Libros,
y libros y más libros en este departamento de Nueva
York, un piso 27º desde el que se disfrutan los árboles
de Central Park, aún con las hojas amarillas y anaranjadas.
“Aquí es donde tengo la mayor parte de mis 20.000
ejemplares, así que es aquí donde vengo cuando
quiero trabajar en serio, cuando tengo que escribir”.
En el despacho, Sartori se sienta ante su mesa italiana del
siglo XVII, estrecha y larguísima. A su espalda, la
vieja máquina Olivetti Lettera 32. Enfrente, las traducciones
a todos los idiomas de todas sus obras. A la izquierda, un
viejo teléfono con fax y carpetas con artículos
en una estantería. A la derecha, las ventanas sobre
el parque desde las que ve los rascacielos de Manhattan.
–Cuando pasan cosas en Europa como los atentados de
Londres o la quema de coches en París y otras ciudades
francesas, ¿qué le preocupa más, el factor
religioso, el problema de la integración de los inmigrantes…?
–En mi opinión, lo más grave es lo de
Inglaterra. Se suponía que allí había
una comunidad islámica integrada, con personas que
vienen de la Commonwealth, que conocen las normas y que hablan
el inglés como lengua común. Que haya habido
unos chicos de esa comunidad, podría decirse que de
la pequeña burguesía, que hayan hecho saltar
por los aires unos vagones del metro de Londres… y cuando
se sabe que la mitad de la comunidad islámica inglesa
aprueba lo ocurrido…
–La repercusión popular y mediática, sin
embargo, ha sido la inversa.
–Quizá Londres tuvo menos impacto porque al homo
videns le hacen falta las imágenes, y las del metro
no expresaban bien lo que había ocurrido: los muertos
estaban dentro, sólo se veían algunos destrozos.
En cambio, las fotos de París eran al aire libre: los
coches ardiendo, las piedras... desde el punto de vista fotográfico,
París ha sido más importante. Desde un punto
de vista sustancial, lo ocurrido en Inglaterra es muy grave.
Si había un país que debía estar preparado
para absorber a la comunidad islámica –que es
de mayoría paquistaní, mucho mejor que otras–
era Inglaterra. Es grave porque ha revelado el fracaso de
una política de integración considerada como
la mejor posible, la más inteligente.
–¿Y en Francia qué ha pasado?
–En Francia, la revuelta de las ‘banlieues’
magrebíes, de estos jóvenes hijos de inmigrantes
pero que son franceses, no es una revuelta islámica.
Son ciudadanos poco integrados y su revuelta tiene las características
de las revueltas de las periferias pobres. El desempleo es
muy elevado, los jóvenes se sienten marginados y discriminados.
Hay también un factor de islamismo que hace que sea,
en algunos casos, un círculo vicioso: además
de la segregación, también ellos tienen responsabilidad,
porque rechazan en muchos aspectos la integración.
Pero, mientras que en Inglaterra hay un factor que es el terrorismo
protagonizado por jóvenes de familias medio burguesas,
en Francia se ha dado una clásica explosión
de revuelta de barrios pobres, de la comunidad en la que hay
más desempleo y que sufre más discriminación,
incluso racial.
–Como ha ocurrido en otros lugares…
–Por ejemplo, en Los Angeles. Son explosiones de periferias
empobrecidas que construyen un gueto, como ocurre con muchos
hispanos. Gente a menudo analfabeta o de escasísima
cultura que llega, se encierra en pequeños o grandes
espacios, no aprende la lengua y se condena a la pobreza,
la degradación, la violencia, el narcotráfico...
yo creo que el ‘melting pot’ americano ya no funciona.
–¿Por qué?
–Porque han inventado la doctrina del multiculturalismo,
de reivindicación de las raíces, pero también
de creación de guetos cerrados. Si el que quiere recuperar
su identidad lo hace quedándose aislado de la comunidad
en general, que es la del país que le acoge, se pone
en marcha algo que funciona mal. Hay que distinguir entre
multiculturalismo como situación de hecho –Suiza
es multicultural, Canadá también– y la
ideología del multiculturalismo, que dice que es bueno
reinventar o reforzar la propia identidad y después
cerrarse en comunidades que en realidad son guetos. Yo combato
la ideología; estoy en contra de inventar o reinventar
una identidad, reforzarla y crear subsociedades cerradas que
producen fenómenos de marginación e incluso
de revuelta. Creo que las soluciones deben ser de tipo pluralista
y no multicultural. El multiculturalismo no es una medicina,
es una enfermedad; es una manera de empeorar las cosas. Pero
hay líderes que hacen su carrera política sobre
esta base; que son elegidos, se hacen famosos, salen en la
televisión y luego viven de las rentas de esa ideología.
