BUENOS AIRES.- La Argentina, aun con la crisis
que padeció, siguió integrando la élite
de naciones productoras de cine, incluso con reconocimiento
internacional. En ocasiones, algunos títulos figuraron
entre los 50 más vistos en los Estados Unidos (“La
ciénaga”, de Lucrecia Martel, y “Plata
quemada”, de Marcelo Piñeyro) y España
(“El hijo de la novia”, de Juan José Campanella,
y “Nueve reinas”, de Fabián Belinsky).
Los 53 estrenos locales del 2003 fueron récord, pero
sólo atrajeron a 3,5 millones de espectadores -lejos
de los 6 millones del 2000-, apenas el 11% del total de los
31,7 millones registrados. Ni siquiera lograron los resultados
previstos aquellos pertenecientes al “cine industrial”,
con mayores expectativas de ganancias y apoyados por pautas
publicitarias en televisión. Eso ocurrió con
“El día que me amen” (de Pol-ka y Artear),
“Un día en el paraíso” (Telefé),
“Cleopatra” y “El juego de Arcibel”,
siendo quizás la excepción, hasta cierto punto,
“Vivir intentando” (Patagonik y Telefé),
con el conjunto Bandana.
Las realizaciones “independientes” debieron esforzarse
por conseguir salas para estrenar, ya que los multicines privilegiaron
a las norteamericanas (captan más del 80% del público,
como verificaron Nielsen EDI Argentina y Dis-Service), que
aseguran costosos lanzamientos y una salida de 30 copias para
productos medianos y 150 para los grandes.
Con mínimos apoyos promocionales, las “independientes”
se exhibieron en contadas pantallas (excepcionalmente, 16)
durante escasos días o en las del Espacio INCAA (Instituto
Nacional de Cine y Artes Audiovisuales), y a veces ni siquiera
fueron vistas por 10.000 personas. Entre las últimas
excepciones figuraron “Mundo grúa”, de
Pablo Trapero, que prácticamente sin actores profesionales
y en blanco y negro interesó a 100.000, y “Pizza,
birra y faso”, de Adrián Caetano.
“En el mercado local, con suerte, salimos hechos. El
único negocio posible es vender afuera, incluso en
mercados chicos, donde los derechos de una película
pueden estar en 2.000 dólares”, explicó
Octavio Nadal, director comercial de Patagonik (de las diez
películas nacionales más vistas, produjo seis).
Detalló que “Vivir con lo nuestro” todavía
no fue un buen negocio, pero espera que lo sea si su eventual
aceptación en el exterior aporta 200.000 dólares.
Aquí captó 1.012.274 espectadores y facturó
4.740.600 pesos (por los distintos precios de las entradas),
pero descontando los impuestos quedarían 1,4 millones,
a lo que se agregarían 1,5 millones del subsidio del
INCAA. Como el lanzamiento insumió 690.000 pesos en
publicidad, 390.000 en copias y 400.000 en televisión,
momentáneamente Patagonik tendría un “rojo”
de 580.000.
En las postrimerías de la década pasada, los
espectadores dejaron de concurrir a las salas, muchas de las
cuales cerraron por la competencia de los videos hogareños
y la televisión por cable. La situación cambió
con el posterior desembarco de capitales extranjeros, la construcción
de salas de última generación y la renovación
de muchas existentes.
El INCAA, que reabrió 20 en diferentes lugares, sólo
para exhibir filmes nacionales, siguió fomentando la
producción. Así se revitalizaron la cantidad
y la calidad de las realizaciones y recuperaron espectadores,
permitiendo, asimismo, la incorporación de canales
de televisión, productoras independientes e internacionales
y jóvenes directores.
El cine argentino ganó 115 premios en festivales y
muestras durante el año pasado. “El abrazo partido”,
de Daniel Burman, por ejemplo, mereció en el último
de Berlín el “Oso de Plata” y otro similar
por la actuación de Daniel Hendler. La diversidad y
la originalidad de las propuestas, en determinados casos interesó
a distribuidores extranjeros y facilitó el inicio de
tratativas de coproducciones, pese a que localmente no siempre
obtuvieron recaudaciones satisfactorias.
