Septiembre

Redacción

Por Redacción

En clave de y

MARIA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

Ya llegó. Tanto esperarlo… Ya está aquí. Con su insolente sol, su desprolija brisa, su súbito calor, sus flores y hojas y verdes y colores y gente por todos lados… Esperen un momento. ¿Qué pasa aquí? Noto en cada palabra una especie de fastidio. Vieron, como cuando se esperan familiares y se prepara todo y ¡hola!, tanto tiempo, qué grande que está esta nena, y… y de repente, una parte, una muy fastidiosa parte, quiere la paz anterior, quiere volver a los tranquilos ritos. Ah, alma mía. ¿Serás una eterna descontenta? Ha sido un invierno largo, largo. Y debo reconocerlo: un excelente pretexto para hibernar de lo que se llama “sociabilidad”. Antes, una pequeña digresión. Creo, lo creo en serio porque lo siento, que el invierno debería marcar en nuestras vidas un ritmo distinto. Un ritmo interior, reparador. Un volverse semilla humana, complacerse en el pequeño atisbo de vitalidad ligada al sol y al fruto. En cambio… En cambio, cada día, les juro, cada uno de los días, llegaban las siete de la mañana y la locura empezaba como si nada, se colaba por mi ventanal: miles de motores, abrumadoras bocinas, frenazos, gente apresurada, emponchada, encapuchada, cabeza abajo, huyendo a sus trabajos, a sus particulares obligaciones autoimpuestas para “estar bien”. Con un frío de locos y un viento helado. Entonces, cuando yo también, porque era inevitable, porque las voces perentorias, admonitorias, de la “sociabilidad” y la “salud” eran más fuertes que ese ancestral impulso de semilla, cuando yo también salía a esa calesita frenética, serpenteando un precario caminito hecho por obreros que levantaban una torre más, ¡una más!, entonces, más de una vez, en realidad, muchas veces, me preguntaba qué estoy haciendo. Qué estamos haciendo. Calma. Advierto la alarma: ahora esta mujer empezará a ensayar sociología, y a perorar acerca de las trampas del progreso, y a lo mejor, del retorno a los verdes prados y el mugir de las vacas y el cantar del gallo. Es una gran tentación, pero no lo haré, porque extrañaría horrores mis series favoritas y el teléfono y el bidet y el gas natural y el agua que sale de la canilla y trepar al auto y ver a mis hermanos y hermanas y retoños de la más variada edad y condición y ánimo, y algunas amigas, pocas, y toda la contracara del loco progreso. Así que aquí estás, septiembre. Debo darte la bienvenida, fijarme qué ropa me queda bien, qué está en condiciones de aguantar tanta sopa crema y comidas llenas de calorías y ese estar quieta, lo más quieta posible, y encontrar la vitalidad que ya tienen mis plantas. Mis queridas, abandonadas plantas, sobrevivientes de una más que irresponsable responsable, arreglándose como han podido, dándome ¡una vez más!, una gran lección que intuyo debería aprender. Sí, te doy la bienvenida, a pesar de que era tan cómoda la quietud que alentaba el invierno, el pretexto perfecto para el lento suicidio del no-movimiento. Ahora no hay más pretexto. Y me llama ese cielo de azul perfecto del atardecer, ese que empieza a estirarse, lánguido, peleándole a la noche, descomponiéndose en sinfonías de colores increíbles, y si busco el lugar adecuado, el lugar que queda, el poco lugar que queda, entonces también reconoceré los olores de mi infancia: ese olor del verde, intenso, placentero, y si me alejo un poco más, el piar conventilllero de los pájaros se impondrá a los motores y las bocinas y las sirenas. No te vayas nunca, septiembre. Hazte un lugarcito, remueve mi modorra, absuelve mis pesadillas, interfiere en la hipnótica televisión. Haz lo tuyo, sabio mes de la reparación.


En clave de y

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora