La identidad nacional
Una de las claves fundamentales de nuestro «ser nacional» es la pregunta acerca de si existe tal cosa o si es un mero invento publicitario. Muchas otras claves se encuentran en nuestra historia, tanto en la «historia oficial» escrita por los liberales del siglo XIX y sus continuadores como en los revisionistas de derecha y en aquella historiografía que trata de recuperar la complejidad, que se niega a reconocer a los próceres de bronce con la mirada puesta en un futuro venturoso.
Porque ese futuro venturoso se ha transformado en una debacle y, de habernos (casi) creído que éramos un país del Primer Mundo, hemos caído en la más profunda de las depresiones, de la cual recién estamos comenzando a recuperarnos. De ser los primeros, creímos que éramos los últimos, porque siempre nos sentimos algo excepcional («Dios es argentino…») y nos costaba aceptar que sólo éramos un país más entre casi 200. Estas reacciones bipolares forman, por cierto, parte esencial de nuestra identidad. Así como la oscilación entre una personalidad europea y una latinoamericana.
Esta bipolaridad es ciertamente uno de nuestros rasgos característicos, que se manifiesta en el fútbol y en la política. Se une con un tan enorme deseo de estar del lado del ganador, que a veces los principios son vapuleados y sufren.
Otra de las claves de nuestra identidad está en los orígenes: tanto en la cultura colonial hispana como en los resultados de nuestras guerras de independencia, que condujeron a la mutilación del territorio del original Virreinato del Río de la Plata por la pérdida de lo que entonces era su región más próspera, las provincias del Alto Perú. Alrededor de éstas giraba toda la economía del NOA, que quedó pauperizado y aislado de su centro, además de ser devastado por las guerras mismas. Surgió entonces la preeminencia de Buenos Aires y el monopolio del comercio internacional a través de la Aduana. La cultura colonial fue reemplazada por la cultura del contrabando y la ligazón creciente con las potencias colonialistas europeas.
En cuanto a nuestros héroes genuinos, suceden cosas curiosas: celebramos a San Martín como libertador y a Belgrano como militar, aunque San Martín no nos liberó y Belgrano fue mucho más importante como pensador y visionario de nuestra cultura que como estratega militar y creador de la bandera nacional, sin desdeñar estas hazañas.
Al analizar nuestra evolución independiente durante el siglo XIX y sus continuas guerras civiles, se suele ignorar el hecho de que esas guerras civiles no eran bipolares, como nos gustaría que hubiesen sido, una simple lucha entre unitarios (liberales) y federales (conservadores). Por ejemplo, el derrocamiento de Rosas no se entiende si no se tiene en cuenta que la lucha tenía tres bandos enfrentados y no dos, como se nos enseña habitualmente: Buenos Aires, el interior, y el litoral fluvial, cuyos intereses eran totalmente diferentes de los del interior propiamente dicho, ya que no querían que su prosperidad debiese pagar peaje a Buenos Aires. De ahí la «traición» de Urquiza, y otra de las claves de nuestra complejidad.
Desde la época de la generación del '80, la unidad nacional y nuestra inserción en el mercado mundial de la mano de Gran Bretaña la potencia dominante de la época, fuimos uno de los principales destinos migratorios del mundo. Así como los peruanos descendían de los incas, los argentinos descendíamos de los barcos, se decía. No eran los blanquitos, ingleses y escandinavos que hubiese deseado Sarmiento: los inmigrantes eran más bien sureños, italianos y españoles morochos, no tanto como los indios o los negros a quienes se tendía a ignorar además de explotarlos, pero morochos al fin. Pero los que mandaban, esos sí eran blancos, indistintamente si eran de ascendencia espa
ñola colonial o ingleses de la clase comerciante. Mientras tanto, nacía una modesta industria, aún en contra de los deseos del poder conservador. Y una creciente lucha de clases.
