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Domingo 21 de mayo de 2006
Biblioteca + ciego = Borges
El autor de “El Nombre de la Rosa” explica por qué se inspiró en el escritor argentino para representar al bibliotecario ciego que intentó impedir, a toda costa, el acceso al fatídico texto de Aristóteles en un laberinto de libros.

REDACCION CENTRAL

En sus “Apostillas al Nombre de La Rosa”, Humberto Eco responde a ciertas interrogaciones: “Todos me preguntan por qué mi Jorge evoca, por el nombre, a Borges, y por qué Borges es tan malvado. No lo sé . Quería un ciego que custodiase una biblioteca (me parecía una buena idea narrativa), y biblioteca más ciego sólo puede dar Borges, también porque las deudas se pagan”. Para su novela “quería un sitio cerrado, un universo concentracionario”. Borges había escrito y diseñado ya ese modelo de recinto oscuro que infunde miedo: “El universo (que otros llaman Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercado por barandas bajísimas...”. Esas galerías estrechas y tortuosas, los anaqueles de atmósfera lóbrega, esos cuartos de mísera altura que exceden “apenas la de un bibliotecario normal... A izquierda y derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades fecales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto”.
En “El Nombre de la Rosa” impera el laberinto hermético con muchos pasillos –por donde también camina Kafka–. Jorge de Burgos, el bibliotecario (se desfigura ligeramente el apellido Borges). Escribe Eco: “Clavaba sus ojos muertos en el vacío , como mirando unas páginas que su memoria había conservado nítidas... En resumen, era la memoria misma de la Biblioteca”. En la novela de Eco, el viejo Alinardo de Gottaferrata desenvuelve el mismo concepto de Borges: la Biblioteca es un gran laberinto, símbolo del mundo.
El nudo en la trama en “El Nombre de la Rosa” es la búsqueda de un volumen y del asesino. Borges, en “La Biblioteca de Babel” se adelanta al caso. Dice: “Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálago del catálago; ahora que mis ojos no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací”.
La Biblioteca de Borges tiene también un aire críptico. Aquellos hexágonos deberían contener en alguna parte un libro que fuera el resumen de todos los demás. Vela el celoso guardián de un sabiduría prohibida porque hay libros que no pueden ser leídos. Ambos autores –Eco y Borges– hablan de textos que cruzan las épocas y pintan a su modo un cuadro en que la lucha entre dios y antidios, entre el cielo y el infierno atraviesa la biblioteca, que también encierra las herejías pecaminosas de los hombres. Borges reconoce que esas aventuras con los libros han consumido sus años y espera “que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre –¡uno solo, aunque sea, hace miles de años!– lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista aunque mi lugar sea. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique”.
En la biblioteca de la abadía abundan los monjes sacrílegos, crímenes. Muchos del infierno. Muchos de los culpables son servidores de una deidad que puede conducir al desvarío, a la peor enajenación. Borges escribió muchos años antes párrafos que en este aspecto lindarían  con la profecía: “Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es casi una milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de la Biblioteca febril cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira”.

(Fragmento del capítulo XXIX del libro “Los dos Borges”, del veterano intelectual chileno Volodia Teitelboim; Edit. Sudamericana , Bs. As., 1996, pp. 230 / 231)

 
 
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