Todo será muy sencillo
Que mientras dure la campaña los candidatos presidenciales propendan a subestimar las dificultades que le esperan al eventual ganador puede entenderse. Ninguno quiere asustar al electorado hablándole de cosas feas como ajustes, pero acaso sería mejor que reconocieran que no habrá soluciones mágicas para los problemas planteados por la inflación, el atraso cambiario, el creciente déficit fiscal, el boom del empleo público, la merma de las exportaciones y un largo etcétera. Así y todo, parecería que Daniel Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa, además de sus acompañantes, se creen plenamente capaces de corregir tales “distorsiones” sin incomodar a nadie. Scioli lo haría con la ayuda de la avalancha de inversiones que desataría su mudanza a la Casa Rosada, Macri reduciría drásticamente los impuestos laborales y Massa nos libraría bien pronto de “la tiranía de la inflación”. En otras partes del mundo bajar los impuestos, frenar la inflación y estimular el crecimiento macroeconómico suelen tomar varios años en los que el gobierno ha de enfrentar la resistencia de amplios sectores que se sienten perjudicados por las medidas consideradas necesarias pero, de tomarse en serio lo que dicen los presidenciables, la Argentina es diferente. Aquí todo resulta mucho más fácil. Puede que en Europa una población sufrida se haya visto obligada a soportar años de austeridad porque a juicio de los gobernantes la alternativa sería aún peor y en Brasil, para impedir que la tasa de inflación supere el 10% anual, la presidenta Dilma Rousseff se haya creído constreñida a adoptar una política de ajuste que le ha costado su popularidad, dejándola con un índice de aprobación de un solo dígito y exponiéndola al riesgo de verse destituida después de un juicio político humillante, pero por fortuna no nos aguarda nada parecido. ¿Es lo que realmente creen los economistas respetados, personas como Miguel Bein y Mario Blejer, que asesoran a Scioli, los macristas Rogelio Frigerio y Carlos Melconian o los integrantes del equipo de Massa Roberto Lavagna, Aldo Pignanelli y Martín Redrado? Todos jurarán que sí, que nunca se les ocurriría procurar endulzar la píldora para engañar a votantes incautos, pero es legítimo suponer que, por ahora cuando menos, están mucho más interesados en ayudar a sus respectivos jefes a arañar más votos que en lo que se han propuesto hacer en el caso de que les correspondiera encargarse de la maltrecha economía nacional. Con todo, hay señales de que están comenzando a inquietarse. Según se informa, en las filas de Scioli han motivado mucha preocupación las excentricidades atribuidas al ministro de Economía Axel Kicillof que están agitando el mercado cambiario y en las de Macri la prioridad consiste en asegurar a todos que no tienen en el cerebro una sola célula neoliberal, mientras que los massistas se preparan para transitar sin provocar explosiones lo que ellos mismos califican de un campo minado. Es verdad que, por depender tanto de ingresos suministrados por la exportación de productos agrícolas y materias primas, la economía argentina no puede compararse con las europeas que, desgraciadamente para ellas, no cuentan con tales ventajas y por lo tanto tienen que concentrarse en mejorar el grado de competitividad, lo que es una tarea cada vez más ardua, pero aun así no podemos darnos el lujo de mofarnos de ciertos principios sencillos. Si el próximo gobierno hiciera una hoguera de los impuestos, como quisieran Macri y Massa, a menos que lo ayudara un “viento de cola” poderosísimo procedente del exterior tendría forzosamente que reducir el gasto público, lo que, desde luego, tendría un impacto muy negativo sobre los ingresos de los más de diez millones de familias que de un modo u otro dependen de subsidios estatales, además de una gran cantidad de personas que desempeñan funciones innecesarias en el sector público y que en muchos casos deben su empleo a su militancia política. Asimismo, aunque es perfectamente posible que el cambio de gobierno se vea seguido por el renovado interés de los inversores internacionales en las oportunidades que, en teoría, debería brindar un país rebosante de recursos naturales y humanos como la Argentina, antes de comprometerse aguardarían hasta que el panorama político se haya aclarado.
