Se vieron una sola vez.
Fue en el ’84 o quizá en el ’85, en una
sala del Teatro General San Martín de Buenos Aires.
Conversaron largo, sentados en torturantes butacas para las
humanidades que los caracterizaban.
Porque uno de ellos –John Kenneth Galbraith, canadiense
y economista– medía 2,5. Cara huesuda, larga.
El otro –Gregorio Weinberg, argentino, historiador–,
cabeza maciza, cuerpo de campesino de centro Europa.
Los dos esperaban al hombre más influyente que tenía
la política nacional por aquellos apasionantes días
de la joven transición: Raúl Alfonsín.
Los periodistas se les acercaron. Y la demora presidencial
convirtió esa conversación en lo único
atrayente de un acto que buscaba chillar contra la deuda externa
del continente.
Era un diálogo apasionante. Una libreta de periodista
que se empecina en gambetear la búsqueda contiene un
prolijo apunte sobre aquel palique. Pero la memoria del periodista
resiste la degradación.
Luego suelta datos que sobre aquel momento almacena a modo
de capas geológicas.
Galbraith y Weinberg hablaban desde la seductora templanza
intelectual lograda en vidas intensas de reflexión.
Pasaban revista al siglo que les había tocado en suerte.
Y la libertad y la esperanza emergían en términos
de valores excluyentes para mover al mundo hacía destinos
más dignos.
Galbraith discurría desde la formación tradicional
de los intelectuales de la costa Este de Canadá y los
Estados Unidos. Culta, muy culta. Reposada. Abierta, liberal.
Ajena a discursos únicos.
En Europa hubiese sido un socialdemócrata.
Weinberg lo hacía desde el acentuado humanismo atenazado
en la soledad de la meditación crítica. No es
poco capital en un país donde la desvalorización
del pensamiento diferente al promedio está estigmatizada.
Fue inevitable que John Kennedy se instalase en las idas y
vueltas de la charla. Estaba en la naturaleza de la circunstancia:
Galbraith formó parte sustancial de los “más
brillantes”, ese lote de hombres que organizó
la llegada de Kennedy al poder.
Lote en el que sobresalían Arthur Schlesinger, Ted
Sorensen, Adlai Stevenson, entre otros.
Y siempre esperando a Alfonsín, alguien colocó
un nombre con sello trágico en la vida de los EE. UU:
Vietnam.
Y alguien más recordó las advertencias que desde
su cargo de embajador en la India, Galbraith deslizó
sobre aquel sangriento pantano.
–Usted le habló a Kennedy de “selvas distantes”
–reflexionó uno de la media docena de periodistas
presentes.
–Dije eso y mucho más... dije que en Vietnam
nos estábamos convirtiendo en una fuerza de neto corte
colonial, y que era inevitable que si esa presencia se prolongaba,
nuestro destino fuera el de Francia en Indochina: la derrota.
La historia nos dio la razón.
La memoria del periodista recuerda que Galbraith se encargó
de rematar sus reflexiones sobre Vietnam trayendo a Tocqueville
a escena:
–Se hubiera ruborizado al vernos metidos ahí...
Desde Galbraith, los recuerdos iban y venían a modo
de un salpicado de datos sobre una vida apasionante. Habló
de lo nervioso que estaba cuando siendo un joven economista
estuvo mano a mano ante un hacedor esencial de los E.E. U.U.:
Franklin Delano Roosevelt.
–Fue durante la guerra... Yo estaba en la comisión
que manejaba todo lo concerniente al caucho. El no estaba
muy conforme con nuestro trabajo... Nos entendimos. Recuerdo
el esfuerzo que hacía para poder pararse a la hora
de saludar y hacerlo sin ayuda... ¡Emocionaba! Ese día
volví a mi casa muy emocionado. (N.de R: Roosevelt
había tenido parálisis infantil)
Luego Galbraith se deslizó en recuerdos del tiempo
que, a meses de terminar la Segunda Guerra, pasó junto
a Douglas Mac Arthur en Japón. Y contó una anécdota:
–Un día nos invitó a cenar lo que quedaba
de un empresario japonés dedicado a la fabricación
de radios. Nos mostró sus depósitos y noté
que había elementos que en la guerra tenían
valor estratégico. Le pregunté como era posible
que los hubiese almacenado. Me respondió: “A
poco andar la guerra me di cuenta de que ‘nuestros triunfos’
estaban cada vez más cerca de nuestras fronteras...
Había que tomar prevenciones, la derrota de Japón
era inevitable...”.
Gregorio Weinberg escuchaba a Galbraith casi como queriéndose
correr del rol de interlocutor.
Pero en su momento ambos coincidieron en lo que Weinberg definió
como “tragedia”: la impermeabilidad de los políticos
ante los intelectuales.
–Aquí, los políticos les temen, sospechan
de ellos –dijo el argentino.
–No se preocupe. Nuestro Ronald Reagan también...
Prefiere a la CIA antes que a una universidad –respondió
Galbraith.
A los 91 años, se murió Galbraith, hace una
semana.
Días antes, con algo más de ’80, se había
ido Weinberg.
Si algún día aparece la libreta, se sabrá
algo más de una tarde que siempre estará en
el recuerdo.
CARLOS TORRENGO
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