Idiotas y mayordomos
Hace poco Aníbal Fernández, vocero oficioso de Cristina Kirchner, se hizo un cuestionamiento bien interesante. Durante una entrevista radial se preguntó en forma retórica cómo la inteligencia argentina había podido estar en manos de “semejante idiota”. Una autocrítica que por varios motivos retumba doble. La autocrítica no es un género frecuentado por Aníbal Fernández (ni por ningún otro kirchnerista). Y las palabras inteligencia e idiota en el mismo renglón suenan especialmente chirriantes, por más que acá se hable de la inteligencia como espionaje y no de la capacidad de pensar o de razonar de un individuo. En definitiva, inteligencia significa entender la realidad, comprenderla rápido. Para eso un presidente se auxilia con el nada económico aparato de inteligencia del Estado. ¿Y resulta que Cristina Kirchner, según su exégeta, “empoderó” ahí durante toda la década ganada a un importante idiota? Veamos. La inteligencia argentina estuvo hasta el 10 de diciembre pasado a cargo de Oscar Parrilli. Un año antes el nombramiento de este neuquino, oriundo de San Martín de los Andes, al frente de la SIDE (oficialmente la SI, luego rebautizada AFI) ya había causado perplejidad en círculos políticos. Como secretario general de la Presidencia, cargo que desempeñó durante más de 11 años continuados, Parrilli se había ganado el mote de El Mayordomo. No era la clase de calificativos crípticos cuya comprensión reclama conocer los códigos de una oficina. A Parrilli los compañeros le pusieron Mayordomo sin derrochar sutileza, apenas para describir sus funciones. A simple vista se advertía que su carrera en asuntos de inteligencia no era esmerada. Hombre versátil, recuérdese que alcanzó su pico de gloria cuando el menemismo le encomendó en la Cámara de Diputados la tarea de constituirse en entusiasta informante de las privatizaciones de YPF y de Gas del Estado. Al cambiar el siglo, durante los primeros once años de la república matrimonial se ocupó esencialmente de organizar los aviones y helicópteros oficiales, de ejecutar órdenes de decoración del palacio y, en fin, de ornamentaciones variadas, sea la fiesta del Bicentenario o asegurarse el aromatizante preferido de Cristina Kirchner en su despacho. Ella nunca lo trató como experto en inteligencia. Se ignora si él por lo menos había visto todas las películas de James Bond o si tenía por hobby espiar con quién salía su secretaria; nada permitía imaginar que sería agraciado con la inteligencia nacional. Una vez, incluso, ella le espetó en un acto, frente a todo el país, que no se hiciera el vivo, que “de tonto” estaba bien. Ya como máxima autoridad de la inteligencia le tocó la histórica misión de evitar que se pudiera tomar una foto en el traspaso de mando presidencial en la que el prestigio de Cristina Kirchner fuera usufructuado por su horrendo sucesor. Misión que, puesto a negociar las condiciones del traspaso, cumplió con todo éxito. Pero hay que aclararlo y acabar con la confusión: cuando Aníbal Fernández habló de “semejante idiota” no se refería a Parrilli sino a Jaime Stiuso, director general de Operaciones, número tres de la SIDE (o como se llame la inteligencia del Estado): un subordinado. De modo que la frase de Fernández quizás no sea tan importante por lamentar que haya sido un idiota el responsable de la inteligencia como por precisar que ese lugar, el de máximo responsable, no era el del secretario de Estado del ramo sino el de un agente de inteligencia ingresado en la SIDE casi medio siglo atrás, en la anteúltima dictadura. Quedó claro: de acuerdo con su exégeta, Cristina Kirchner consideraba a Stiuso, agente ingresado por el general Lanusse, el responsable de la inteligencia nacional. El problema fue que Stiuso resultó ser un idiota. O, en todo caso, que la presidenta sólo descubrió que él era un idiota al cabo de once años. Lo echó a fines del 2014, precisamente cuando designó como secretario de inteligencia al talentoso Parrilli. En la misma entrevista Aníbal Fernández renovó la idea dos párrafos más adelante con