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Domingo 28 de marzo de 2004
La industria del cine, en pleno ascenso
Los numerosos proyectos en danza se conocieron antes que las promesas presidenciales de políticas públicas activas de estímulo y protección. El sector continuará recibiendo subsidios y créditos del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, que tanto impulsó la concurrencia a festivales y muestras del exterior, donde los filmes locales recibieron numerosas distinciones que contribuyeron a concretar exportaciones no tradicionales y convenios de realización.

BUENOS AIRES.- La Argentina, aun con la crisis que padeció, siguió integrando la élite de naciones productoras de cine, incluso con reconocimiento internacional. En ocasiones, algunos títulos figuraron entre los 50 más vistos en los Estados Unidos (“La ciénaga”, de Lucrecia Martel, y “Plata quemada”, de Marcelo Piñeyro) y España (“El hijo de la novia”, de Juan José Campanella, y “Nueve reinas”, de Fabián Belinsky).
Los 53 estrenos locales del 2003 fueron récord, pero sólo atrajeron a 3,5 millones de espectadores -lejos de los 6 millones del 2000-, apenas el 11% del total de los 31,7 millones registrados. Ni siquiera lograron los resultados previstos aquellos pertenecientes al “cine industrial”, con mayores expectativas de ganancias y apoyados por pautas publicitarias en televisión. Eso ocurrió con “El día que me amen” (de Pol-ka y Artear), “Un día en el paraíso” (Telefé), “Cleopatra” y “El juego de Arcibel”, siendo quizás la excepción, hasta cierto punto, “Vivir intentando” (Patagonik y Telefé), con el conjunto Bandana.
Las realizaciones “independientes” debieron esforzarse por conseguir salas para estrenar, ya que los multicines privilegiaron a las norteamericanas (captan más del 80% del público, como verificaron Nielsen EDI Argentina y Dis-Service), que aseguran costosos lanzamientos y una salida de 30 copias para productos medianos y 150 para los grandes.
Con mínimos apoyos promocionales, las “independientes” se exhibieron en contadas pantallas (excepcionalmente, 16) durante escasos días o en las del Espacio INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales), y a veces ni siquiera fueron vistas por 10.000 personas. Entre las últimas excepciones figuraron “Mundo grúa”, de Pablo Trapero, que prácticamente sin actores profesionales y en blanco y negro interesó a 100.000, y “Pizza, birra y faso”, de Adrián Caetano.
“En el mercado local, con suerte, salimos hechos. El único negocio posible es vender afuera, incluso en mercados chicos, donde los derechos de una película pueden estar en 2.000 dólares”, explicó Octavio Nadal, director comercial de Patagonik (de las diez películas nacionales más vistas, produjo seis). Detalló que “Vivir con lo nuestro” todavía no fue un buen negocio, pero espera que lo sea si su eventual aceptación en el exterior aporta 200.000 dólares. Aquí captó 1.012.274 espectadores y facturó 4.740.600 pesos (por los distintos precios de las entradas), pero descontando los impuestos quedarían 1,4 millones, a lo que se agregarían 1,5 millones del subsidio del INCAA. Como el lanzamiento insumió 690.000 pesos en publicidad, 390.000 en copias y 400.000 en televisión, momentáneamente Patagonik tendría un “rojo” de 580.000.
En las postrimerías de la década pasada, los espectadores dejaron de concurrir a las salas, muchas de las cuales cerraron por la competencia de los videos hogareños y la televisión por cable. La situación cambió con el posterior desembarco de capitales extranjeros, la construcción de salas de última generación y la renovación de muchas existentes.
El INCAA, que reabrió 20 en diferentes lugares, sólo para exhibir filmes nacionales, siguió fomentando la producción. Así se revitalizaron la cantidad y la calidad de las realizaciones y recuperaron espectadores, permitiendo, asimismo, la incorporación de canales de televisión, productoras independientes e internacionales y jóvenes directores.
