Turquía, ¿llave de Europa?
La tragedia de los refugiados sirios que huyen de la guerra en su país, reflejada hace apenas seis meses en la foto de un niño ahogado en una playa de Turquía tras el naufragio de la barca en la que su familia intentaba llegar a Grecia, recibió esta semana una respuesta tajante: “No vengan a Europa”. La frase, pronunciada por el presidente del Consejo Europeo, el ex primer ministro polaco Donald Tusk, bien resume la solución que la Unión Europea y Turquía decidieron darle a aquella crisis humanitaria que conmovió al mundo con la imagen del pequeño Alan Kurdi, de apenas tres años, inerte, boca abajo, su carita hundida en las arenas de una playa cercana a Bodrum, en el sudoeste de Turquía. La urgencia por frenar el flujo migratorio hacia Europa pudo más que los clamores para resolver el drama de millones de inocentes que, en busca de salvar sus vidas, apenas cuentan con el recurso de una huida desesperada que los expone a iguales riesgos: la Unión Europea y Turquía sellaron un acuerdo para que todo extranjero que llegue a las costas griegas ilegalmente sea devuelto a territorio turco, incluidos los sirios. Como contrapartida, la UE se compromete a aceptar a un número de refugiados sirios en Turquía equivalente al de expulsiones. “Lo que hemos hecho es volver al principio: el asilo se pide en el punto de llegada (Turquía) y el refugiado no elige dónde ir”, resumió la canciller alemana, Angela Merkel, verdadera estratega del acuerdo. El trato impone otras tres condiciones para la UE: aumentar el monto de 3.000 millones de euros destinados a Ankara para atender a los refugiados en su territorio (entre 2,5 y 3 millones de personas), eximir a los ciudadanos turcos del requisito de visado para viajar por Europa y avanzar en el proceso de incorporación de Turquía al club comunitario de los 28. La reunión celebrada el lunes pasado en Bruselas entre el primer ministro turco y los jefes de Estado y de gobierno de la UE puso sobre el papel lo que hasta entonces nadie se había atrevido a decir en voz alta. El holandés Hansjorg Haber, jefe de la delegación de la UE en Turquía, se lo definió así al diario español “El Mundo”: “Si estas personas saben que de entrar a Europa serán devueltas a Turquía, se lo pensarán dos veces antes de intentar entrar”. El gran justificativo argumentado por los líderes de la UE es la situación que afronta hoy Grecia, con casi 30.000 personas virtualmente atrapadas en su territorio por el cierre de las fronteras de los países balcánicos para el paso de los llegados desde Turquía. La profunda crisis económica que atraviesa Atenas poco ayuda y las urgencias han dejado en Ankara una potente arma de presión para su pretendida entrada en la UE. El gobierno de Recep Tayyip Erdogan aprovecha con creces esa posición de fuerza: las urgencias de Europa han dejado para otro capítulo el dudoso papel de Ankara en el desmoronamiento del proceso de paz con la guerrilla kurdoturca PKK, que se desató en feroces combates en varios distritos urbanos del sudeste del país, con miles de civiles muertos y desplazados por los bombardeos de la artillería regular turca. Lo que subyace tras el acuerdo es el cuestionamiento a la legalidad de expulsar refugiados de guerra, algo contrario ya no sólo a leyes de la UE sino a la Declaración Universal sobre Derechos Humanos y el Estatuto para Refugiados de la Convención de Ginebra. El alto comisionado de la Acnur (organismo de las Naciones Unidas para los refugiados), Filippo Grandi, protestó ante el Parlamento Europeo: “Es el momento de reafirmar los valores sobre los que se construyó Europa”, dijo, y recibió un cerrado aplauso de la Eurocámara en Estrasburgo Los próximos diez días serán decisivos para el principio de acuerdo, que requiere de la ratificación en Estrasburgo para entrar en vigencia. El fervor con que buena parte de la Eurocámara avaló los reclamos del jefe de Acnur no se presenta como el único obstáculo para esa aprobación. El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, dejó expresa en la misma cumbre de Bruselas su disconformidad. La principal objeción de Orbán, compartida por los países balcánicos, está enfocada al reparto obligatorio de refugiados acogidos a partir de la fórmula “un aceptado por cada rechazado”. El acuerdo prevé que todos los Estados miembros de la UE participen de esa recepción a los refugiados, con una cuota similar a la fijada en septiembre, que contemplaba asilo para 160.000 personas. Los cuestionamientos provienen también de Chipre, en litigio con Ankara por la ocupación turca de la isla y ferviente opositora a cualquier concesión que abra alguna puerta a la entrada turca en la UE, y de la misma Francia, que objeta falta de preparación suficiente para abordar una crisis humanitaria de tal magnitud. Los líderes de la UE aceptaron los principios del acuerdo de Bruselas, aunque todo haya quedado supeditado a la cumbre del 17 y el 18 de marzo. Habrán pasado algo más de seis meses desde que la fotógrafa turca Nilufer Demir captó con su cámara la imagen del pequeño Alan Kurdi. “Tenía que tomar esa foto y no lo dudé”, se justificaba ante las críticas a su toma. Y agregaba: “Nunca pensé que una fotografía pudiera tener semejante impacto. Me gustaría que pudiera cambiar el rumbo que tienen las cosas en este momento”.