“Muchas de las que no tuvieron suficiente público
fue porque no tuvieron igualdad de oportunidades -argumentó
Jorge Coscia, titular del INCAA-. Y un país como la
Argentina no está en condiciones de tener 100 películas
sin posibilidades de recuperar en la taquilla los costos de
producción”.
El destino más importante siguió siendo España
(“Un lugar en el mundo”, en 1991 convocó
a cerca de 800.000 personas en España). No hace mucho,
surgió KDM Films, asociación de la local OK
(Oscar Kramer y Hugo Sigman), la italiana Mikado y la española
DeAPlaneta (DeAgostini y Planeta). Además, el programa
“Raíces”, impulsado por el INCAA y su equivalente
de España, apunta a coproducciones sobre la base de
relatos comunes que generan las raíces inmigratorias
argentinas.
El suceso obtenido en el exterior por determinadas telenovelas
llevó público a ciertos filmes. En Europa del
Este y Rusia, por ejemplo, Natalia Oreiro se hizo popular
gracias a “Cachorra” y “Muñeca brava”,
por lo que se aguarda que eso influya en la recaudación
de “Cleopatra”.
El Presupuesto Nacional 2003 asignó al financiamiento
público de la cultura menos del 1% del Producto Bruto
Interno -unos 60 millones de pesos, incomparables con los
123 millones del gobierno de la ciudad de Buenos Aires-, a
lo que deben sumarse 42,6 millones de gravámenes especiales,
distribuidos entre el Fondo Nacional de las Artes (4,6 millones),
el Instituto Nacional de Teatro (7,1 millones) y el INCAA
(30,9 millones, que en 2004 ascenderían a 41 millones).
En ocasiones, subsidios y créditos estatales se manejaron
con discrecionalidad, y sin favorecer a directores debutantes.
Algunos debieron encarar sus emprendimientos por fuera de
los circuitos tradicionales de la producción y de la
burocracia. No hay que olvidar que el año pasado irrumpieron,
con o sin apoyo, Daniel Szifrón (“El fondo del
mar”) -creador para la pantalla chica de “Los
simuladores”-, Albertina Carri (“Los rubios”)
y Diego Lerman (“Tan de repente”).
Recientemente se conocieron documentales de gran calidad -cuando
el fundamental Raúl Perrone incursionó en la
ficción con “La mecha”-, como “Yo
no sé qué me han hecho tus ojos”, de Sergio
Wolf y Lorena Muñoz, que atrajo a 30.000 espectadores;
“Por la vuelta”, de Cristian Pauls, y “El
Nuremberg argentino”, de Miguel Rodríguez Arias.
Este mes, fue el turno de “Memoria del saqueo”,
de Fernando Solanas; “La mayor estafa al pueblo argentino”,
de Diego Musiak, y “Nietos (identidad y memoria)”,
de Benjamín Avila. “Los documentales son una
prioridad en nuestro plan de proyectos y realidades”,
aseveró Coscia.
Tras dos años de inactividad, el cine de animación
cuenta con dos largometrajes que se darán en las vacaciones
de invierno. Patagonik (“Dibu” y “Los Pintín”)
se arriesgó con las andanzas de “Patoruzito”,
con dirección de José Luis Massa, y Shazam con
“Teo, cazador intergaláctico”, de Sergio
Fernández. Mientras tanto se aguarda que Christian
Olmos consiga llevar a la pantalla grande a “Los peques”,
gnomos patagónicos insertos en escenarios naturales
filmados previamente, seguidos por televidentes de ciudades
de la región.
