Candidatos mutantes

Redacción

Por Redacción

Para conservar el apoyo o, cuando menos, la neutralidad de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus incondicionales, el candidato oficialista Daniel Scioli se ha vestido de militante K con la esperanza de que sus propios simpatizantes entiendan que sólo se trata de una impostura que, una vez en la Casa Rosada, dejará atrás. Por motivos idénticos, su principal rival, Mauricio Macri, procura seducir a los peronistas más nostálgicos asegurándoles que en verdad respeta muchísimo al fundador de su movimiento, aunque sabe muy bien que la mayoría de los partidarios de Pro lo cree el gran responsable de la debacle nacional. Si bien en una democracia los aspirantes a alcanzar la presidencia tienen forzosamente que intentar brindar la impresión de compartir las preferencias y preocupaciones de amplios sectores, convendría que los tentados por el pragmatismo así exigido respetaran ciertos límites. Sin embargo, hasta hace muy poco Scioli debía su muy exitosa carrera política a la convicción generalizada de que, a diferencia de Cristina, era un centrista más interesado en buscar consensos que en pelearse con medio mundo. Asimismo, antes de entrar la campaña electoral en su fase decisiva, Macri se presentaba como una alternativa al peronismo, no como un compañero resuelto a continuar luchando por “la justicia social” con el respaldo de veteranos de mil batallas como el camionero Hugo Moyano. Felizmente para el porteño, luego de regresar al país después de un exilio prolongado, Juan Domingo Perón mismo se esforzó por llamar la atención sobre su propia transformación en un “león herbívoro” pluralista y apóstol de la unidad, de suerte que el jueves pasado al inaugurar un monumento al general en su feudo, la Capital Federal, pudo hablar de él como si fuera un integrante póstumo de Pro. Mientras que en otras partes de América Latina y del sur de Europa los movimientos que llevaron los nombres de sus fundadores no lograron sobrevivir a la muerte del caudillo antes idolatrado, el peronismo ha resultado inmune al paso del tiempo. Gracias en buena medida al pragmatismo notorio del propio Perón, se las arregló para abandonar la coherencia relativa de la primera época para convertirse en lo que los fieles llamarían un “sentimiento”, una especie de fantasma amable que andando el tiempo lograría congraciarse hasta con “gorilas” tan emblemáticos como Álvaro Alsogaray y el almirante Isaac Rojas. No cabe duda de que se trata de una hazaña realmente notable, pero acaso debería motivar preocupación el que, a pesar de todo lo ocurrido a partir de la irrupción del peronismo en la vida nacional, el escenario político siga siendo dominado por quienes rinden pleitesía a una persona cuyas ideas básicas siempre parecieron anticuadas: Perón se inspiró inicialmente en el fascismo del ya derrotado dictador italiano Benito Mussolini, mientras que el régimen que construyó no tardó en desactualizarse al tomar el resto del mundo un rumbo muy distinto del que había previsto. Puesto que a través de las décadas el peronismo ha sido derechista e izquierdista, a favor de una economía dirigista y, por un rato, de una “neoliberal” y privatizadora, a esta altura sería inútil intentar definir el fenómeno. Como Macri acaba de recordarnos, virtualmente cualquiera puede afirmarse afín al peronismo sin que sea posible desautorizarlo. Por poco convincentes que sean los pergaminos del líder porteño, podría decirse lo mismo de los exhibidos por Cristina, Scioli, Sergio Massa y muchos otros políticos que desempeñan papeles importantes. Para los interesados en minucias ideológicas bizantinas, tratar de separar a los peronistas auténticos de los simuladores supondría una tarea fascinante, pero quizás sería mejor para el país que los políticos dejaran tales asuntos en manos de los historiadores. Aunque la Argentina no cuenta con partidos significantes declaradamente conservadores, a juzgar por los temas que parecen obsesionarla, la clase política nacional está entre las más conservadoras del planeta, lo que hace comprensible su resistencia, ya tradicional, a adaptarse al mundo que se formó en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial y que, desde entonces, no ha cesado de evolucionar con rapidez desconcertante sin que ningún gobierno haya conseguido recuperar el terreno que perdimos cuando el general estaba en el poder.


