Se acerca la hora de la verdad

Redacción

Por Redacción

Para reducir los costos que les supondría un resultado electoral muy distinto del previsto, los encuestadores nos aseguran que una proporción alta de los votantes permanecerá indecisa hasta el último minuto. Tanta cautela puede entenderse. No sólo en la Argentina sino también en muchos otros países el electorado se ha habituado a sorprender a quienes dicen saber lo que está por hacer. Si en las elecciones generales más recientes del Reino Unido, un país que se considera un dechado de estabilidad política, las consultoras se equivocaban por completo al vaticinar una victoria ajustada de la oposición laborista o, a lo sumo, un empate, minimizando la posibilidad del triunfo holgado conservador que efectivamente se produjo, es natural que aquí se hayan resistido a apostar por un candidato determinado. Sea como fuere, parecería que si el oficialista Daniel Scioli consigue más del 40% de los sufragios se ahorrará la necesidad de enfrentar una segunda vuelta al dividirse el voto opositor entre Mauricio Macri, Sergio Massa y candidatos menores como Margarita Stolbizer, Nicolás del Caño y Adolfo Rodríguez Saá. Puesto que durante años el índice de aprobación de Scioli se ha aproximado al número fijado por el sistema electoral cuando de la presidencia se trata, el que en la recta final de la campaña le esté resultando tan difícil superarlo debería preocuparlo. Significa que, aun cuando ganara, el bonaerense sólo contaría con el respaldo de una minoría conformada por kirchneristas resueltos a defender “el modelo” y peronistas de ideas tradicionales que no quieren a los militantes de La Cámpora. Además de intentar mantener a flote una economía que hace agua por todos los lados, un eventual presidente Scioli tendría que buscar el apoyo de sectores ajenos al kirchnerismo, lo que no le plantearía dificultades ideológicas, ya que en ese terreno comparte mucho con sus rivales actuales Macri y Massa, pero sí molestaría a los kirchneristas que, desde luego, continuarán luchando a favor del “proyecto” con el que se sienten comprometidos. La situación en la que se encontraría Macri si, luego de celebrar una segunda vuelta electoral en noviembre, alcanzara la presidencia de la Nación, sería virtualmente la misma. Para poder gobernar con comodidad relativa, el porteño también tendría que ampliar mucho su base de sustentación, aliándose con sectores que no le son afines. Aunque le resultara fácil celebrar acuerdos programáticos del tipo al cual el país se ha acostumbrado con dirigentes peronistas moderados y los líderes de los movimientos provinciales más importantes, le sería preciso tomar decisiones que pronto les brindarían motivos para oponérsele. Por razones electoralistas, tanto Macri como Scioli, además de Massa, se han limitado a hacer pensar que, con tal que el sucesor de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner obre con buena voluntad y sensibilidad social, el país podría salir indemne del embrollo económico que se ha creado sin que resulte necesario nada tan feo como un ajuste “liberal” que, según casi todos, nos retraería a los años noventa del siglo pasado. Sin embargo, no pueden sino entender que al próximo gobierno le aguarda una tarea muy ingrata. Al entrar la campaña electoral en lo que podría ser su fase final, muchos están lamentando la ausencia de candidatos realmente fuertes y carismáticos como los de antes, pero sucede que las quejas en tal sentido son comunes en todas partes. Se deben a la conciencia de que los “relatos” supuestamente épicos, sean izquierdistas, derechistas o meramente populistas, casi siempre desembocan en catástrofes, de suerte que es mejor conformarse con propuestas más modestas. Es por lo tanto lógico que los tres presidenciables actuales, lo mismo que sus equivalentes en el resto de América Latina, Europa y Estados Unidos, se parezcan más a tecnócratas que a los hombres o mujeres providenciales de otras épocas en que aún era posible soñar con cambios a un tiempo drásticos y beneficiosos. Puede que aquí la falta de líderes carismáticos haya privado a la política del glamour romántico que para muchos tenía cuando estaba de moda ilusionarse, pero por lo menos reduce el riesgo de que el gobierno que asuma el 10 de diciembre haga todavía peor la situación nada promisoria que heredará.