Que mientras dure la campaña los candidatos presidenciales propendan a subestimar las dificultades que le esperan al eventual ganador puede entenderse. Ninguno quiere asustar al electorado hablándole de cosas feas como ajustes, pero acaso sería mejor que reconocieran que no habrá soluciones mágicas para los problemas planteados por la inflación, el atraso cambiario, el creciente déficit fiscal, el boom del empleo público, la merma de las exportaciones y un largo etcétera. Así y todo, parecería que Daniel Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa, además de sus acompañantes, se creen plenamente capaces de corregir tales “distorsiones” sin incomodar a nadie. Scioli lo haría con la ayuda de la avalancha de inversiones que desataría su mudanza a la Casa Rosada, Macri reduciría drásticamente los impuestos laborales y Massa nos libraría bien pronto de “la tiranía de la inflación”. En otras partes del mundo bajar los impuestos, frenar la inflación y estimular el crecimiento macroeconómico suelen tomar varios años en los que el gobierno ha de enfrentar la resistencia de amplios sectores que se sienten perjudicados por las medidas consideradas necesarias pero, de tomarse en serio lo que dicen los presidenciables, la Argentina es diferente. Aquí todo resulta mucho más fácil. Puede que en Europa una población sufrida se haya visto obligada a soportar años de austeridad porque a juicio de los gobernantes la alternativa sería aún peor y en Brasil, para impedir que la tasa de inflación supere el 10% anual, la presidenta Dilma Rousseff se haya creído constreñida a adoptar una política de ajuste que le ha costado su popularidad, dejándola con un índice de aprobación de un solo dígito y exponiéndola al riesgo de verse destituida después de un juicio político humillante, pero por fortuna no nos aguarda nada parecido. ¿Es lo que realmente creen los economistas respetados, personas como Miguel Bein y Mario Blejer, que asesoran a Scioli, los macristas Rogelio Frigerio y Carlos Melconian o los integrantes del equipo de Massa Roberto Lavagna, Aldo Pignanelli y Martín Redrado? Todos jurarán que sí, que nunca se les ocurriría procurar endulzar la píldora para engañar a votantes incautos, pero es legítimo suponer que, por ahora cuando menos, están mucho más interesados en ayudar a sus respectivos jefes a arañar más votos que en lo que se han propuesto hacer en el caso de que les correspondiera encargarse de la maltrecha economía nacional. Con todo, hay señales de que están comenzando a inquietarse. Según se informa, en las filas de Scioli han motivado mucha preocupación las excentricidades atribuidas al ministro de Economía Axel Kicillof que están agitando el mercado cambiario y en las de Macri la prioridad consiste en asegurar a todos que no tienen en el cerebro una sola célula neoliberal, mientras que los massistas se preparan para transitar sin provocar explosiones lo que ellos mismos califican de un campo minado. Es verdad que, por depender tanto de ingresos suministrados por la exportación de productos agrícolas y materias primas, la economía argentina no puede compararse con las europeas que, desgraciadamente para ellas, no cuentan con tales ventajas y por lo tanto tienen que concentrarse en mejorar el grado de competitividad, lo que es una tarea cada vez más ardua, pero aun así no podemos darnos el lujo de mofarnos de ciertos principios sencillos. Si el próximo gobierno hiciera una hoguera de los impuestos, como quisieran Macri y Massa, a menos que lo ayudara un “viento de cola” poderosísimo procedente del exterior tendría forzosamente que reducir el gasto público, lo que, desde luego, tendría un impacto muy negativo sobre los ingresos de los más de diez millones de familias que de un modo u otro dependen de subsidios estatales, además de una gran cantidad de personas que desempeñan funciones innecesarias en el sector público y que en muchos casos deben su empleo a su militancia política. Asimismo, aunque es perfectamente posible que el cambio de gobierno se vea seguido por el renovado interés de los inversores internacionales en las oportunidades que, en teoría, debería brindar un país rebosante de recursos naturales y humanos como la Argentina, antes de comprometerse aguardarían hasta que el panorama político se haya aclarado.
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