Para conservar el apoyo o, cuando menos, la neutralidad de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus incondicionales, el candidato oficialista Daniel Scioli se ha vestido de militante K con la esperanza de que sus propios simpatizantes entiendan que sólo se trata de una impostura que, una vez en la Casa Rosada, dejará atrás. Por motivos idénticos, su principal rival, Mauricio Macri, procura seducir a los peronistas más nostálgicos asegurándoles que en verdad respeta muchísimo al fundador de su movimiento, aunque sabe muy bien que la mayoría de los partidarios de Pro lo cree el gran responsable de la debacle nacional. Si bien en una democracia los aspirantes a alcanzar la presidencia tienen forzosamente que intentar brindar la impresión de compartir las preferencias y preocupaciones de amplios sectores, convendría que los tentados por el pragmatismo así exigido respetaran ciertos límites. Sin embargo, hasta hace muy poco Scioli debía su muy exitosa carrera política a la convicción generalizada de que, a diferencia de Cristina, era un centrista más interesado en buscar consensos que en pelearse con medio mundo. Asimismo, antes de entrar la campaña electoral en su fase decisiva, Macri se presentaba como una alternativa al peronismo, no como un compañero resuelto a continuar luchando por “la justicia social” con el respaldo de veteranos de mil batallas como el camionero Hugo Moyano. Felizmente para el porteño, luego de regresar al país después de un exilio prolongado, Juan Domingo Perón mismo se esforzó por llamar la atención sobre su propia transformación en un “león herbívoro” pluralista y apóstol de la unidad, de suerte que el jueves pasado al inaugurar un monumento al general en su feudo, la Capital Federal, pudo hablar de él como si fuera un integrante póstumo de Pro. Mientras que en otras partes de América Latina y del sur de Europa los movimientos que llevaron los nombres de sus fundadores no lograron sobrevivir a la muerte del caudillo antes idolatrado, el peronismo ha resultado inmune al paso del tiempo. Gracias en buena medida al pragmatismo notorio del propio Perón, se las arregló para abandonar la coherencia relativa de la primera época para convertirse en lo que los fieles llamarían un “sentimiento”, una especie de fantasma amable que andando el tiempo lograría congraciarse hasta con “gorilas” tan emblemáticos como Álvaro Alsogaray y el almirante Isaac Rojas. No cabe duda de que se trata de una hazaña realmente notable, pero acaso debería motivar preocupación el que, a pesar de todo lo ocurrido a partir de la irrupción del peronismo en la vida nacional, el escenario político siga siendo dominado por quienes rinden pleitesía a una persona cuyas ideas básicas siempre parecieron anticuadas: Perón se inspiró inicialmente en el fascismo del ya derrotado dictador italiano Benito Mussolini, mientras que el régimen que construyó no tardó en desactualizarse al tomar el resto del mundo un rumbo muy distinto del que había previsto. Puesto que a través de las décadas el peronismo ha sido derechista e izquierdista, a favor de una economía dirigista y, por un rato, de una “neoliberal” y privatizadora, a esta altura sería inútil intentar definir el fenómeno. Como Macri acaba de recordarnos, virtualmente cualquiera puede afirmarse afín al peronismo sin que sea posible desautorizarlo. Por poco convincentes que sean los pergaminos del líder porteño, podría decirse lo mismo de los exhibidos por Cristina, Scioli, Sergio Massa y muchos otros políticos que desempeñan papeles importantes. Para los interesados en minucias ideológicas bizantinas, tratar de separar a los peronistas auténticos de los simuladores supondría una tarea fascinante, pero quizás sería mejor para el país que los políticos dejaran tales asuntos en manos de los historiadores. Aunque la Argentina no cuenta con partidos significantes declaradamente conservadores, a juzgar por los temas que parecen obsesionarla, la clase política nacional está entre las más conservadoras del planeta, lo que hace comprensible su resistencia, ya tradicional, a adaptarse al mundo que se formó en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial y que, desde entonces, no ha cesado de evolucionar con rapidez desconcertante sin que ningún gobierno haya conseguido recuperar el terreno que perdimos cuando el general estaba en el poder.

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