104 años de una matanza cobarde: Zainuco

El 23 de mayo de 1916 se produjo una fuga de presos de la U9. Siete días después, ocho de ellos fueron asesinados por la espalda en Zainuco, mientras bebían agua en una laguna.



El próximo sábado se cumplirán 104 años de aquel 23 de mayo de 1916, cuando la ciudad de Neuquén se conmocionaba con la fuga de los presos de la Unidad Penitenciaria 9 y que derivó en una de las más crueles y cobardes matanzas, la de Zainuco.

Ocho presos fueron emboscados en el paraje cercano a Primeros Pinos y asesinados por certeros disparos en la cabeza. La orden la había dado el entonces jefe de la Policía Adalberto Staub.

La historia comienza ese 23 de mayo cuando cansados del hacinamiento y dominados por el hambre un grupo de presos decidió llevar a la práctica lo que hacía meses venían proyectando: la fuga.

Las crónicas cuentan que no les fue difícil violentar el precario sistema de seguridad de la U9, que por entonces no tenía muros. Fue también fácil hacerse de fusiles para emprender la huida. Divididos en grupos tomaron caminos diferentes. El que nos ocupa hoy, integrado por 17 hombres entre 22 y 30 años, siguió el camino de lo que hoy la ruta 22. Su destino final era Chile, país que les significaría su libertad.

Pero la suerte les fue esquiva el 30 de mayo, cuando fueron emboscados en un rancho del valle Zainuco, donde se había refugiado para pasar la noche. Uno de ellos había decidido ir a Zapala y salvó su vida.

El enfrentamiento con la policía duró tres horas, pero los presos no estaban dispuestos a resignar su pasaporte a la libertad. Un disparo en la cabeza que terminó con la vida del líder del grupo, obligó a los demás a rendirse. Entregaron sus armas y pidieron clemencia.

Pero otros eran los planes de Staub. Fueron divididos en dos grupos de ocho, uno de ellos fue trasladado a Zapala, todos salvaron su vida. El otro quedó en Zainuco. El jefe de la policía ordenó conducir a esos ocho hombres a una laguna cercana para que bebieran agua, un gesto de humanidad que en realidad escondía una mente criminal. Cuando los presos se agacharon para beber, los policías les dispararon por la espalda. Todos tenían un impacto de bala en la sien.

La versión de la policía fue que cuando eran conducidos hacia la laguna, los reos se revelaron, les arrebataron los fusiles e intentaron huir. “No hubo más remedio que dispararles”, diría tiempo después Staub ante las autoridades neuquinas.

Hoy solo queda una cruz de madera sobre una tumba común y un pedido justicia que no llegó.

Población

172
presos vivían hacinados, enfermos y mal alimentados en la U9.

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