Movimiento tectónico

Redacción

Por Redacción

Los resultados de la primera vuelta electoral que se celebró el domingo, en la que el candidato oficialista Daniel Scioli obtuvo un triunfo estrecho, con sabor de derrota humillante, sobre Mauricio Macri, dejaron boquiabiertos a virtualmente todos. Aun más sorprendente que la buena elección de Macri fue la victoria holgada que se anotó María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires, de la que ya es la gobernadora electa. No fue que tales resultados carecieran de lógica sino que, poco antes de la jornada electoral, todos los encuestadores coincidían en que era muy probable que Scioli consiguiera los votos suficientes como para consagrarse ya como el próximo presidente de la República, mientras que Aníbal Fernández, beneficiado por la resistencia de los bonaerenses a cortar boletas, lograría mantener la provincia más poblada del país en manos peronistas. Así, pues, cuando por fin, después de seis horas de demora, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se resignó a permitir que se divulgaran los datos oficiales que con toda seguridad la indignaban, la ciudadanía se vio frente a un país muy diferente del imaginado horas antes, uno en que el gobierno próximo podría ser radicalmente distinto de aquel que lo ha dominado desde hace más de doce años. El que los encuestadores no sean más confiables que los empleados del Indec intervenido no es un asunto menor. No sólo los políticos sino también los empresarios y otros tienen forzosamente que depender de sus pronósticos aun cuando por algún motivo intuyan que no reflejan la realidad. Sobre la base de ellos, cada uno confecciona un “relato” propio que incide en su conducta y por lo tanto en la del país en su conjunto. Desde el domingo, les es necesario adaptarse a un país en el que el kirchnerismo y todo cuanto supone es minoritario y podría verse reemplazado en el poder por una coalición centrista liderada por Macri. Aunque sea factible que Scioli logre recuperarse del fuerte golpe anímico que le asestó el electorado y que, con la ayuda de peronistas y presuntos progresistas que ven en el dirigente porteño “la derecha”, triunfe el 22 de noviembre, no le será dado hacer volver el reloj a los días en que se preocupaba mucho más por las maniobras de Cristina, su compañero de fórmula Carlos Zannini y La Cámpora que por el desafío planteado por Cambiemos. Para ganar, él también tendría que cambiar. La semana pasada, Scioli era el favorito para suceder a Cristina en la Casa Rosada. A partir de la noche del domingo, es Macri. El porteño querrá convencer a la ciudadanía de que apenas se ha iniciado una transformación política de importancia histórica con la esperanza de que, tal y como sucedió con el peronismo y, por un rato, con el alfonsinismo, la mayoría opte por acompañarlo. Por su parte el bonaerense, ya antes de la medianoche del domingo, comenzaba a advertirle al electorado que el cambio propuesto por Macri y sus simpatizantes le sería terriblemente negativo, pero desgraciadamente para él no contará con la ayuda del gobierno saliente, cuyos militantes más vehementes se esforzarán por desvincularse de un candidato que corre el riesgo de perder por un margen muy amplio. Para llegar hasta donde está, Scioli soportó con ecuanimidad aparente los ataques kirchneristas por entender que, para alcanzar la presidencia, necesitaría conservar el respaldo formal, por desdeñoso que fuera, de Cristina. Antes de acercarse a la fase final la campaña electoral, la ambigüedad que le suponía ser a un tiempo un kirchnerista leal y un hombre dispuesto a charlar amablemente con opositores le resultaba ventajosa, pero últimamente le ha jugado en contra. Ni los ultras del kirchnerismo ni los peronistas e independientes se sienten convencidos de lo que Scioli está intentando hacer; para aquellos, sigue siendo un neoliberal disfrazado de militante nacional y popular; a ojos de estos, es un esclavo obediente de Cristina que, de convertirse en presidente, acataría sin chistar todas sus órdenes. Como es natural, Macri y sus colaboradores procurarán aprovechar al máximo la tensión que se da entre Scioli y la presidenta, lo que, entre otras cosas, les serviría para hablar menos de los problemas económicos nada sencillos que tendrían que enfrentar si, como ya luce probable, les corresponde gobernar la Argentina desde el 10 de diciembre.


