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Domingo 14 de mayo de 2006
Una tarde de butacas
Con días de diferencia acaban de morir el conocido economista canadiense y el riguroso historiador argentino. Se conocieron en Buenos Aires, en una tarde de charla suelta sobre presentes y pasados del mundo.

 

Se vieron una sola vez.
Fue en el ’84 o quizá en el ’85, en una sala del Teatro General San Martín de Buenos Aires. Conversaron largo, sentados en torturantes butacas para las humanidades que los caracterizaban.
Porque uno de ellos –John Kenneth Galbraith, canadiense y economista– medía 2,5. Cara huesuda, larga.
El otro –Gregorio Weinberg, argentino, historiador–, cabeza maciza, cuerpo de campesino de centro Europa.
Los dos esperaban al hombre más influyente que tenía la política nacional por aquellos apasionantes días de la joven transición: Raúl Alfonsín.
Los periodistas se les acercaron. Y la demora presidencial convirtió esa conversación en lo único atrayente de un acto que buscaba chillar contra la deuda externa del continente.
Era un diálogo apasionante. Una libreta de periodista que se empecina en gambetear la búsqueda contiene un prolijo apunte sobre aquel palique. Pero la memoria del periodista resiste la degradación.
Luego suelta datos que sobre aquel momento almacena a modo de capas geológicas.
Galbraith y Weinberg hablaban desde la seductora templanza intelectual lograda en vidas intensas de reflexión. Pasaban revista al siglo que les había tocado en suerte. Y la libertad y la esperanza emergían en términos de valores excluyentes para mover al mundo hacía destinos más dignos.
Galbraith discurría desde la formación tradicional de los intelectuales de la costa Este de Canadá y los Estados Unidos. Culta, muy culta. Reposada. Abierta, liberal. Ajena a discursos únicos.
En Europa hubiese sido un socialdemócrata.
Weinberg lo hacía desde el acentuado humanismo atenazado en la soledad de la meditación crítica. No es poco capital en un país donde la desvalorización del pensamiento diferente al promedio está estigmatizada.
Fue inevitable que John Kennedy se instalase en las idas y vueltas de la charla. Estaba en la naturaleza de la circunstancia: Galbraith formó parte sustancial de los “más brillantes”, ese lote de hombres que organizó la llegada de Kennedy al poder.
Lote en el que sobresalían Arthur Schlesinger, Ted Sorensen, Adlai Stevenson, entre otros.
Y siempre esperando a Alfonsín, alguien colocó un nombre con sello trágico en la vida de los EE. UU: Vietnam.
Y alguien más recordó las advertencias que desde su cargo de embajador en la India, Galbraith deslizó sobre aquel sangriento pantano.
–Usted le habló a Kennedy de “selvas distantes” –reflexionó uno de la media docena de periodistas presentes.
–Dije eso y mucho más... dije que en Vietnam nos estábamos convirtiendo en una fuerza de neto corte colonial, y que era inevitable que si esa presencia se prolongaba, nuestro destino fuera el de Francia en Indochina: la derrota. La historia nos dio la razón.
La memoria del periodista recuerda que Galbraith se encargó de rematar sus reflexiones sobre Vietnam trayendo a Tocqueville a escena:
–Se hubiera ruborizado al vernos metidos ahí...
Desde Galbraith, los recuerdos iban y venían a modo de un salpicado de datos sobre una vida apasionante. Habló de lo nervioso que estaba cuando siendo un joven economista estuvo mano a mano ante un hacedor esencial de los E.E. U.U.: Franklin Delano Roosevelt.
–Fue durante la guerra... Yo estaba en la comisión que manejaba todo lo concerniente al caucho. El no estaba muy conforme con nuestro trabajo... Nos entendimos. Recuerdo el esfuerzo que hacía para poder pararse a la hora de saludar y hacerlo sin ayuda... ¡Emocionaba! Ese día volví a mi casa muy emocionado. (N.de R: Roosevelt había tenido parálisis infantil)
Luego Galbraith se deslizó en recuerdos del tiempo que, a meses de terminar la Segunda Guerra, pasó junto a Douglas Mac Arthur en Japón. Y contó una anécdota:
–Un día nos invitó a cenar lo que quedaba de un empresario japonés dedicado a la fabricación de radios. Nos mostró sus depósitos y noté que había elementos que en la guerra tenían valor estratégico. Le pregunté como era posible que los hubiese almacenado. Me respondió: “A poco andar la guerra me di cuenta de que ‘nuestros triunfos’ estaban cada vez más cerca de nuestras fronteras... Había que tomar prevenciones, la derrota de Japón era inevitable...”.
Gregorio Weinberg escuchaba a Galbraith casi como queriéndose correr del rol de interlocutor.
Pero en su momento ambos coincidieron en lo que Weinberg definió como “tragedia”: la impermeabilidad de los políticos ante los intelectuales.
–Aquí, los políticos les temen, sospechan de ellos –dijo el argentino.
–No se preocupe. Nuestro Ronald Reagan también... Prefiere a la CIA antes que a una universidad –respondió Galbraith.
A los 91 años, se murió Galbraith, hace una semana.
Días antes, con algo más de ’80, se había ido Weinberg.
Si algún día aparece la libreta, se sabrá algo más de una tarde que siempre estará en el recuerdo.

CARLOS TORRENGO
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