Samanta Schweblin: por qué es la heredera del fantástico argentino
Lo singular en la literatura de la aclamada autora argentina radicada en Berlín no está solo en qué cuenta, sino en cómo lo cuenta: cada palabra es una decisión pensada. Esa economía es el modo en que consigue la máxima tensión con los mínimos recursos.
La literatura argentina del siglo XXI tiene un rasgo que salta a la vista: la irrupción de una fuerte presencia de escritoras que durante mucho tiempo quedaron invisibilizadas. Con esas voces entran al campo literario temáticas y debates feministas que reconfiguran tradiciones enteras. Samanta Schweblin es, en ese contexto, uno de los nombres ineludibles, una autora que hereda un linaje —el del fantástico argentino— y que, al mismo tiempo, lo transforma por completo.
Para entender su lugar conviene recordar cómo funciona el género que la precede. Lo fantástico es, en su versión más simple, el choque entre lo posible y lo imposible, esa frontera difusa entre lo real y lo sobrenatural. Es la operación que Borges y Cortázar instalaron como marca registrada de la literatura fantástica argentina.
Lo extraño irrumpe en un marco cotidiano y los personajes lo aceptan con naturalidad, ya sin la vacilación que Todorov ponía en el centro del género. Schweblin retoma ese gesto —lo inexplicable metido de lleno en lo cotidiano— pero le agrega algo propio, lleva la verosimilitud al límite y no suelta al lector hasta la última línea.
Pero lo más singular de Schweblin no está solo en qué cuenta, sino en cómo lo cuenta. La autora explica, en diferentes entrevistas, que cada palabra de sus textos es una decisión pensada. Esa economía no es un capricho estilístico, es el modo en que consigue la máxima tensión con los mínimos recursos. Y esa faceta de artesana —el control técnico llevado al extremo— convive, paradójicamente, con la apertura más radical hacia quien lee.
Sus cuentos son lo que Umberto Eco llamó una “obra abierta”: textos que necesitan la cooperación activa del lector para darles un sentido amplio. Los silencios, las elipsis, los finales que no resuelven nada, los narradores que no saben o que saben más de lo que cuentan: todo eso es una invitación constante a llenar los espacios vacíos.
Esa tensión entre precisión y apertura es, quizás, la paradoja central de su escritura. Los teóricos de la recepción decían que el texto literario existe recién en el acto de la lectura, es decir, es el lector quien completa los “lugares de indeterminación” del texto y son esos vacíos los que generan el verdadero movimiento estético. En Schweblin, esos vacíos no son un descuido, son una arquitectura planificada.
La tensión narrativa que la caracteriza es el resultado de una gestión calculada de lo que no se dice. El pacto que propone a su lector es, en ese sentido, un pacto de incertidumbre activa. Nos convoca a completar lo que el texto calla, pero sin garantizar que la versión interpretada sea la correcta.
¿Qué lugar ocupa, entonces, Samanta Schweblin en la literatura argentina? Beatriz Sarlo observó que la proyección internacional de Borges terminó por despojarlo de nacionalidad. Schweblin invierte ese movimiento, cuanto más crece su circulación internacional, más visibles se vuelven las marcas de origen argentino que sostienen sus textos. Es heredera de Cortázar, de Ocampo, de Bioy Casares, pero convierte esa herencia en otra cosa, utiliza narradores imposibles, la verosimilitud como trampa y un lenguaje económico que tensiona cada silencio.
Por eso la literatura de Schweblin no se lee, se atraviesa. No admite un lector pasivo, exige un cómplice, alguien capaz de sostener la incomodidad de no saber, de dejar la pregunta abierta mucho después de la última página. Su narrativa no promete resolución alguna; ofrece algo mejor, la certeza de que lo cotidiano, tras leerla, ya no volverá a mirarse del mismo modo. El umbral está ahí, del otro lado de la primera página: cruzarlo es fácil, volver no tanto.
(*) Profesor de Lengua y Literatura IFDC de Villa Regina.
La literatura argentina del siglo XXI tiene un rasgo que salta a la vista: la irrupción de una fuerte presencia de escritoras que durante mucho tiempo quedaron invisibilizadas. Con esas voces entran al campo literario temáticas y debates feministas que reconfiguran tradiciones enteras. Samanta Schweblin es, en ese contexto, uno de los nombres ineludibles, una autora que hereda un linaje —el del fantástico argentino— y que, al mismo tiempo, lo transforma por completo.
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