Los resultados de la primera vuelta electoral que se celebró el domingo, en la que el candidato oficialista Daniel Scioli obtuvo un triunfo estrecho, con sabor de derrota humillante, sobre Mauricio Macri, dejaron boquiabiertos a virtualmente todos. Aun más sorprendente que la buena elección de Macri fue la victoria holgada que se anotó María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires, de la que ya es la gobernadora electa. No fue que tales resultados carecieran de lógica sino que, poco antes de la jornada electoral, todos los encuestadores coincidían en que era muy probable que Scioli consiguiera los votos suficientes como para consagrarse ya como el próximo presidente de la República, mientras que Aníbal Fernández, beneficiado por la resistencia de los bonaerenses a cortar boletas, lograría mantener la provincia más poblada del país en manos peronistas. Así, pues, cuando por fin, después de seis horas de demora, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se resignó a permitir que se divulgaran los datos oficiales que con toda seguridad la indignaban, la ciudadanía se vio frente a un país muy diferente del imaginado horas antes, uno en que el gobierno próximo podría ser radicalmente distinto de aquel que lo ha dominado desde hace más de doce años. El que los encuestadores no sean más confiables que los empleados del Indec intervenido no es un asunto menor. No sólo los políticos sino también los empresarios y otros tienen forzosamente que depender de sus pronósticos aun cuando por algún motivo intuyan que no reflejan la realidad. Sobre la base de ellos, cada uno confecciona un “relato” propio que incide en su conducta y por lo tanto en la del país en su conjunto. Desde el domingo, les es necesario adaptarse a un país en el que el kirchnerismo y todo cuanto supone es minoritario y podría verse reemplazado en el poder por una coalición centrista liderada por Macri. Aunque sea factible que Scioli logre recuperarse del fuerte golpe anímico que le asestó el electorado y que, con la ayuda de peronistas y presuntos progresistas que ven en el dirigente porteño “la derecha”, triunfe el 22 de noviembre, no le será dado hacer volver el reloj a los días en que se preocupaba mucho más por las maniobras de Cristina, su compañero de fórmula Carlos Zannini y La Cámpora que por el desafío planteado por Cambiemos. Para ganar, él también tendría que cambiar. La semana pasada, Scioli era el favorito para suceder a Cristina en la Casa Rosada. A partir de la noche del domingo, es Macri. El porteño querrá convencer a la ciudadanía de que apenas se ha iniciado una transformación política de importancia histórica con la esperanza de que, tal y como sucedió con el peronismo y, por un rato, con el alfonsinismo, la mayoría opte por acompañarlo. Por su parte el bonaerense, ya antes de la medianoche del domingo, comenzaba a advertirle al electorado que el cambio propuesto por Macri y sus simpatizantes le sería terriblemente negativo, pero desgraciadamente para él no contará con la ayuda del gobierno saliente, cuyos militantes más vehementes se esforzarán por desvincularse de un candidato que corre el riesgo de perder por un margen muy amplio. Para llegar hasta donde está, Scioli soportó con ecuanimidad aparente los ataques kirchneristas por entender que, para alcanzar la presidencia, necesitaría conservar el respaldo formal, por desdeñoso que fuera, de Cristina. Antes de acercarse a la fase final la campaña electoral, la ambigüedad que le suponía ser a un tiempo un kirchnerista leal y un hombre dispuesto a charlar amablemente con opositores le resultaba ventajosa, pero últimamente le ha jugado en contra. Ni los ultras del kirchnerismo ni los peronistas e independientes se sienten convencidos de lo que Scioli está intentando hacer; para aquellos, sigue siendo un neoliberal disfrazado de militante nacional y popular; a ojos de estos, es un esclavo obediente de Cristina que, de convertirse en presidente, acataría sin chistar todas sus órdenes. Como es natural, Macri y sus colaboradores procurarán aprovechar al máximo la tensión que se da entre Scioli y la presidenta, lo que, entre otras cosas, les serviría para hablar menos de los problemas económicos nada sencillos que tendrían que enfrentar si, como ya luce probable, les corresponde gobernar la Argentina desde el 10 de diciembre.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora