Contienda triangular
La eliminación de Sergio Massa de la carrera presidencial no ha servido para simplificar la opción frente al electorado. Por el contrario, parece aún más complicada de lo que era antes del 25 de octubre. Mientras que los kirchneristas quieren que Daniel Scioli se limite a representar “el modelo” ya que, como dijo el jueves pasado la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, lo importante no es “la cara del candidato de nuestra fuerza” sino que “esto continúe”, el candidato mismo nos asegura que de instalarse en la Casa Rosada sería “más Scioli que nunca” por entender que no le convendría en absoluto seguir brindando la impresión de ser un mero delegado de la jefa actual. Parecería, pues, que aún hay tres fuerzas en pugna: la encabezada por Mauricio Macri, la del Scioli presuntamente auténtico y la kirchnerista pura que se resiste a permitir que el bonaerense se independice, aunque sólo fuera a fin de obtener algunos votos más. Para que no quedaran dudas sobre la actitud de Cristina, en su discurso público más reciente insistió: “vamos a ir al balotaje”; fue de forma de aludir indirectamente a versiones según las cuales Scioli pensaba en tirar la toalla antes del 22 de noviembre y a otras de que lo haría su compañero de fórmula, Carlos Zannini, si al candidato presidencial oficialista se le ocurriera procurar reemplazar el guión kirchnerista por otro de su propia confección. A Cristina y sus fieles les preocupa más el futuro de su obra que la identidad del próximo presidente de la Nación. Hablan como si estuvieran convencidos de que, a pesar de la evidente falta de recursos para financiarlo, lo que llaman el “modelo” sigue siendo viable. No sólo Macri sino también Scioli saben muy bien que el próximo gobierno no tendrá más alternativa que cambiar muchas cosas, o sea, “ajustar”, porque al país no le será dado continuar viviendo por encima de los medios disponibles, pero los kirchneristas se niegan a reconocerlo. Parecería, pues, que están preparándose para sacar provecho de las dificultades que enfrentará el sucesor de Cristina aun cuando resulte ser Scioli, lo que hace temer que al país le aguarde una etapa sumamente agitada. Muchos tomaron los resultados de la primera vuelta electoral por evidencia de que la mayoría está harta de los conflictos políticos virulentos tan característicos del “estilo K” y espera que en adelante las diferencias se resuelvan en un clima de tolerancia y respeto mutuo. En principio, el cambio anímico que tantos han detectado debería beneficiar a Scioli puesto que, a través de los años, ha encarnado las virtudes así supuestas, pero merced a su incapacidad aparente para hacer frente a Cristina se ha visto perjudicado. Aunque es de prever que el bonaerense siga intentando diferenciarse sutilmente de los kirchneristas más dogmáticos, entenderá que cualquier gesto en tal sentido podría costarle el apoyo dubitativo, dosificado con advertencias, que el gobierno nacional todavía está dispuesto a prestarle. Para los partidarios de Macri, el que la interna peronista pueda estallar antes del 22 de noviembre, no después, como preferiría Scioli, no tiene que ser motivo de celebración. Aunque sirviera para asegurarle a Macri un triunfo rotundo en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, también presagiaría muchos conflictos por venir; al fin y al cabo, los militantes de una fracción política que, con el pretexto de defender la integridad de un “modelo” que ya está cayéndose a pedazos, se ven tentados a hundir a su propio candidato se opondrán con más furia aún a un eventual gobierno de otro signo. Por lo demás, los reacios a permitir gobernar a una coalición que no tardaría en verse calificada de “neoliberal” podrían contar con la ayuda de muchos peronistas que, sin ser kirchneristas, están acostumbrados a participar del poder y por lo tanto querrían desalojar cuanto antes a sus adversarios de los lugares que ocupen gracias a la voluntad popular. La situación frente al país sería distinta si la economía nacional estuviera por experimentar otro período de auge, pero el gobierno de Cristina se las ha arreglado para minimizar la posibilidad de que haya una recuperación lo bastante rápida como para permitirle al próximo presidente disfrutar de los meses relativamente tranquilos que necesitaría para consolidar su poder.