Primero se crea la doctrina y luego, el oficio.
–Y usted cree que esto es especialmente peligroso en
Europa cuando entra en juego el factor religioso.
–Sí, porque en Europa hay cada vez más
islamistas, en parte inmigrantes clandestinos, que crean un
problema muy grave de convivencia. Los turcos musulmanes que
fueron a trabajar a Alemania –a través de una
fórmula que algunos iluminados ahora critican, pero
que ha sido muy válida– no plantearon esos problemas
porque proceden de un país con normas democráticas,
aunque sui géneris, desde hace ochenta años.
El problema grave lo plantean los africanos que forman las
capas más analfabetas y más empobrecidas del
islam. Se puede hacer una analogía entre esta pobre
gente y la vieja Europa cristiana. La actual Europa cristiana
no es religiosa, no es fanática, como era con aquellos
hombres que creían en brujas, en milagros... la Europa
cristiana tuvo las mismas características que tienen
hoy muchas poblaciones musulmanas. Después de las guerras
de religión y del paso de la historia, ya no somos
así; pero ellos vienen de países con estructuras
teocráticas en las que no impera la voluntad del pueblo
sino la voluntad divina.
–De la explosión demográfica africana
hablaba en su libro “La tierra explota”.
–El problema africano es gravísimo; se calcula
que hay de 200 a 300 millones de personas que estarían
dispuestas a ir a Europa a cualquier precio, aunque sea saltando
verjas, como ha ocurrido en Melilla, o en pateras. Si no van
tantos millones es porque no tienen el dinero para pagarse
el viaje. Es decir que lo único que nos mantiene protegidos
es la extrema pobreza de esta gente a la que explotan los
mercaderes de esclavos, esos piratas que les cobran 2.000
ó 3.000 dólares por traerlos; si no los tienen,
no pueden llegar. Europa no puede ni debe acoger a millones
de personas en estas condiciones.
–Pero seguramente Europa necesita personas dispuestas
a trabajar, con los índices de natalidad que tiene,
con el futuro de las pensiones…
–Ese no es un argumento sólido. La población
mundial crece en unos 70 millones de personas al año.
Europa, de manera muy inteligente, trata de frenar esta explosión.
El discurso sobre las pensiones puede orientarse de otra manera,
se puede retrasar la edad de la jubilación. Y hay mecanismos
que no funcionan: hay gente que prefiere el seguro de desempleo
a trabajar. Es un sistema equivocado de incentivos, y el desempleo
en Europa es del 8 o el 10%, así que, ¿por qué
no hacer que trabajen los europeos? El problema, en mi opinión,
es que somos como un toro que embiste: tenemos que desarrollarnos
más, que crecer más, todo más, y lo único
que nos preocupa es quién paga las pensiones. ¿Tenemos
que llegar a ser 9.000 millones para pagar las pensiones?
Es absurdo. Es mejor afrontar el problema de las pensiones
ahora, no dejarlo para después. En todo caso, los costos
siempre serán menores que los de seguir recibiendo
inmigrantes no asimilados y no asimilables, que crean fortísimas
tensiones internas y destruyen la comunidad política.
–¿Pero cómo se hace eso?
–Bueno, si no hay sitio para más y no hay trabajo,
tenemos que controlar todo lo posible la inmigración
ilegal, como hacen todos los países que tienen este
problema. Repito: no hay sitio y no hay trabajo. ¿Adónde
van? No se sabe. ¿Quién los mantiene? No se
sabe. Todos los que lleguen fuera de los cauces legales van
a ir a las calles; no tienen ninguna cualificación,
así que se dedican al tráfico de drogas, a la
prostitución... eso deteriora la situación en
las ciudades europeas y crea problemas gravísimos.
–¿Qué le pasa a la Europa política
que usted critica?
–Europa está enferma de ideologías suicidas.
Hay un izquierdismo pacifista de origen, en parte, religioso.