El cine argentino ganó 115 premios en festivales y muestras durante el año pasado. “El abrazo partido”, de Daniel Burman, por ejemplo, mereció en el último de Berlín el “Oso de Plata” y otro similar por la actuación de Daniel Hendler. La diversidad y la originalidad de las propuestas, en determinados casos interesó a distribuidores extranjeros y facilitó el inicio de tratativas de coproducciones, pese a que localmente no siempre obtuvieron recaudaciones satisfactorias.
“Muchas de las que no tuvieron suficiente público fue porque no tuvieron igualdad de oportunidades -argumentó Jorge Coscia, titular del INCAA-. Y un país como la Argentina no está en condiciones de tener 100 películas sin posibilidades de recuperar en la taquilla los costos de producción”.
El destino más importante siguió siendo España (“Un lugar en el mundo”, en 1991 convocó a cerca de 800.000 personas en España). No hace mucho, surgió KDM Films, asociación de la local OK (Oscar Kramer y Hugo Sigman), la italiana Mikado y la española DeAPlaneta (DeAgostini y Planeta). Además, el programa “Raíces”, impulsado por el INCAA y su equivalente de España, apunta a coproducciones sobre la base de relatos comunes que generan las raíces inmigratorias argentinas.
El suceso obtenido en el exterior por determinadas telenovelas llevó público a ciertos filmes. En Europa del Este y Rusia, por ejemplo, Natalia Oreiro se hizo popular gracias a “Cachorra” y “Muñeca brava”, por lo que se aguarda que eso influya en la recaudación de “Cleopatra”.
El Presupuesto Nacional 2003 asignó al financiamiento público de la cultura menos del 1% del Producto Bruto Interno -unos 60 millones de pesos, incomparables con los 123 millones del gobierno de la ciudad de Buenos Aires-, a lo que deben sumarse 42,6 millones de gravámenes especiales, distribuidos entre el Fondo Nacional de las Artes (4,6 millones), el Instituto Nacional de Teatro (7,1 millones) y el INCAA (30,9 millones, que en 2004 ascenderían a 41 millones).
En ocasiones, subsidios y créditos estatales se manejaron con discrecionalidad, y sin favorecer a directores debutantes. Algunos debieron encarar sus emprendimientos por fuera de los circuitos tradicionales de la producción y de la burocracia. No hay que olvidar que el año pasado irrumpieron, con o sin apoyo, Daniel Szifrón (“El fondo del mar”) -creador para la pantalla chica de “Los simuladores”-, Albertina Carri (“Los rubios”) y Diego Lerman (“Tan de repente”).
Recientemente se conocieron documentales de gran calidad -cuando el fundamental Raúl Perrone incursionó en la ficción con “La mecha”-, como “Yo no sé qué me han hecho tus ojos”, de Sergio Wolf y Lorena Muñoz, que atrajo a 30.000 espectadores; “Por la vuelta”, de Cristian Pauls, y “El Nuremberg argentino”, de Miguel Rodríguez Arias. Este mes, fue el turno de “Memoria del saqueo”, de Fernando Solanas; “La mayor estafa al pueblo argentino”, de Diego Musiak, y “Nietos (identidad y memoria)”, de Benjamín Avila. “Los documentales son una prioridad en nuestro plan de proyectos y realidades”, aseveró Coscia.
Tras dos años de inactividad, el cine de animación cuenta con dos largometrajes que se darán en las vacaciones de invierno. Patagonik (“Dibu” y “Los Pintín”) se arriesgó con las andanzas de “Patoruzito”, con dirección de José Luis Massa, y Shazam con “Teo, cazador intergaláctico”, de Sergio Fernández. Mientras tanto se aguarda que Christian Olmos consiga llevar a la pantalla grande a “Los peques”, gnomos patagónicos insertos en escenarios naturales filmados previamente, seguidos por televidentes de ciudades de la región.
En este 2004, se conocerían más de 90 largometrajes, que se encuentran en las etapas de preproducción, producción, final o vísperas de estreno, aparte de medio centenar de videos y telefilmes. Entre ellos, “Buena vida delivery”, la ópera prima de Leonardo Di Cesare, que obtuvo el “Astor de oro” al mejor largometraje y el “Astor de plata” al mejor guión -coescrito por el director con Hans Garrino-, en el 19ß Festival Internacional de Cine de Mar del Plata; “La puta y la ballena”, de Luis Puenzo; “Roma”, de Aristarain; “La niña santa”, de Lucrecia Martel; “Luna de Avellaneda”, de Juan José Campanella, y “Ay, Juancito”, de Héctor Olivera.

