Estuvo 19 años presa: “La cárcel me dio lo que la vida me quitó”

Benita Epulef estuvo 19 años presa. Entró analfabeta y salió como estudiante universitaria. En libertad condicional desde hace seis meses, una tobillera electrónica le permite moverse por Viedma de 8 a 22. Quiere ser abogada.

17 sep 2017 - 00:00
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“La cárcel me dio lo que la vida me quitó”. Estuvo en prisión casi 19 años. Entró analfabeta y salió con un pie en la universidad. De allí esa definición de años de encierro y de todo lo que esa experiencia eterna significa.

Benita Epulef cumplió con ese objetivo de los servicios penitenciarios que suele quedar en la teoría: la resocialización. Después de insistir y mantener a rajatablas tanto su conducta como su voluntad de progresar, hace seis meses que logró su libertad condicional con la colocación de una tobillera electrónica que la autoriza a moverse en Viedma entre las 8 y las 22. Poco falta para que le saquen la tobillera. Seguirá sin ella en situación de libertad condicional hasta cumplir con su condena por un robo calificado seguido de homicidio ocurrido el 21 de junio de 1998.

Otra vida

Los pesares del encierro quedaron atrás y hoy elige quedarse sólo con lo positivo que para ella es lo más importante: saber leer, escribir y haber transitado el mundo de la educación. “Aprendí a reconocerme como persona, a quererme. No me canso de decirlo en el grupo de autoayuda para tratar adicciones a la droga y al alcohol al que concurro”.

Admitió que en el 98 cuando recayó en el consumo “me junté con personas que no debía aquella noche” y recordó su mal comportamiento en la comisaría Primera de Viedma, el primer lugar de detención, que incluyó quema de colchones, rotura de vidrios pero “fueron muy buenos conmigo durante los años de encierro tanto aquí como en el Servicio Penitenciario Federal. Y pude salir adelante”.

De ese buen trato mencionó a la oficial Mónica Lavezzo que “me acompañaba en el patrullero desde la Primera al grupo de autoayuda que estaba en la calle Moreno”.

Confió que siguió consumiendo hasta estando detenida porque me llevaba “uno que se decía amigo hasta que al año aprendí a decir que no. Ese fue mi primer gran logro y después de ese ‘no’ aprendí a decir sí para progresar y me di oportunidades. Estudiar fue lo primero”.

En la comisaría Primera de Viedma comenzó la primaria y cuando en 2003 la trasladaron a Ezeiza llegó con el boletín escolar. Ese documento que certificaba mucho más que voluntad cambió la mirada de la guardiacárcel que la recibió a más de 1.000 kilómetros de Viedma, de sus siete hijos. El trato fue distinto y el objetivo siguió en la misma dirección. Benita se inscribió para seguir estudiando en la Unidad Tres con una población de 1.200 internas en ese momento.

Allí terminó la primaria y comenzó el secundario, además de trabajar en lo que fuera. Ocupar la mayor cantidad de horas era una forma de traspasar el límite de las rejas “porque en la cárcel se pasa de todo. Tuve peleas y me defendí pero yo quería estudiar para hacer algo en el caso de salir viva. Y eso me sostuvo siempre”.

En 2007 fue trasladada a la Unidad 31 de Ezeiza hasta que salió el beneficio de detención domiciliaria. “Es un lugar para personas capacitadas que están estudiando es la que le dicen cárcel modelo con menos población. Éramos 300 incluidas mamás con hijitos”. En este sector terminó el secundario y comenzó con el ciclo básico en la UBA. “Me costó mucho pero estoy contenta. Quiero ser abogada penalista”. También estudió teatro y escribió el libro “Volver a nacer” en el que recuerda momentos buenos y malos, como en este diálogo con “Río Negro”.

Solo al jardín de infantes

La necesidad de llevar un plato de comida para alimentar a 14 hijos dejó atrás otras prioridades como la escuela. En lugar del primer grado, Benita ayudó a su papá que era “carneador” en el matadero y vendía carne.

“Yo con siete años ayudada y levantaba pedidos. Lo único que hice fue jardín”, señaló al indicar que tampoco la salud era prioritaria en ese hogar. De esos 14 hermanos murieron 11 “muchos de muy chiquitos. Recuerdo haber jugado con uno y al otro día verlo muerto. Mi hermanito Ceferino se murió de sarampión. No teníamos ni agua caliente”.

A los 11 el trabajo cambió de rumbo y el servicio doméstico fue la opción. “Limpiaba y llevaba a unos nenes casi de mi edad a la escuela. Cama adentro en casas del centro”.

Sus padres se separaron por el problema con el alcohol de su papá y a los 14 armó pareja, a los 15 tuvo a su primer hijo y a los 21 se separó ya con tres niños.

“La vida me castigó feo pero la devolución que tengo hoy es enorme y con esto me quedo. La cárcel fue mi escuela porque en libertad vivía presa del alcohol y las drogas. Tuve la virtud de seguir adelante sin esas ’adicciones. Empecé a estudiar y a reconocerme. Hoy soy una persona totalmente trasformada. La cárcel me dio todo. Conocí personas buenas que me ayudaron, entre ellos directores que me apoyaron y me dieron tratamiento psicológico”, dijo antes de despedirse y confundirse entre la gente que caminaba por la plaza San Martín como lo hace a diario a la hora que quiere. En absoluta libertad, como la mayoría, respetando la vida ajena y esperando que los demás respeten la propia.

“Conocí personas buenas que me ayudaron, como la oficial que me acompañaba en el patrullero al grupo de autoayuda...”.
“La cárcel fue mi escuela porque en libertad vivía presa del alcohol y las drogas. Aprendí a decir no y ese fue mi primer gran logro...”.
Benita Epulef y su experiencia en los penales donde estuvo detenida.
El caso por el que
fue condenada
Benita Epulef fue condenada a perpetua junto con Miguel Ángel Rusconi por el delito de “homicidio calificado por ensañamiento, en concurso ideal con homicidio criminis causa y robo calificado por acometimiento en lugar poblado y en banda en concurso real”. El hecho ocurrió el 21 de junio de 1998 y la víctima fue Renée Livigni, hermano del por entonces subsecretario de Comunicación Social de la Provincia, Omar Livigni.

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