REDACCION CENTRAL
En sus “Apostillas al Nombre de La Rosa”, Humberto
Eco responde a ciertas interrogaciones: “Todos me preguntan
por qué mi Jorge evoca, por el nombre, a Borges, y
por qué Borges es tan malvado. No lo sé . Quería
un ciego que custodiase una biblioteca (me parecía
una buena idea narrativa), y biblioteca más ciego sólo
puede dar Borges, también porque las deudas se pagan”.
Para su novela “quería un sitio cerrado, un universo
concentracionario”. Borges había escrito y diseñado
ya ese modelo de recinto oscuro que infunde miedo: “El
universo (que otros llaman Biblioteca) se compone de un número
indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales,
con vastos pozos de ventilación en el medio, cercado
por barandas bajísimas...”. Esas galerías
estrechas y tortuosas, los anaqueles de atmósfera lóbrega,
esos cuartos de mísera altura que exceden “apenas
la de un bibliotecario normal... A izquierda y derecha del
zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite
dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades fecales. Por
ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva
hacia lo remoto”.
En “El Nombre de la Rosa” impera el laberinto
hermético con muchos pasillos –por donde también
camina Kafka–. Jorge de Burgos, el bibliotecario (se
desfigura ligeramente el apellido Borges). Escribe Eco: “Clavaba
sus ojos muertos en el vacío , como mirando unas páginas
que su memoria había conservado nítidas... En
resumen, era la memoria misma de la Biblioteca”. En
la novela de Eco, el viejo Alinardo de Gottaferrata desenvuelve
el mismo concepto de Borges: la Biblioteca es un gran laberinto,
símbolo del mundo.
El nudo en la trama en “El Nombre de la Rosa”
es la búsqueda de un volumen y del asesino. Borges,
en “La Biblioteca de Babel” se adelanta al caso.
Dice: “Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado
en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso
del catálago del catálago; ahora que mis ojos
no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas
pocas leguas del hexágono en que nací”.
La Biblioteca de Borges tiene también un aire críptico.
Aquellos hexágonos deberían contener en alguna
parte un libro que fuera el resumen de todos los demás.
Vela el celoso guardián de un sabiduría prohibida
porque hay libros que no pueden ser leídos. Ambos autores
–Eco y Borges– hablan de textos que cruzan las
épocas y pintan a su modo un cuadro en que la lucha
entre dios y antidios, entre el cielo y el infierno atraviesa
la biblioteca, que también encierra las herejías
pecaminosas de los hombres. Borges reconoce que esas aventuras
con los libros han consumido sus años y espera “que
en algún anaquel del universo haya un libro total;
ruego a los dioses ignorados que un hombre –¡uno
solo, aunque sea, hace miles de años!– lo haya
examinado y leído. Si el honor y la sabiduría
y la felicidad no son para mí, que sean para otros.
Que el cielo exista aunque mi lugar sea. Que yo sea ultrajado
y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme
Biblioteca se justifique”.
En la biblioteca de la abadía abundan los monjes sacrílegos,
crímenes. Muchos del infierno. Muchos de los culpables
son servidores de una deidad que puede conducir al desvarío,
a la peor enajenación. Borges escribió muchos
años antes párrafos que en este aspecto lindarían
con la profecía: “Afirman los impíos que
el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable
(y aun la humilde y pura coherencia) es casi una milagrosa
excepción. Hablan (lo sé) de la Biblioteca febril
cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur
de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo
confunden como una divinidad que delira”.
(Fragmento del capítulo XXIX del libro “Los dos
Borges”, del veterano intelectual chileno Volodia Teitelboim;
Edit. Sudamericana , Bs. As., 1996, pp. 230 / 231)
|