Miguel Angel Fuks

Contribución al fortalecimiento del desarrollo económico

BUENOS AIRES.- Por su creciente impacto sobre la generación de bienes y servicios, la producción de bienes y servicios culturales figura entre las que pueden sustentar el desarrollo económico. Fue lo que se destacó, en mayo último, en un programa del entonces Ministerio de Economía de la Nación y el Banco Interamericano de Desarrollo, de acuerdo con un estudio de P. Perelman para la oficina en Buenos Aires de la Comisión Económica para América latina y el Caribe (CEPAL).
La industria cinematográfica fue la única que no disminuyó su actividad en el 2002, pero reflejó una creciente concentración y transnacionalización, similar a la de otros países de la región. El mencionado trabajo, recomendó:
* Fiscalizar las ventas que declaran las salas para evitar eventuales pérdidas de ingresos y/o el levantamiento prematuro de las exhibiciones, aparte de maniobras fraudulentas que repercuten en la recaudación y en la liquidación de subsidios.
* La reglamentación de la “cuota de pantalla”, establecida por la ley de fomento cinematográfico, y que facilitaría, por otra parte, la transmisión televisiva de largometrajes y telefilmes argentinos, ampliando el espacio de exhibición y aportando ingresos adicionales a los productores.
* La aplicación de un promedio de espectadores por sala, como mínimo de referencia para “levantar de cartel” un film argentino.
* Mayores esfuerzos para facilitar la distribución y la exhibición de películas y su comercialización en el exterior.
* Pagar las deudas del INCAA con los productores por liquidación de subsidios.
* Mayores controles sobre los presupuestos presentados para cobrar los subsidios por recuperación industrial.
* Facilitar los aspectos normativos y burocráticos, que obstaculizan la filmación y no incentivan a los realizadores extranjeros.
El 19º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, que concluyó el 20 del actual, sirvió al presidente Néstor Kirchner para definir a la actividad como “un pilar de nuestra industria cultural”. Convencido de que “las películas nacionales cuestan poco más de un millón de pesos y deben competir con las extranjeras de 50 ó 100 millones de dólares, que llegan a las pantallas locales ya promocionadas globalmente y amortizadas”, opinó que “es una competencia entre David y Goliat que requiere políticas públicas activas de estímulo y protección”. Anunció, por otra parte, la desgravación impositiva a la importación de celuloide y el pago de 14 millones de pesos de subsidios adeudados por el INCAA entre 1999 y 2001. Conviene recordar que Jorge Coscia, titular del INCAA, hace tiempo procura que se reglamente el artículo de la ley de cine sobre la “cuota de pantalla”, para proporcionarle a cada filme “una opción de permanencia de exhibición razonable”.
Cuando el INCAA defendía la participación de la actividad en el presupuesto, durante la presidencia de José Miguel Onaindia -como en algunas de sus antecesores-, también suscribió un acuerdo de cooperación con la Unión Industrial Argentina, cuya titularidad ejercía José Ignacio de Mendiguren, luego convertido en el secretario de Industria de la Nación impulsor de la devaluación. Onaindia reconocía que mientras existía en el mundo un fuerte apoyo a la actividad, en la Argentina los productores luchaban casi aislados, a pesar de que “el cine es un sector de mano de obra intensiva sumamente calificada y que directa e indirectamente ocupa en la Argentina a cerca de 10.000 personas”.
Antes de que Adolfo Rodríguez Saá se convirtiera en presidente de la Nación, por pocos días, como gobernador de San Luis impulsó una ley de “fomento de inversiones a la industria del cine en la provincia”, mediante un fondo de fomento dotado inicialmente de 20 millones de pesos para otorgar subsidios, créditos sin intereses y becas a emprendimientos que en su mayor parte se realizaran en ese ámbito. El autor del proyecto fue el jefe de Gabinete de entonces, su hermano Alberto, el tan cuestionado mandatario actual.
Un largometraje estándar exige una inversión de 900.000 a 1,5 millones de pesos, según calcularon en el Sindicato de la Industria Cinematográfica Argentina, donde también revelaron que la mayor producción de 2003 creó 1.400 nuevos puestos laborales. Allí reclamaron “el blanqueo definitivo de la actividad que genera el reconocimiento de la Argentina en el mundo, para que los ingresos fiscales contribuyan a que se convierta en una verdadera industria”.