La crisis de la ideología de la izquierda ha creado
un tercermundismo, una lógica que dice que para ser
de izquierda hay que ser tercermundista. Yo soy bastante de
izquierda, pero no veo la relación. La izquierda sufre
una gravísima crisis de identidad. Yo creo que debería
adoptar la causa de la ecología, abandonada por la
derecha, cuyos intereses económicos son tales que ni
siquiera quiere oír hablar de estas cosas. Si la izquierda
abrazara esta causa salvaría el planeta, tendría
un argumento sólido para luchar y se beneficiaría
también a sí misma.
–¿Y cómo es ese tercermundismo que tan
poco le gusta?
–Es un movimiento ciego y suicida, con varias manifestaciones.
No hay nadie en Europa a quien le guste la guerra o que quiera
la guerra; hemos tenido demasiadas guerras, nadie las quiere.
Pero esta gente se instala en un pacifismo a ultranza que
crea adversarios fantoches, molinos de viento. Es un pacifismo
absoluto, sin condiciones, que invita a la guerra, a la agresión.
–Usted ha calificado también de suicida el relativismo
moral que cree que no hay que aplicar o exigir códigos
fijos de conducta.
–Yo creo que la tolerancia es el valor básico
del pluralismo. Pero el relativismo es un comportamiento suicida:
si todo equivale, nada vale. Los valores desaparecen. Pero
yo soy un antiguo, hay valores que me gustan (risas). El relativismo
es una doctrina que se pretende moderna y que dice que todos
los valores son iguales; es suicida, porque entonces no se
puede criticar nada, todo es bueno: Al Qaeda tiene sus valores
y hay que respetarlos. Yo creo que cada uno debe tener sus
propios valores y defenderlos si cree en ellos. La tolerancia
dice que respetemos los valores de los otros. Pero eso no
quiere decir que los aceptemos; los aceptaremos si llegamos
a la conclusión de que son superiores. Esta historia
de que no hay que ofender a nadie, de que no hay que hablar
de choque de culturas... no sé muy bien qué
hay de terrible en decirlo. ¿Es que hay que esconder
la realidad? Si hay dos religiones monoteístas, una
de las cuales se ha acalorado, se ha reanimado con la ayuda
de la televisión, y hay una civilización teocrática,
ideológicamente movilizada e invasiva –las religiones
monoteístas dicen que su Dios es el único verdadero
y lo que hacen es la guerra santa, como hizo el cristianismo–,
entonces se crea un problema de autodefensa para los otros,
que deben afrontar el choque o rendirse. A mí estas
diplomacias políticamente correctas de lo que debe
decirse o no... hay quien dice “No, que se molestan,
que se ofenden”… Mire, si hay una guerra, hay
una guerra.
–A esta ‘ciudad política’ le convendría,
por su propio interés, tener menos enemigos.
–El enemigo se crea él solo, no lo crea Occidente.
¿Qué se puede hacer? Una sociedad liberal-democrática
ya hace bastante: acepta a los inmigrantes y los integra en
su ordenamiento social. Pero, como decía Ronald Reagan,
hacen falta dos para bailar el tango. Le doy un ejemplo: ni
siquiera somos capaces de definir el terrorismo, lo cual no
es un asunto menor. ¿Por qué? Porque los países
islámicos no quieren consentir que los palestinos que
matan a italianos sean definidos como terroristas. Los derechos
humanos: me puedo equivocar, pero hace unos treinta años
que se intenta convencer a las sociedades islámicas
de que suscriban una declaración común de derechos
humanos. ¡No se ha conseguido!
–Ciertas cosas ocurridas, por lo que respecta a Estados
Unidos, tienen poca defensa. La guerra de Irak y aspectos
relacionados con ella; el aislamiento de los presos, Guantánamo,
las acusaciones de tortura y de prisiones secretas…
–Aquí no hay que confundir lo micro con lo macro.
La guerra es siempre sucia. Todas esas cosas han ocurrido,
por desgracia. La diferencia es que el mundo occidental admite
esas revelaciones y las dictaduras, no. Eso es lo que, en
mi opinión, hace de Occidente el mejor sistema de los
que ha habido hasta ahora en la historia: no se ha inventado
nada mejor para la protección del individuo, para el
respeto a la vida y a las personas.
–Usted criticó la guerra, pero censuró
luego a los críticos de la ocupación.