En este 2004, se conocerían más de 90 largometrajes,
que se encuentran en las etapas de preproducción, producción,
final o vísperas de estreno, aparte de medio centenar
de videos y telefilmes. Entre ellos, “Buena vida delivery”,
la ópera prima de Leonardo Di Cesare, que obtuvo el
“Astor de oro” al mejor largometraje y el “Astor
de plata” al mejor guión -coescrito por el director
con Hans Garrino-, en el 19ß Festival Internacional
de Cine de Mar del Plata; “La puta y la ballena”,
de Luis Puenzo; “Roma”, de Aristarain; “La
niña santa”, de Lucrecia Martel; “Luna
de Avellaneda”, de Juan José Campanella, y “Ay,
Juancito”, de Héctor Olivera.
Miguel Angel Fuks
Contribución al fortalecimiento del desarrollo
económico
BUENOS AIRES.- Por su creciente impacto sobre la generación
de bienes y servicios, la producción de bienes y servicios
culturales figura entre las que pueden sustentar el desarrollo
económico. Fue lo que se destacó, en mayo último,
en un programa del entonces Ministerio de Economía
de la Nación y el Banco Interamericano de Desarrollo,
de acuerdo con un estudio de P. Perelman para la oficina en
Buenos Aires de la Comisión Económica para América
latina y el Caribe (CEPAL).
La industria cinematográfica fue la única que
no disminuyó su actividad en el 2002, pero reflejó
una creciente concentración y transnacionalización,
similar a la de otros países de la región. El
mencionado trabajo, recomendó:
* Fiscalizar las ventas que declaran las salas para evitar
eventuales pérdidas de ingresos y/o el levantamiento
prematuro de las exhibiciones, aparte de maniobras fraudulentas
que repercuten en la recaudación y en la liquidación
de subsidios.
* La reglamentación de la “cuota de pantalla”,
establecida por la ley de fomento cinematográfico,
y que facilitaría, por otra parte, la transmisión
televisiva de largometrajes y telefilmes argentinos, ampliando
el espacio de exhibición y aportando ingresos adicionales
a los productores.
* La aplicación de un promedio de espectadores por
sala, como mínimo de referencia para “levantar
de cartel” un film argentino.
* Mayores esfuerzos para facilitar la distribución
y la exhibición de películas y su comercialización
en el exterior.
* Pagar las deudas del INCAA con los productores por liquidación
de subsidios.
* Mayores controles sobre los presupuestos presentados para
cobrar los subsidios por recuperación industrial.
* Facilitar los aspectos normativos y burocráticos,
que obstaculizan la filmación y no incentivan a los
realizadores extranjeros.
El 19º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata,
que concluyó el 20 del actual, sirvió al presidente
Néstor Kirchner para definir a la actividad como “un
pilar de nuestra industria cultural”. Convencido de
que “las películas nacionales cuestan poco más
de un millón de pesos y deben competir con las extranjeras
de 50 ó 100 millones de dólares, que llegan
a las pantallas locales ya promocionadas globalmente y amortizadas”,
opinó que “es una competencia entre David y Goliat
que requiere políticas públicas activas de estímulo
y protección”. Anunció, por otra parte,
la desgravación impositiva a la importación
de celuloide y el pago de 14 millones de pesos de subsidios
adeudados por el INCAA entre 1999 y 2001. Conviene recordar
que Jorge Coscia, titular del INCAA, hace tiempo procura que
se reglamente el artículo de la ley de cine sobre la
“cuota de pantalla”, para proporcionarle a cada
filme “una opción de permanencia de exhibición
razonable”.
Cuando el INCAA defendía la participación de
la actividad en el presupuesto, durante la presidencia de
José Miguel Onaindia -como en algunas de sus antecesores-,
también suscribió un acuerdo de cooperación
con la Unión Industrial Argentina, cuya titularidad
ejercía José Ignacio de Mendiguren, luego convertido
en el secretario de Industria de la Nación impulsor
de la devaluación. Onaindia reconocía que mientras
existía en el mundo un fuerte apoyo a la actividad,
en la Argentina los productores luchaban casi aislados, a
pesar de que “el cine es un sector de mano de obra intensiva
sumamente calificada y que directa e indirectamente ocupa
en la Argentina a cerca de 10.000 personas”.