Superabundancia

BUENOS AIRES.- En el mundo, y por supuesto también en la Argentina, interesa analizar la relación entre economía y cultura y sus repercusiones. Lamentablemente, no trascienden demasiado las opiniones de los directores de cine, conocedores como pocos sobre lo que significa llevar adelante una actividad que fluctúa entre lo artesanal y lo fabril, especialmente cuando asumen el rol de “director-productor” para lograr respaldo económico a sus emprendimientos.
“La superabundancia de cine argentino es buenísima”, opinó Juan José Campanella, quien en mayo estrenará “Luna de Avellaneda”. No obstante, dijo que “para que salgan cuatro películas buenas, hay que hacer 40, muchas de las cuales no tienen acceso al público masivo porque, mal que les pese a sus realizadores, no están en ese 10%”. Aseguró, además, que “todo lo que es bueno encuentra una manera de emerger”, con su visión de candidato al Oscar por “El hijo de la novia”, producida por Pol-Ka, empresa constituida hace diez años por Adrián Suar y Fernando Blanco para hacer programas de televisión y que se dedicó al cine mezclando “Comodines”, “Cohen versus Rossi” y “El bonaerense”.
“El público nunca le fue fiel a nada; no se sabe ni se sabrá cómo funciona, es impredecible”, aseveró Adolfo Aristarain, quien trabajó en Madrid como ayudante de dirección durante seis años y volvió a la Argentina para hacer “La parte del león”. Después fue y volvió para trabajar y con “Un lugar en el mundo” rompió en España un tabú con el cine nacional, en tanto “Martín (Hache)” estuvo allí más de un año en cartel. Por las dudas, aclaró: “No creo en generaciones ni en nacionalidades, sí en individualidades. Se puede hablar de nacionalidad en cuanto a medios de producción, que marcan las diferencias entre hacer cine argentino y europeo”. Su experiencia es indudable: varias veces hipotecó una vivienda porteña para realizar únicamente lo que le interesaba, aunque nunca se quejó por realizar por encargo, en sus comienzos, “La playa del amor” y “La discoteca del amor”.
“Nos parece que somos parte de un mundo global y no lo somos; estamos siendo consumidos por un modelo anglosajón cultural, codificados -alertó Héctor Babenco (“El beso de la mujer araña” y “Pixote”). Lo importante es que ahora tanto el cine brasileño como el argentino están reconquistando a sus públicos. Es una forma poderosa de hacerle frente al invasor que nos está uniformando”. Con el apoyo de Sony Pictures (Estados Unidos) -antes consiguió otros internacionales-, el marplatense Babenco hizo “Carandiru”, que logró en Brasil el récord de 5 millones de espectadores.

 

 
 
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