Un presente griego para Silvina

Redacción

Por Redacción

Al acercarse la jornada electoral, los tres candidatos con posibilidades de triunfar, encabezados en esta oportunidad por Sergio Massa, nos informan que, si lo hacen, contarán con colaboradores capaces de manejar la economía nacional con eficacia. Así y todo, Silvina Batakis, la designada por Daniel Scioli para ocupar lo que de acuerdo común será el cargo más importante del gobierno que espera formar, carece del brillo que han sabido adquirir otros miembros de su equipo económico como Miguel Bein y Mario Blejer, si bien se reconoce que, a pesar de recibir una “herencia” nada promisoria, como ministra de Economía de la provincia de Buenos Aires ha logrado sanear las finanzas de un distrito sumamente complicado al aumentar los impuestos y reducir los gastos. Será lo que se ha propuesto Scioli para el país en su conjunto. El candidato oficialista da a entender que él mismo tomará todas las decisiones importantes, puesto que “con Batakis, va a ser la política la que conduzca la economía”. Se trata de una variante más realista de la vieja consigna según la cual lo económico siempre debería subordinarse a lo político que tantos desastres ha ocasionado no sólo en países gobernados por comunistas sino también aquí. Por desgracia, las economías nacionales se parecen mucho más a burros testarudos que a caballos obedientes dispuestos a hacer cuanto les pida el dueño, razón por la que a menudo resultan contraproducentes los intentos de obligarlas a avanzar por un camino determinado. Por motivos evidentes, Scioli y Batakis no pueden criticar en público el “modelo” que conduce la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, pero a buen seguro entienden que el próximo gobierno tendrá que reemplazarlo por otro menos voluntarista. Tal y como están las cosas, en diciembre apenas habrá reservas genuinas en el Banco Central, la tasa de inflación seguirá estando entre las más altas del planeta, el atraso cambiario habrá dejado postradas muchas economías regionales, persistirá la recesión y el déficit fiscal se aproximará al 7% del producto bruto. Impedir que lo que muchos califican de una “bomba de tiempo” estalle poco después de la inauguración del gobierno nuevo no será del todo sencillo. Scioli apuesta a que Batakis consiga hacer lo que hizo en la provincia que gobierna desde diciembre del 2007 al poner orden en una situación a primera vista caótica y por lo tanto insostenible sin asumir una postura combativa que sólo serviría para enfurecer todavía más a los muchos perjudicados, pero puede que las circunstancias no sean apropiadas para una estrategia gradualista. Lo mismo que sus rivales, Scioli parece convencido de que, merced a la presencia en la Casa Rosada de un presidente moderado de ideas convencionales, pronto comenzarán a llover dólares al llegar los inversores internacionales a la conclusión de que la Argentina está por entrar en una etapa de crecimiento acelerado. Aunque en términos generales cierto optimismo puede justificarse por ser la Argentina, en teoría por lo menos, un país con todos los recursos materiales y humanos necesarios para prosperar, antes de ponerse en marcha la recuperación esperada el gobierno tendría que solucionar una multitud de problemas engorrosos, lo que, huelga decirlo, lo mantendrá plenamente ocupado por mucho tiempo. Scioli, lo mismo que los Kirchner, no quiere que haya un “superministro” que, de tener éxito, podría hacerle sombra. Tenía en mente dividir Economía en tres, con ministros de Hacienda, Finanzas y Comercio, pero parece haber decidido que le sería más conveniente conservar el esquema ya tradicional. Sea como fuere, aunque Scioli, el que hace un par de semanas obtuvo de la Universidad Argentina de la Empresa su diploma como licenciado en Comercialización, dista de ser un experto en economía, a juzgar por la experiencia internacional en la materia los conocimientos académicos importan mucho menos que la voluntad pragmática de hacer lo que funciona bien en otras partes y negarse a emprender aventuras en base a alguna que otra ideología contestataria. Siempre y cuando Scioli no se crea el dueño exclusivo de la verdad, riesgo éste que en su caso particular parece escaso, una persona de sus condiciones podría “conducir” la economía a un destino menos alarmante que aquel que, de continuar por el rumbo propuesto por Cristina y Axel Kicillof, le aguardaría dentro de pocos meses.


