“Cuidar el misterio”: Tamara Silva Bernaschina y la escritura de lo que no se dice

Con apenas 25 años, la escritora uruguaya acaba de publicar en la Argentina "Temporada de ballenas" (Editorial Concreto), su primera novela, después de dos libros de cuentos elogiados y premiados. En diálogo con Lecton, habla de la infancia en el interior de Uruguay, los recuerdos que se inventan, la naturaleza, el silencio y esa zona inquietante de sus historias que prefiere no explicar del todo.

Por Verónica Bonacchi

Lo que se ve: una ventana. Del otro lado, el pulmón de manzana de un edificio en Montevideo. En la pantalla, en primer plano, aparece Tamara Silva Bernaschina, escritora y estudiante de Letras, de 25 años. Está sentada en un sillón.
Lo que se escucha. Tamara Silva Bernaschina no parece de 25 años. Su cara es la de una joven apenas salida de la adolescencia, pero su voz, su calma y sus palabras parecen las de alguien que lleva años en el oficio, y en la tierra.


Ya tiene tres libros publicados -dos de cuentos, “Desastres Naturales” y “Larvas” (Páginas de Espuma, 2025), y la novela “Temporada de ballenas” (Concreto, 2026)-, todos elogiados y premiados, tres libros que la han llevado a la Feria del Libro de Madrid y como invitada a dos residencias literarias en España. Ella no suena apabullada. Quizás sí un poco harta de que el foco esté puesto en su juventud más que en sus libros. Pero ha aprendido incluso a tomarse ese desplazamiento de la atención con tranquilidad.


Tamara nació en el interior de Uruguay, en Minas, a una hora y media de Montevideo, la capital uruguaya en la que vive desde 2019. Pero dice que prefiere el pueblo, que extraña el campo donde pasó parte de su adolescencia -en Aiguá-, y sus libros transcurren en esos lugares del interior donde aprendió muy temprano a leer, donde le tomó el gusto a la escritura y donde la naturaleza, muchas veces hostil, se filtra indómita.


Habla suave, pero escribe como si tuviera algo en estado salvaje. Las transformaciones del cuerpo, las relaciones familiares, los vínculos entre lo humano y lo animal, todo puede volverse extraño, inquietante en sus historias. Hay quienes emparentan su estilo con el de las argentinas Selva Almada y Samantha Schweblin, pero no parece estar imitando nada. Tiene una voz propia.


-Escribo desde siempre, en el sentido de que no recuerdo un momento de mi vida en el que ya supiese escribir y no estuviese escribiendo. Creo que también ocurrió porque siempre estaba leyendo o me leían muchos cuentos, y tenía muchos libros a disposición. Había algo de la imitación, de ponerme a dibujar lo que veía en un libro, y después escribir unas palabras. Y además, me moría de ganas de aprender a escribir. Mi madre, mi padre y mis dos abuelas son maestros. Mi abuela me cuidaba y ella daba clases particulares en su casa. Aprendí ahí. Y la escritura estuvo ahí hasta que en la adolescencia empecé a pensar en que estaba escribiendo un cuento, un pensamiento más elaborado alrededor de lo que estaba haciendo. Compartía cosas con mis amigas que también escribían, una cosa más colectiva también. Ya en los últimos años de la secundaria hice un taller, y eso me dio herramientas para hacer algo con esa materia que ya estaba, pero que era un párrafo suelto por acá, otro por allá; mi dispersión natural, que ha estado siempre, pero agudizada en el texto.


-¿Hubo lecturas que te hayan despertado o aumentado ese deseo de escribir?
-Creo que sí. Pensando en estas lecturas muy, muy tempranas, hay una novela inglesa, Belleza Negra, de Anna Sewell (traducida también como Azabache), que fue el primer libro que pude leer sola, pero también el primer libro que me leyeron completo. Fue como un ejercicio de repetición: mi madre me lo leyó, después yo lo leía y anotaba. Fue un libro que releí muchas veces. Porque había libros, pero no había plata para comprar un libro por semana, entonces cuando entré al mundo de las sagas capaz había que esperar un año, entonces releía mucho. De Belleza Negra tengo un recuerdo hermoso; todo ese texto contado en primera persona por un caballo, una autobiografía, en la que habla de sus dolores, de todas sus alegrías, de los dueños que tuvo. Hay una sensibilidad ahí que me gusta mucho.


-Ahora estás viviendo en Montevideo, estudiando la Licenciatura en Letras. Pero naciste en una ciudad del interior y pasaste parte de la adolescencia en el campo. ¿Cómo viviste esa diferencia?
-Hay un abismo. La distancia que hay entre Minas y Montevideo es de una hora y media. Pero yo pensaba en lo que significó esa distancia para mí, porque no sólo era que no tenía familia en Montevideo, ni motivos para ir, sino más bien cómo nos movíamos en ese momento: nos tomábamos un ómnibus, los pasajes salían carísimos, no teníamos auto, entonces la distancia para mí se alargaba. Y sobre todo pensando alrededor de la cultura, todo quedaba lejos: durante mucho tiempo yo no conocí a nadie que escribiera y que viviera en Minas en el mismo momento que yo, o no había ido al teatro hasta no sé qué edad. La distancia se nota también en las lecturas: en mi ciudad había una papelería-librería, que no tenía muchos libros; quizás de literatura infantil sí, pero una vez que quise leer otras cosas, ¿dónde se buscaban? Ahí entran a jugar un rol importante para mí mis profesores de literatura. Y pasaba lo mismo con la música, el teatro, el cine. Por eso también se alejaba la posibilidad de hacer algo con la escritura: yo nunca pensé en publicar, nunca pensé en mostrarle a alguien un texto.