La eliminación de Sergio Massa de la carrera presidencial no ha servido para simplificar la opción frente al electorado. Por el contrario, parece aún más complicada de lo que era antes del 25 de octubre. Mientras que los kirchneristas quieren que Daniel Scioli se limite a representar “el modelo” ya que, como dijo el jueves pasado la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, lo importante no es “la cara del candidato de nuestra fuerza” sino que “esto continúe”, el candidato mismo nos asegura que de instalarse en la Casa Rosada sería “más Scioli que nunca” por entender que no le convendría en absoluto seguir brindando la impresión de ser un mero delegado de la jefa actual. Parecería, pues, que aún hay tres fuerzas en pugna: la encabezada por Mauricio Macri, la del Scioli presuntamente auténtico y la kirchnerista pura que se resiste a permitir que el bonaerense se independice, aunque sólo fuera a fin de obtener algunos votos más. Para que no quedaran dudas sobre la actitud de Cristina, en su discurso público más reciente insistió: “vamos a ir al balotaje”; fue de forma de aludir indirectamente a versiones según las cuales Scioli pensaba en tirar la toalla antes del 22 de noviembre y a otras de que lo haría su compañero de fórmula, Carlos Zannini, si al candidato presidencial oficialista se le ocurriera procurar reemplazar el guión kirchnerista por otro de su propia confección. A Cristina y sus fieles les preocupa más el futuro de su obra que la identidad del próximo presidente de la Nación. Hablan como si estuvieran convencidos de que, a pesar de la evidente falta de recursos para financiarlo, lo que llaman el “modelo” sigue siendo viable. No sólo Macri sino también Scioli saben muy bien que el próximo gobierno no tendrá más alternativa que cambiar muchas cosas, o sea, “ajustar”, porque al país no le será dado continuar viviendo por encima de los medios disponibles, pero los kirchneristas se niegan a reconocerlo. Parecería, pues, que están preparándose para sacar provecho de las dificultades que enfrentará el sucesor de Cristina aun cuando resulte ser Scioli, lo que hace temer que al país le aguarde una etapa sumamente agitada. Muchos tomaron los resultados de la primera vuelta electoral por evidencia de que la mayoría está harta de los conflictos políticos virulentos tan característicos del “estilo K” y espera que en adelante las diferencias se resuelvan en un clima de tolerancia y respeto mutuo. En principio, el cambio anímico que tantos han detectado debería beneficiar a Scioli puesto que, a través de los años, ha encarnado las virtudes así supuestas, pero merced a su incapacidad aparente para hacer frente a Cristina se ha visto perjudicado. Aunque es de prever que el bonaerense siga intentando diferenciarse sutilmente de los kirchneristas más dogmáticos, entenderá que cualquier gesto en tal sentido podría costarle el apoyo dubitativo, dosificado con advertencias, que el gobierno nacional todavía está dispuesto a prestarle. Para los partidarios de Macri, el que la interna peronista pueda estallar antes del 22 de noviembre, no después, como preferiría Scioli, no tiene que ser motivo de celebración. Aunque sirviera para asegurarle a Macri un triunfo rotundo en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, también presagiaría muchos conflictos por venir; al fin y al cabo, los militantes de una fracción política que, con el pretexto de defender la integridad de un “modelo” que ya está cayéndose a pedazos, se ven tentados a hundir a su propio candidato se opondrán con más furia aún a un eventual gobierno de otro signo. Por lo demás, los reacios a permitir gobernar a una coalición que no tardaría en verse calificada de “neoliberal” podrían contar con la ayuda de muchos peronistas que, sin ser kirchneristas, están acostumbrados a participar del poder y por lo tanto querrían desalojar cuanto antes a sus adversarios de los lugares que ocupen gracias a la voluntad popular. La situación frente al país sería distinta si la economía nacional estuviera por experimentar otro período de auge, pero el gobierno de Cristina se las ha arreglado para minimizar la posibilidad de que haya una recuperación lo bastante rápida como para permitirle al próximo presidente disfrutar de los meses relativamente tranquilos que necesitaría para consolidar su poder.
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