La inserción de la Argentina en la división internacional capitalista del trabajo efectuada por la generación del '80 produjo unos promedios estadísticos impresionantes: nuestro PBI per cápita era uno de los más altos del mundo entero; llegamos a tener más automóviles que Francia. Aún hay muchos que se preguntan por qué no somos Australia o Canadá, y otros que medio en broma y medio en serio se preguntan si para eso no hubiésemos debido ser derrotados en las invasiones inglesas. Es curioso que no se plantee nunca que una gran parte de Africa fue también colonizada por esos mismos ingleses… podríamos hoy ser Nigeria y no Australia.
Tenemos, pues, muchos ingredientes, entre los cuales la masacrada raíz indígena que actualmente viene por sus fueros juega un papel menor. Por eso, como también Chile y Uruguay, tampoco somos enteramente latinoamericanos. Pero, por supuesto, no somos europeos aunque nos gustaría serlo. ¿Qué somos, entonces? Somos una cultura esencialmente híbrida que siempre es más difícil de aprehender que una más homogénea, pero este carácter híbrido también tiene sus ventajas. Tenemos rasgos únicos, que caracterizan una genuina cultura argentina, diferente de las demás. Tenemos una riqueza cultural enorme, en todas las ramas del arte y tenemos científicos que se destacan internacionalmente, a veces más que aquí, en casa; eso forma parte de nuestro complejo de inferioridad: hay que tener éxito afuera para ser reconocido adentro. Ya lo dice la letra de nuestro himno nacional, que se dirige a solicitar la admiración extranjera más que a estimular nuestra propia creatividad o combatividad.
También tenemos singularidades políticas. Las dictaduras militares han sido una de las constantes latinoamericanas, pero sólo nosotros supimos generar un movimiento como el de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo; hemos generado el uso de la Antropología Forense como herramienta de búsqueda de la verdad; tenemos un innovador conjunto de empresas recuperadas por sus trabajadores cuando fueron vaciadas por sus propietarios originales; somos los únicos que enjuiciamos a los militares de la dictadura por algunos de sus crímenes, aunque aún nadie recuerda el primero de todos: el atentado contra la legalidad misma, que los hace culpables del delito de sedición y traición a la patria, delito por el cual nunca se juzgó a nadie.
También tenemos al peronismo: irónicamente se dice que somos todos peronistas, hasta los radicales. Ese movimiento, originariamente un populismo autoritario de derecha que sin embargo logró los mayores niveles de inclusión social y de justicia distributiva de toda nuestra historia, fue protagonista de desgarradoras luchas internas (nuevamente la polaridad) que terminaron con su completa desideologización, hasta el punto de abarcar la totalidad del espectro político, y ahora permite que sus dirigentes naveguen de la izquierda a la derecha o viceversa sin mayores problemas políticos ni de conciencia.
Además, tenemos unos niveles descomunales de corrupción y un intrínseco desdén por la legalidad. Esta corrupción fue muy agravada durante la variante ultraliberal del peronismo conocida como menemismo, pero eso no se hubiese producido con el aplauso de tanta gente si la trasgresión por un lado y el poco aprecio por lo nuestro por el otro, no formara también parte de nuestro ser nacional; aunque la corrupción está muy generalizada y parece ser una componente constante de los negocios tal como se los encara en la actualidad en todo el mundo.
¿Podemos armar este puzzle descomunal y definir una entidad argentina definible? Tal vez sea el puzzle mismo esta entidad.
TOMAS BUCH (Tecnólogo generalista).
Especial para «Río Negro»
Una de las claves fundamentales de nuestro "ser nacional" es la pregunta acerca de si existe tal cosa o si es un mero invento publicitario. Muchas otras claves se encuentran en nuestra historia, tanto en la "historia oficial" escrita por los liberales del siglo XIX y sus continuadores como en los revisionistas de derecha y en aquella historiografía que trata de recuperar la complejidad, que se niega a reconocer a los próceres de bronce con la mirada puesta en un futuro venturoso.
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