–La guerra ha sido una terrible equivocación
por la ingenuidad de los norteamericanos, que no se dieron
cuenta de que activaban una mina que iba a galvanizar el fundamentalismo
islámico y el terrorismo. El estropicio se hizo y luego
se mantuvo: no se invade un país que estaba vertebrado
por su ejército para luego mandar a los soldados a
su casa. Hasta los niños saben que toda esa gente sin
trabajo se pasará a la resistencia, hará lo
que haga falta. Son estupideces que no eran fáciles
de prever. Han cometido muchos errores; pero ahora, con el
estropicio hecho, una vez allí, yo sostengo que no
hay que empeorar las cosas y que, por tanto, retirarse al
estilo Zapatero, irse de Irak, significa consentir la creación
de un Estado terrorista con capacidad para producir armas
de exterminio masivo, sobre todo bacteriológicas, fáciles
de producir y muy peligrosas. No nos lo podemos permitir.
La guerra ha sido un error, mal hecha y mal administrada;
decir que ha sido gestionada de manera pueril es una gentileza,
un eufemismo, pero hay que salir de allí sin permitir
que se cree un Estado controlado por terroristas.
–Hay demasiadas cosas que no van en el mundo, usted
es un poco pesimista.
–Soy un pesimista constructivo; es decir, pragmático.
El pesimismo es útil. Si uno dice: esto no va o esto
va a acabar mal, quizá pueda convencer a alguien de
que haga algo. Si uno es un optimista y dice: todo es magnífico,
todo va de maravilla, vivimos en el mejor de los mundos, eso
es un desastre, es incitar a no hacer nada, a no cambiar nada.
La gente no se da cuenta de la catástrofe ecológica
ante la que estamos; la contaminación aumenta. El mundo
va mal. Pero ya dije, hace veinte años, que vivimos
en una cultura cuya complejidad es superior a nuestra capacidad
de entenderla. La hemos construido nosotros, pero la gente
que debería gestionar las sociedades liberal-democráticas
y todos sus problemas políticos, económicos
y sociales ya no tiene la capacidad necesaria para entender
qué es lo que está pasando y qué se puede
hacer. Ya no somos capaces de entender el mundo que hemos
creado.
Por JOSE MANUEL CALVO
El País Internacional
EL ELEGIDO
“Todo lo que pienso lo digo. Ya no tengo
edad de tener miedo a nada”. Giovanni Sartori se siente
libre. Libre para decir lo que le apetezca, aunque irrite
o escandalice. Cumplidos los 81 años en mayo, y después
de haber escrito más de treinta libros, decenas de
ensayos y cientos de artículos, puede opinar que George
W. Bush es “un líder mediocre y el peor presidente
de EE. UU.” o que la posición de Jacques Chirac
en la crisis que condujo a la guerra de Irak fue “una
vergüenza”.
“Siempre he estado al margen de la corrección
política. Hubo momentos en los que me costó
mucho seguir adelante; en Italia estuve veinte años
en la lista negra de la izquierda, no me invitaban a recepciones.
Yo me mantuve en mis posiciones; la historia cambió
y ahora me consideran más. Por ejemplo, sobre inmigración
y multiculturalismo, Massimo D’Alema (ex primer ministro
y presidente de Demócratas de Izquierda) ha dicho que
probablemente yo tenía razón. Si lo dice D’Alema...”
Provocador por naturaleza, coqueto como para bromear con la
fotógrafa y de tan buen humor y buena salud como para
beberse un vaso de vino al mediodía, Sartori –nacido
en Florencia y que alterna su tiempo entre Italia y EE. UU.–
no para de trabajar “porque si uno lo deja, envejece”.
Además de viajar para dar conferencias y recoger premios
–en el 2005 estuvo tres veces en España–,
“mantengo vivos mis treinta y tantos libros: prólogos
para nuevas ediciones, apéndices, revisiones... y escribo
cosas nuevas: ahora estoy con la continuación de “Mala
tempora”, que vendió 70.000 ejemplares; no está
mal… aquí está la cubierta: se va a llamar
“Mala Costituzione e altri malanni”. Son artículos
del “Corriere della Sera”, del “Espresso”...
hablo sobre todo de la mala reforma constitucional en Italia;
la verdad es que decir que es mala es un eufemismo. Es pésima.
Y estoy editando la recolección, en inglés,
de mis escritos de lógica y metodología, todo
aquello que ve usted ahí”.
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