Antes de que Adolfo Rodríguez Saá se convirtiera
en presidente de la Nación, por pocos días,
como gobernador de San Luis impulsó una ley de “fomento
de inversiones a la industria del cine en la provincia”,
mediante un fondo de fomento dotado inicialmente de 20 millones
de pesos para otorgar subsidios, créditos sin intereses
y becas a emprendimientos que en su mayor parte se realizaran
en ese ámbito. El autor del proyecto fue el jefe de
Gabinete de entonces, su hermano Alberto, el tan cuestionado
mandatario actual.
Un largometraje estándar exige una inversión
de 900.000 a 1,5 millones de pesos, según calcularon
en el Sindicato de la Industria Cinematográfica Argentina,
donde también revelaron que la mayor producción
de 2003 creó 1.400 nuevos puestos laborales. Allí
reclamaron “el blanqueo definitivo de la actividad que
genera el reconocimiento de la Argentina en el mundo, para
que los ingresos fiscales contribuyan a que se convierta en
una verdadera industria”.
Superabundancia
BUENOS AIRES.- En el mundo, y por supuesto también
en la Argentina, interesa analizar la relación entre
economía y cultura y sus repercusiones. Lamentablemente,
no trascienden demasiado las opiniones de los directores de
cine, conocedores como pocos sobre lo que significa llevar
adelante una actividad que fluctúa entre lo artesanal
y lo fabril, especialmente cuando asumen el rol de “director-productor”
para lograr respaldo económico a sus emprendimientos.
“La superabundancia de cine argentino es buenísima”,
opinó Juan José Campanella, quien en mayo estrenará
“Luna de Avellaneda”. No obstante, dijo que “para
que salgan cuatro películas buenas, hay que hacer 40,
muchas de las cuales no tienen acceso al público masivo
porque, mal que les pese a sus realizadores, no están
en ese 10%”. Aseguró, además, que “todo
lo que es bueno encuentra una manera de emerger”, con
su visión de candidato al Oscar por “El hijo
de la novia”, producida por Pol-Ka, empresa constituida
hace diez años por Adrián Suar y Fernando Blanco
para hacer programas de televisión y que se dedicó
al cine mezclando “Comodines”, “Cohen versus
Rossi” y “El bonaerense”.
“El público nunca le fue fiel a nada; no se sabe
ni se sabrá cómo funciona, es impredecible”,
aseveró Adolfo Aristarain, quien trabajó en
Madrid como ayudante de dirección durante seis años
y volvió a la Argentina para hacer “La parte
del león”. Después fue y volvió
para trabajar y con “Un lugar en el mundo” rompió
en España un tabú con el cine nacional, en tanto
“Martín (Hache)” estuvo allí más
de un año en cartel. Por las dudas, aclaró:
“No creo en generaciones ni en nacionalidades, sí
en individualidades. Se puede hablar de nacionalidad en cuanto
a medios de producción, que marcan las diferencias
entre hacer cine argentino y europeo”. Su experiencia
es indudable: varias veces hipotecó una vivienda porteña
para realizar únicamente lo que le interesaba, aunque
nunca se quejó por realizar por encargo, en sus comienzos,
“La playa del amor” y “La discoteca del
amor”.
“Nos parece que somos parte de un mundo global y no
lo somos; estamos siendo consumidos por un modelo anglosajón
cultural, codificados -alertó Héctor Babenco
(“El beso de la mujer araña” y “Pixote”).
Lo importante es que ahora tanto el cine brasileño
como el argentino están reconquistando a sus públicos.
Es una forma poderosa de hacerle frente al invasor que nos
está uniformando”. Con el apoyo de Sony Pictures
(Estados Unidos) -antes consiguió otros internacionales-,
el marplatense Babenco hizo “Carandiru”, que logró
en Brasil el récord de 5 millones de espectadores.
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