática, como era con aquellos hombres que creían en brujas, en milagros... la Europa cristiana tuvo las mismas características que tienen hoy muchas poblaciones musulmanas. Después de las guerras de religión y del paso de la historia, ya no somos así; pero ellos vienen de países con estructuras teocráticas en las que no impera la voluntad del pueblo sino la voluntad divina.
–De la explosión demográfica africana hablaba en su libro “La tierra explota”.
–El problema africano es gravísimo; se calcula que hay de 200 a 300 millones de personas que estarían dispuestas a ir a Europa a cualquier precio, aunque sea saltando verjas, como ha ocurrido en Melilla, o en pateras. Si no van tantos millones es porque no tienen el dinero para pagarse el viaje. Es decir que lo único que nos mantiene protegidos es la extrema pobreza de esta gente a la que explotan los mercaderes de esclavos, esos piratas que les cobran 2.000 ó 3.000 dólares por traerlos; si no los tienen, no pueden llegar. Europa no puede ni debe acoger a millones de personas en estas condiciones.
–Pero seguramente Europa necesita personas dispuestas a trabajar, con los índices de natalidad que tiene, con el futuro de las pensiones…
–Ese no es un argumento sólido. La población mundial crece en unos 70 millones de personas al año. Europa, de manera muy inteligente, trata de frenar esta explosión. El discurso sobre las pensiones puede orientarse de otra manera, se puede retrasar la edad de la jubilación. Y hay mecanismos que no funcionan: hay gente que prefiere el seguro de desempleo a trabajar. Es un sistema equivocado de incentivos, y el desempleo en Europa es del 8 o el 10%, así que, ¿por qué no hacer que trabajen los europeos? El problema, en mi opinión, es que somos como un toro que embiste: tenemos que desarrollarnos más, que crecer más, todo más, y lo único que nos preocupa es quién paga las pensiones. ¿Tenemos que llegar a ser 9.000 millones para pagar las pensiones? Es absurdo. Es mejor afrontar el problema de las pensiones ahora, no dejarlo para después. En todo caso, los costos siempre serán menores que los de seguir recibiendo inmigrantes no asimilados y no asimilables, que crean fortísimas tensiones internas y destruyen la comunidad política.
–¿Pero cómo se hace eso?
–Bueno, si no hay sitio para más y no hay trabajo, tenemos que controlar todo lo posible la inmigración ilegal, como hacen todos los países que tienen este problema. Repito: no hay sitio y no hay trabajo. ¿Adónde van? No se sabe. ¿Quién los mantiene? No se sabe. Todos los que lleguen fuera de los cauces legales van a ir a las calles; no tienen ninguna cualificación, así que se dedican al tráfico de drogas, a la prostitución... eso deteriora la situación en las ciudades europeas y crea problemas gravísimos.
–¿Qué le pasa a la Europa política que usted critica?
–Europa está enferma de ideologías suicidas. Hay un izquierdismo pacifista de origen, en parte, religioso. La crisis de la ideología de la izquierda ha creado un tercermundismo, una lógica que dice que para ser de izquierda hay que ser tercermundista. Yo soy bastante de izquierda, pero no veo la relación. La izquierda sufre una gravísima crisis de identidad. Yo creo que debería adoptar la causa de la ecología, abandonada por la derecha, cuyos intereses económicos son tales que ni siquiera quiere oír hablar de estas cosas. Si la izquierda abrazara esta causa salvaría el planeta, tendría un argumento sólido para luchar y se beneficiaría también a sí misma.
–¿Y cómo es ese tercermundismo que tan poco le gusta?
–Es un movimiento ciego y suicida, con varias manifestaciones. No hay nadie en Europa a quien le guste la guerra o que quiera la guerra; hemos tenido demasiadas guerras, nadie las quiere. Pero esta gente se instala en un pacifismo a ultranza que crea adversarios fantoches, molinos de viento. Es un pacifismo absoluto, sin condiciones, que invita a la guerra, a la agresión.
–Usted ha calificado también de suicida el relativismo moral que cree que no hay que aplicar o exigir códigos fijos de conducta.
–Yo creo que la tolerancia es el valor básico del pluralismo. Pero el relativismo es un comportamiento suicida: si todo equivale, nada vale. Los valores desaparecen. Pero yo soy un antiguo, hay valores que me gustan (risas). El relativismo es una doctrina que se pretende moderna y que dice que todos los valores son iguales; es suicida, porque entonces no se puede criticar nada, todo es bueno: Al Qaeda tiene sus valores y hay que respetarlos. Yo creo que cada uno debe tener sus propios valores y defenderlos si cree en ellos. La tolerancia dice que respetemos los valores de los otros. Pero eso no quiere decir que los aceptemos; los aceptaremos si llegamos a la conclusión de que son superiores. Esta historia de que no hay que ofender a nadie, de que no hay que hablar de choque de culturas... no sé muy bien qué hay de terrible en decirlo. ¿Es que hay que esconder la realidad? Si hay dos religiones monoteístas, una de las cuales se ha acalorado, se ha reanimado con la ayuda de la televisión, y hay una civilización teocrática, ideológicamente movilizada e invasiva –las religiones monoteístas dicen que su Dios es el único verdadero y lo que hacen es la guerra santa, como hizo el cristianismo–, entonces se crea un problema de autodefensa para los otros, que deben afrontar el choque o rendirse. A mí estas diplomacias políticamente correctas de lo que debe decirse o no... hay quien dice “No, que se molestan, que se ofenden”… Mire, si hay una guerra, hay una guerra.
–A esta ‘ciudad política’ le convendría, por su propio interés, tener menos enemigos.
–El enemigo se crea él solo, no lo crea Occidente. ¿Qué se puede hacer? Una sociedad liberal-democrática ya hace bastante: acepta a los inmigrantes y los integra en su ordenamiento social. Pero, como decía Ronald Reagan, hacen falta dos para bailar el tango. Le doy un ejemplo: ni siquiera somos capaces de definir el terrorismo, lo cual no es un asunto menor. ¿Por qué? Porque los países islámicos no quieren consentir que los palestinos que matan a italianos sean definidos como terroristas. Los derechos humanos: me puedo equivocar, pero hace unos treinta años que se intenta convencer a las sociedades islámicas de que suscriban una declaración común de derechos humanos. ¡No se ha conseguido!
–Ciertas cosas ocurridas, por lo que respecta a Estados Unidos, tienen poca defensa. La guerra de Irak y aspectos relacionados con ella; el aislamiento de los presos, Guantánamo, las acusaciones de tortura y de prisiones secretas…
–Aquí no hay que confundir lo micro con lo macro. La guerra es siempre sucia. Todas esas cosas han ocurrido, por desgracia. La diferencia es que el mundo occidental admite esas revelaciones y las dictaduras, no. Eso es lo que, en mi opinión, hace de Occidente el mejor sistema de los que ha habido hasta ahora en la historia: no se ha inventado nada mejor para la protección del individuo, para el respeto a la vida y a las personas.
–Usted criticó la guerra, pero censuró luego a los críticos de la ocupación.
–La guerra ha sido una terrible equivocación por la ingenuidad de los norteamericanos, que no se dieron cuenta de que activaban una mina que iba a galvanizar el fundamentalismo islámico y el terrorismo. El estropicio se hizo y luego se mantuvo: no se invade un país que estaba vertebrado por su ejército para luego mandar a los soldados a su casa. Hasta los niños saben que toda esa gente sin trabajo se pasará a la resistencia, hará lo que haga falta. Son estupideces que no eran fáciles de prever. Han cometido muchos errores; pero ahora, con el estropicio hecho, una vez allí, yo sostengo que no hay que empeorar las cosas y que, por tanto, retirarse al estilo Zapatero, irse de Irak, significa consentir la creación de un Estado terrorista con capacidad para producir armas de exterminio masivo, sobre todo bacteriológicas, fáciles de producir y muy peligrosas. No nos lo podemos permitir. La guerra ha sido un error, mal hecha y mal administrada; decir que ha sido gestionada de manera pueril es una gentileza, un eufemismo, pero hay que salir de allí sin permitir que se cree un Estado controlado por terroristas.
–Hay demasiadas cosas que no van en el mundo, usted es un poco pesimista.
–Soy un pesimista constructivo; es decir, pragmático. El pesimismo es útil. Si uno dice: esto no va o esto va a acabar mal, quizá pueda convencer a alguien de que haga algo. Si uno es un optimista y dice: todo es magnífico, todo va de maravilla, vivimos en el mejor de los mundos, eso es un desastre, es incitar a no hacer nada, a no cambiar nada. La gente no se da cuenta de la catástrofe ecológica ante la que estamos; la contaminación aumenta. El mundo va mal. Pero ya dije, hace veinte años, que vivimos en una cultura cuya complejidad es superior a nuestra capacidad de entenderla. La hemos construido nosotros, pero la gente que debería gestionar las sociedades liberal-democráticas y todos sus problemas políticos, económicos y sociales ya no tiene la capacidad necesaria para entender qué es lo que está pasando y qué se puede hacer. Ya no somos capaces de entender el mundo que hemos creado.

