El camino hacia el bienestar

Por Rolando Citarella

Redacción

Por Redacción

La actual situación económica es sustancialmente mejor que la de hace dos años atrás. El crecimiento económico ha sido importante en el 2003 y lo será seguramente en el corriente año.

Ahora bien, el tema es saber si estamos en el buen camino. Es decir, si ese crecimiento económico será sostenido y se traducirá en un mejor bienestar en el largo plazo, o si se trata sólo de la parte dulce de todos los planes, como también la tuvieron el Plan Austral entre 1985 y 1987 y la Convertibilidad entre 1991 y 1995, por citar los más recientes, y que como bien sabemos también, terminaron en nuevas frustraciones.

Veamos qué está pasando hoy. En primer lugar, hay que señalar que en términos de bienestar general, medido como la cantidad de bienes y servicios que puede disponer la sociedad, lo que es relevante, lo que hay que observar es qué es lo que está pasando con la eficiencia o productividad global de la economía.

Invariablemente los gobiernos, y el actual no es precisamente una excepción al respecto, nos bombardean con información referida al «buen comportamiento» de la economía, estabilidad del dólar y de precios, tasa de interés, superávit fiscal y comercial, recaudación impositiva, etc. Sin embargo, más allá de ese «buen comportamiento», ninguna de esas cuestiones, por sí misma, hace al bienestar general.

Lo importante es ver qué está pasando con la productividad. Es decir: 1) ¿cuántos estamos trabajando realmente en el país?; 2) ¿cuántos estamos trabajando?; 3) ¿en qué estamos trabajando? y 4) ¿con qué estamos trabajando?

El primer interrogante sería la contrapartida del desempleo, con la salvedad que en el caso argentino, por su relevancia, hay que sumarle el desempleo encubierto, estatal o para-estatal, constituido no sólo por el personal excedente en las superestructuras del Estado, los ñoquis y los planes sociales, sino también por el personal excedente de todos aquellos organismos, corporaciones y organizaciones que se financian con imposiciones forzosas o de orden público (obras sociales, colegios profesionales, etc.). En definitiva, todas aquellas personas que ocupan «puestos de trabajo», pero que no producen ningún bien o servicio que agregue mayor bienestar a la población. En este punto, claramente estamos muy mal.

La segunda pregunta está referida a la cantidad de horas trabajadas. Aquí podríamos decir en principio que estamos bien, si nos referimos a la población ocupada en empleos «en serio».

Pero dado que no podemos soslayar lo señalado en el punto anterior sobre el alto desempleo disfrazado, el resultado final de horas trabajadas no es bueno. Más aún, si le agregamos el disparatado tratamiento que se les da en la Argentina a los feriados, pasando a días laborales aquellos que caen en fin de semana (¿?).

El tercer interrogante es más de fondo todavía y apunta a definir si mayoritariamente estamos trabajando en actividades primarias (agricultura, ganadería, pesca y minería), secundarias (industria) o terciaria (servicios), teniendo en cuenta que la riqueza de las naciones, tomada en términos de bienestar, ha ido creciendo en la medida en que fueron pasando de actividades primarias a secundarias y terciarias. Acá tampoco estamos bien. Con excepción del turismo (servicios), los sectores que lideran el crecimiento de los últimos dos años (petróleo y agricultura) pertenecen al primer grupo de actividades.

Por último, el con qué trabajamos tiene que ver con la tecnología que lo hacemos. En este punto tampoco estamos muy bien que digamos. Porque si bien en algunos sectores, como el agrícola, estamos a la altura de los países desarrollados, se trata como ya dijimos, de un sector que no contribuye en gran medida al valor agregado y, en consecuencia, al bienestar.

La conclusión entonces es que más allá de la buena performance que puedan mostrar algunas variables macroeconómicas (y es bueno que así sea), no hay que encandilarse con ello. Porque poco y nada se está haciendo por modificar las cuestiones de fondo que hacen a la eficiencia y la productividad global de la economía y en última instancia al bienestar general.

Unicamente siendo eficientes y productivos saldremos de los problemas. Podremos crecer sostenidamente, pagar deuda, disminuir la pobreza, repartir mejor la riqueza, etc., tal como ocurre en los países desarrollados. Pero claro, eso requiere el reemplazo de empleos «truchos» creados por decreto por políticas serias destinadas a la generación de trabajo genuino, lo cual exige también tener convicciones, audacia y poder suficiente como para «pisar callos» o, dicho en otras palabras, para poder romper con estructuras, corporaciones, regulaciones, privilegios, derechos adquiridos, etc., que están demasiado enquistados en la «forma de ser» argentina y que el único bienestar que agregan es el propio de los beneficiarios directos de los mismos.


La actual situación económica es sustancialmente mejor que la de hace dos años atrás. El crecimiento económico ha sido importante en el 2003 y lo será seguramente en el corriente año.

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