Al acercarse la jornada electoral, los tres candidatos con posibilidades de triunfar, encabezados en esta oportunidad por Sergio Massa, nos informan que, si lo hacen, contarán con colaboradores capaces de manejar la economía nacional con eficacia. Así y todo, Silvina Batakis, la designada por Daniel Scioli para ocupar lo que de acuerdo común será el cargo más importante del gobierno que espera formar, carece del brillo que han sabido adquirir otros miembros de su equipo económico como Miguel Bein y Mario Blejer, si bien se reconoce que, a pesar de recibir una “herencia” nada promisoria, como ministra de Economía de la provincia de Buenos Aires ha logrado sanear las finanzas de un distrito sumamente complicado al aumentar los impuestos y reducir los gastos. Será lo que se ha propuesto Scioli para el país en su conjunto. El candidato oficialista da a entender que él mismo tomará todas las decisiones importantes, puesto que “con Batakis, va a ser la política la que conduzca la economía”. Se trata de una variante más realista de la vieja consigna según la cual lo económico siempre debería subordinarse a lo político que tantos desastres ha ocasionado no sólo en países gobernados por comunistas sino también aquí. Por desgracia, las economías nacionales se parecen mucho más a burros testarudos que a caballos obedientes dispuestos a hacer cuanto les pida el dueño, razón por la que a menudo resultan contraproducentes los intentos de obligarlas a avanzar por un camino determinado. Por motivos evidentes, Scioli y Batakis no pueden criticar en público el “modelo” que conduce la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, pero a buen seguro entienden que el próximo gobierno tendrá que reemplazarlo por otro menos voluntarista. Tal y como están las cosas, en diciembre apenas habrá reservas genuinas en el Banco Central, la tasa de inflación seguirá estando entre las más altas del planeta, el atraso cambiario habrá dejado postradas muchas economías regionales, persistirá la recesión y el déficit fiscal se aproximará al 7% del producto bruto. Impedir que lo que muchos califican de una “bomba de tiempo” estalle poco después de la inauguración del gobierno nuevo no será del todo sencillo. Scioli apuesta a que Batakis consiga hacer lo que hizo en la provincia que gobierna desde diciembre del 2007 al poner orden en una situación a primera vista caótica y por lo tanto insostenible sin asumir una postura combativa que sólo serviría para enfurecer todavía más a los muchos perjudicados, pero puede que las circunstancias no sean apropiadas para una estrategia gradualista. Lo mismo que sus rivales, Scioli parece convencido de que, merced a la presencia en la Casa Rosada de un presidente moderado de ideas convencionales, pronto comenzarán a llover dólares al llegar los inversores internacionales a la conclusión de que la Argentina está por entrar en una etapa de crecimiento acelerado. Aunque en términos generales cierto optimismo puede justificarse por ser la Argentina, en teoría por lo menos, un país con todos los recursos materiales y humanos necesarios para prosperar, antes de ponerse en marcha la recuperación esperada el gobierno tendría que solucionar una multitud de problemas engorrosos, lo que, huelga decirlo, lo mantendrá plenamente ocupado por mucho tiempo. Scioli, lo mismo que los Kirchner, no quiere que haya un “superministro” que, de tener éxito, podría hacerle sombra. Tenía en mente dividir Economía en tres, con ministros de Hacienda, Finanzas y Comercio, pero parece haber decidido que le sería más conveniente conservar el esquema ya tradicional. Sea como fuere, aunque Scioli, el que hace un par de semanas obtuvo de la Universidad Argentina de la Empresa su diploma como licenciado en Comercialización, dista de ser un experto en economía, a juzgar por la experiencia internacional en la materia los conocimientos académicos importan mucho menos que la voluntad pragmática de hacer lo que funciona bien en otras partes y negarse a emprender aventuras en base a alguna que otra ideología contestataria. Siempre y cuando Scioli no se crea el dueño exclusivo de la verdad, riesgo éste que en su caso particular parece escaso, una persona de sus condiciones podría “conducir” la economía a un destino menos alarmante que aquel que, de continuar por el rumbo propuesto por Cristina y Axel Kicillof, le aguardaría dentro de pocos meses.

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