Por JOSE MANUEL CALVO
El País Internacional

 

EL ELEGIDO

“Todo lo que pienso lo digo. Ya no tengo edad de tener miedo a nada”. Giovanni Sartori se siente libre. Libre para decir lo que le apetezca, aunque irrite o escandalice. Cumplidos los 81 años en mayo, y después de haber escrito más de treinta libros, decenas de ensayos y cientos de artículos, puede opinar que George W. Bush es “un líder mediocre y el peor presidente de EE. UU.” o que la posición de Jacques Chirac en la crisis que condujo a la guerra de Irak fue “una vergüenza”.
“Siempre he estado al margen de la corrección política. Hubo momentos en los que me costó mucho seguir adelante; en Italia estuve veinte años en la lista negra de la izquierda, no me invitaban a recepciones. Yo me mantuve en mis posiciones; la historia cambió y ahora me consideran más. Por ejemplo, sobre inmigración y multiculturalismo, Massimo D’Alema (ex primer ministro y presidente de Demócratas de Izquierda) ha dicho que probablemente yo tenía razón. Si lo dice D’Alema...”
Provocador por naturaleza, coqueto como para bromear con la fotógrafa y de tan buen humor y buena salud como para beberse un vaso de vino al mediodía, Sartori –nacido en Florencia y que alterna su tiempo entre Italia y EE. UU.– no para de trabajar “porque si uno lo deja, envejece”.
Además de viajar para dar conferencias y recoger premios –en el 2005 estuvo tres veces en España–, “mantengo vivos mis treinta y tantos libros: prólogos para nuevas ediciones, apéndices, revisiones... y escribo cosas nuevas: ahora estoy con la continuación de “Mala tempora”, que vendió 70.000 ejemplares; no está mal… aquí está la cubierta: se va a llamar “Mala Costituzione e altri malanni”. Son artículos del “Corriere della Sera”, del “Espresso”... hablo sobre todo de la mala reforma constitucional en Italia; la verdad es que decir que es mala es un eufemismo. Es pésima. Y estoy editando la recolección, en inglés, de mis escritos de lógica y metodología, todo aquello que ve usted ahí”.

 

 
 
Es una publicación de Editorial Rio Negro SA.Todos los derechos reservados
Copyright 2003