La ballena solitaria



La novela que acaba de publicar, “Temporada de ballenas”, vuelve justamente a ese territorio. Es su primera novela y está narrada a veces por una niña a veces por una joven, que reconstruye su infancia en Minas. El agua aparece de muchas formas – los arroyos, el anhelo por conocer el mar- también los sonidos y aquello que no se puede escuchar o llega distorsionado. En el centro está la relación con su hermana, su madre, sus abuelos y, alrededor, una familia atravesada por silencios, ausencias y secretos. La novela avanza en fragmentos, acercándose lentamente a algo que la narradora todavía no puede comprender del todo.


Entre esos fragmentos aparece una ballena, la llamada ballena de los 52 hercios, cuyo canto se encuentra en una frecuencia diferente y a la que se conoce como “la ballena más solitaria del mundo”. Esa historia real funciona en la novela como una imagen poderosa: alguien que emite una señal que quizá nadie puede escuchar. También como una forma de pensar la infancia, esa edad en la que los adultos parecen hablar en un código al que los chicos no tienen acceso.


-¿Cómo llegaste a la ballena de los 52 hercios?
-Llegué como llegó la narradora: a través de mi correo, y de un portal de noticias, tal cual. Había escuchado algo, quizás porque alguien me lo había dicho o porque lo había visto fugazmente en Instagram, pero cuando apareció esa nota me quedé obsesionada. Era una nota corta que no decía demasiado. Entonces empecé a buscar videos, artículos, información, y ahí empezó a crecer esta línea que atraviesa la novela y que tiene que ver con esa ballena solitaria, que nadie escucha.


-Esa idea de la soledad de la ballena parece dialogar con la niña de la novela: con esa sensación de que los demás saben cosas que ella no sabe, de que hay conversaciones a las que no tiene acceso.
-Sí. Ese trabajo alrededor de lo que ella no sabe, de lo que no le cuentan. Por primera vez, o por lo menos haciéndolo de una manera muy consciente, estuve hurgando en el recuerdo. Sobre todo en relación con el agua: invocar recuerdos alrededor de una materia y, en esa invocación, empezar a identificar cosas que creo que no pasaron o que pasaron distinto. Pero que llegan de esta manera en la que nunca voy a poder saber cuál es el recuerdo original, cuál es esa imagen. También inventar recuerdos a partir de fotografías y estar muy segura de que las cosas habían pasado de determinada manera, para después mirar el álbum familiar y descubrir que no: lo que había visto era esa foto. Ese trabajo con un material muy personal, mío y familiar, y a partir de ahí construir la ficción, fue muy divertido.


-En esta novela, pero también en tus cuentos de “Larvas, en esa convivencia entre animales y naturaleza, hay algo ominoso que nunca termina de explicarse. ¿Cómo trabajás esa dimensión?
-Algo que para mí era muy importante: cuidar el misterio. No solo el misterio de las historias, sino también el de los personajes: cuidarles esas sombras y no poner el foco donde yo creo que no hay que ponerlo. Son esas sombras, esos misterios y esas cosas que no se dicen las que hacen aparecer eso más ominoso, más siniestro. En cualquier narrativa hay algo que queda por fuera. Creo que acá lo que me interesaba era poder asomarlo, encimarlo al texto sin mostrarlo del todo. Como si hubiera algo debajo, una curva que se estuviera formando por debajo de la página. Está ahí, pero no se sabe exactamente qué es. Y también hay un espacio para que quien lee pueda especular alrededor de eso.


La misma búsqueda aparece en “Temporada de ballenas”, aunque desplazada hacia la infancia. Hay algo que la protagonista no sabe, algo que los adultos callan y que el lector tampoco recibe de inmediato. Y también está Minas, esa ciudad en la que conviven las canteras de Portland, el aire viciado de ese polvo que enferma, el cerro con la virgencita, y el hueco, ese valle hundido en el que está el pueblo. «Es algo con lo que conviví tanto tiempo que dejó de ser una preocupación en algún momento. La convivencia con ese problema y con ese dolor fue en una época en la que quizás no estaba pensando “qué mal que está esto”, o capaz que sí, pero no como una manera de describirlo y pensarlo demasiado. Entonces ahora, al hacer esta invocación del agua, de repente aparecía lo contrario: la cantera y la profundidad. Al pensar en el cerro, también pensar en el hueco, en el valle donde está la ciudad, que es el opuesto y que está al lado. Todas las imágenes se vinculaban de alguna manera, por presencia o por ausencia».


Lo que se ve: una ventana. Del otro lado, el pulmón de manzana de un edificio en Montevideo. En la pantalla, en primer plano, aparece Tamara Silva Bernaschina, escritora y estudiante de Letras, de 25 años. Está sentada en un sillón.
Lo que se escucha. Tamara Silva Bernaschina no parece de 25 años. Su cara es la de una joven apenas salida de la adolescencia, pero su voz, su calma y sus palabras parecen las de alguien que lleva años en el oficio, y en la tierra.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora

Comentarios