Opiniones
Beto Zeppa
La tragedia de los refugiados sirios que huyen de la guerra en su país, reflejada hace apenas seis meses en la foto de un niño ahogado en una playa de Turquía tras el naufragio de la barca en la que su familia intentaba llegar a Grecia, recibió esta semana una respuesta tajante: “No vengan a Europa”. La frase, pronunciada por el presidente del Consejo Europeo, el ex primer ministro polaco Donald Tusk, bien resume la solución que la Unión Europea y Turquía decidieron darle a aquella crisis humanitaria que conmovió al mundo con la imagen del pequeño Alan Kurdi, de apenas tres años, inerte, boca abajo, su carita hundida en las arenas de una playa cercana a Bodrum, en el sudoeste de Turquía. La urgencia por frenar el flujo migratorio hacia Europa pudo más que los clamores para resolver el drama de millones de inocentes que, en busca de salvar sus vidas, apenas cuentan con el recurso de una huida desesperada que los expone a iguales riesgos: la Unión Europea y Turquía sellaron un acuerdo para que todo extranjero que llegue a las costas griegas ilegalmente sea devuelto a territorio turco, incluidos los sirios. Como contrapartida, la UE se compromete a aceptar a un número de refugiados sirios en Turquía equivalente al de expulsiones. “Lo que hemos hecho es volver al principio: el asilo se pide en el punto de llegada (Turquía) y el refugiado no elige dónde ir”, resumió la canciller alemana, Angela Merkel, verdadera estratega del acuerdo. El trato impone otras tres condiciones para la UE: aumentar el monto de 3.000 millones de euros destinados a Ankara para atender a los refugiados en su territorio (entre 2,5 y 3 millones de personas), eximir a los ciudadanos turcos del requisito de visado para viajar por Europa y avanzar en el proceso de incorporación de Turquía al club comunitario de los 28. La reunión celebrada el lunes pasado en Bruselas entre el primer ministro turco y los jefes de Estado y de gobierno de la UE puso sobre el papel lo que hasta entonces nadie se había atrevido a decir en voz alta. El holandés Hansjorg Haber, jefe de la delegación de la UE en Turquía, se lo definió así al diario español “El Mundo”: “Si estas personas saben que de entrar a Europa serán devueltas a Turquía, se lo pensarán dos veces antes de intentar entrar”. El gran justificativo argumentado por los líderes de la UE es la situación que afronta hoy Grecia, con casi 30.000 personas virtualmente atrapadas en su territorio por el cierre de las fronteras de los países balcánicos para el paso de los llegados desde Turquía. La profunda crisis económica que atraviesa Atenas poco ayuda y las urgencias han dejado en Ankara una potente arma de presión para su pretendida entrada en la UE. El gobierno de Recep Tayyip Erdogan aprovecha con creces esa posición de fuerza: las urgencias de Europa han dejado para otro capítulo el dudoso papel de Ankara en el desmoronamiento del proceso de paz con la guerrilla kurdoturca PKK, que se desató en feroces combates en varios distritos urbanos del sudeste del país, con miles de civiles muertos y desplazados por los bombardeos de la artillería regular turca. Lo que subyace tras el acuerdo es el cuestionamiento a la legalidad de expulsar refugiados de guerra, algo contrario ya no sólo a leyes de la UE sino a la Declaración Universal sobre Derechos Humanos y el Estatuto para Refugiados de la Convención de Ginebra. El alto comisionado de la Acnur (organismo de las Naciones Unidas para los refugiados), Filippo Grandi, protestó ante el Parlamento Europeo: “Es el momento de reafirmar los valores sobre los que se construyó Europa”, dijo, y recibió un cerrado aplauso de la Eurocámara en Estrasburgo Los próximos diez días serán decisivos para el principio de acuerdo, que requiere de la ratificación en Estrasburgo para entrar en vigencia. El fervor con que buena parte de la Eurocámara avaló los reclamos del jefe de Acnur no se presenta como el único obstáculo para esa aprobación. El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, dejó expresa en la misma cumbre de Bruselas su disconformidad. La principal objeción de Orbán, compartida por los países balcánicos, está enfocada al reparto obligatorio de refugiados acogidos a partir de la fórmula “un aceptado por cada rechazado”. El acuerdo prevé que todos los Estados miembros de la UE participen de esa recepción a los refugiados, con una cuota similar a la fijada en septiembre, que contemplaba asilo para 160.000 personas. Los cuestionamientos provienen también de Chipre, en litigio con Ankara por la ocupación turca de la isla y ferviente opositora a cualquier concesión que abra alguna puerta a la entrada turca en la UE, y de la misma Francia, que objeta falta de preparación suficiente para abordar una crisis humanitaria de tal magnitud. Los líderes de la UE aceptaron los principios del acuerdo de Bruselas, aunque todo haya quedado supeditado a la cumbre del 17 y el 18 de marzo. Habrán pasado algo más de seis meses desde que la fotógrafa turca Nilufer Demir captó con su cámara la imagen del pequeño Alan Kurdi. “Tenía que tomar esa foto y no lo dudé”, se justificaba ante las críticas a su toma. Y agregaba: “Nunca pensé que una fotografía pudiera tener semejante impacto. Me gustaría que pudiera cambiar el rumbo que tienen las cosas en este momento”.
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