Para reducir los costos que les supondría un resultado electoral muy distinto del previsto, los encuestadores nos aseguran que una proporción alta de los votantes permanecerá indecisa hasta el último minuto. Tanta cautela puede entenderse. No sólo en la Argentina sino también en muchos otros países el electorado se ha habituado a sorprender a quienes dicen saber lo que está por hacer. Si en las elecciones generales más recientes del Reino Unido, un país que se considera un dechado de estabilidad política, las consultoras se equivocaban por completo al vaticinar una victoria ajustada de la oposición laborista o, a lo sumo, un empate, minimizando la posibilidad del triunfo holgado conservador que efectivamente se produjo, es natural que aquí se hayan resistido a apostar por un candidato determinado. Sea como fuere, parecería que si el oficialista Daniel Scioli consigue más del 40% de los sufragios se ahorrará la necesidad de enfrentar una segunda vuelta al dividirse el voto opositor entre Mauricio Macri, Sergio Massa y candidatos menores como Margarita Stolbizer, Nicolás del Caño y Adolfo Rodríguez Saá. Puesto que durante años el índice de aprobación de Scioli se ha aproximado al número fijado por el sistema electoral cuando de la presidencia se trata, el que en la recta final de la campaña le esté resultando tan difícil superarlo debería preocuparlo. Significa que, aun cuando ganara, el bonaerense sólo contaría con el respaldo de una minoría conformada por kirchneristas resueltos a defender “el modelo” y peronistas de ideas tradicionales que no quieren a los militantes de La Cámpora. Además de intentar mantener a flote una economía que hace agua por todos los lados, un eventual presidente Scioli tendría que buscar el apoyo de sectores ajenos al kirchnerismo, lo que no le plantearía dificultades ideológicas, ya que en ese terreno comparte mucho con sus rivales actuales Macri y Massa, pero sí molestaría a los kirchneristas que, desde luego, continuarán luchando a favor del “proyecto” con el que se sienten comprometidos. La situación en la que se encontraría Macri si, luego de celebrar una segunda vuelta electoral en noviembre, alcanzara la presidencia de la Nación, sería virtualmente la misma. Para poder gobernar con comodidad relativa, el porteño también tendría que ampliar mucho su base de sustentación, aliándose con sectores que no le son afines. Aunque le resultara fácil celebrar acuerdos programáticos del tipo al cual el país se ha acostumbrado con dirigentes peronistas moderados y los líderes de los movimientos provinciales más importantes, le sería preciso tomar decisiones que pronto les brindarían motivos para oponérsele. Por razones electoralistas, tanto Macri como Scioli, además de Massa, se han limitado a hacer pensar que, con tal que el sucesor de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner obre con buena voluntad y sensibilidad social, el país podría salir indemne del embrollo económico que se ha creado sin que resulte necesario nada tan feo como un ajuste “liberal” que, según casi todos, nos retraería a los años noventa del siglo pasado. Sin embargo, no pueden sino entender que al próximo gobierno le aguarda una tarea muy ingrata. Al entrar la campaña electoral en lo que podría ser su fase final, muchos están lamentando la ausencia de candidatos realmente fuertes y carismáticos como los de antes, pero sucede que las quejas en tal sentido son comunes en todas partes. Se deben a la conciencia de que los “relatos” supuestamente épicos, sean izquierdistas, derechistas o meramente populistas, casi siempre desembocan en catástrofes, de suerte que es mejor conformarse con propuestas más modestas. Es por lo tanto lógico que los tres presidenciables actuales, lo mismo que sus equivalentes en el resto de América Latina, Europa y Estados Unidos, se parezcan más a tecnócratas que a los hombres o mujeres providenciales de otras épocas en que aún era posible soñar con cambios a un tiempo drásticos y beneficiosos. Puede que aquí la falta de líderes carismáticos haya privado a la política del glamour romántico que para muchos tenía cuando estaba de moda ilusionarse, pero por lo menos reduce el riesgo de que el gobierno que asuma el 10 de diciembre haga todavía peor la situación nada promisoria que heredará.

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