un leve retoque a nivel adjetivo: “Asusta pensar –dijo– que semejante mamarracho haya tenido la posibilidad de estar en ese lugar”. Posibilidad, conviene repetirlo, que no le había garantizado a Stiuso desde el 2003 nadie más que el matrimonio Kirchner. Pareciera ser que Cristina Kirchner no se pone muy de acuerdo consigo misma acerca de Stiuso. Mientras sus “pibes para la liberación” eran adiestrados con la intolerancia máxima a quienes hubieran tenido relación con alguna dictadura (sin contar al tío Cámpora, quien empezó su carrera política de la mano del dictador Pedro J. Ramírez, ni, desde luego, al coronel Perón, factótum de la Revolución del 43), ella le confiaba la inteligencia a un agente especializado en la extorsión con carpetas que jamás hizo distingos entre patrones militares y civiles. Como se sabe, en el 2004 Néstor Kirchner le ofrendó su hombre de inteligencia emérito, el de más confianza, al fiscal Nisman para la causa AMIA. En diciembre del 2014 Cristina Kirchner lo echó, al mes siguiente Nisman apareció muerto, Stiuso se tomó un descanso en Estados Unidos y ella fue a la asamblea general de la ONU (hace de esto apenas medio año) a denunciar que Obama le estaba dando protección a Stiuso para evitarle la obligación de comparecer en la investigación judicial por la muerte de Nisman. ¿Y qué sucedió? Que un día Stiuso volvió al país por su propia voluntad, entró como Pancho por su casa, lo que probó que las persecuciones penales en su contra eran un gran verso, se presentó a declarar en la investigación por la muerte de Nisman, depuso (verbo elocuente) durante 16 horas y, en resumen, dijo que el gobierno de Cristina Kirchner estaba involucrado en el homicidio del fiscal. Entonces quien antes había ido a reclamar a las Naciones Unidas que los ingleses nos devuelvan las Malvinas y los yanquis nos devuelvan a Stiuso ahora ordenó decir que éste era un idiota, tan idiota que no se puede creer que alguien así haya manejado la inteligencia. Parrilli, El Mayordomo, fue más lejos. Llamó a Stiuso psicópata mentiroso (diagnóstico que por algún motivo Cristina Kirchner ahorró en la ONU) y les pidió a los jueces “que cuiden a Stiuso, para que no le pase lo mismo que a Nisman”. Se ve que esta frase no le pareció apropiada a Cristina Kirchner, porque al día siguiente Parrilli se arrepintió de haberla dicho y aclaró que él sólo había querido proteger a Stiuso de Stiuso, ya que no descartaba un autoatentado en su contra. En fin, esta sólo es la parte pública del caso Nisman.
Opiniones
Pablo Mendelevich @PMendelevich
Hace poco Aníbal Fernández, vocero oficioso de Cristina Kirchner, se hizo un cuestionamiento bien interesante. Durante una entrevista radial se preguntó en forma retórica cómo la inteligencia argentina había podido estar en manos de “semejante idiota”. Una autocrítica que por varios motivos retumba doble. La autocrítica no es un género frecuentado por Aníbal Fernández (ni por ningún otro kirchnerista). Y las palabras inteligencia e idiota en el mismo renglón suenan especialmente chirriantes, por más que acá se hable de la inteligencia como espionaje y no de la capacidad de pensar o de razonar de un individuo. En definitiva, inteligencia significa entender la realidad, comprenderla rápido. Para eso un presidente se auxilia con el nada económico aparato de inteligencia del Estado. ¿Y resulta que Cristina Kirchner, según su exégeta, “empoderó” ahí durante toda la década ganada a un importante idiota? Veamos. La inteligencia argentina estuvo hasta el 10 de diciembre pasado a cargo de Oscar Parrilli. Un año antes el nombramiento de este neuquino, oriundo de San Martín de los Andes, al frente de la SIDE (oficialmente la SI, luego rebautizada AFI) ya había causado perplejidad en círculos políticos. Como secretario general de la Presidencia, cargo que desempeñó durante más de 11 años continuados, Parrilli se había ganado el mote de El Mayordomo. No era la clase de calificativos crípticos cuya comprensión reclama conocer los códigos de una oficina. A Parrilli los compañeros le pusieron Mayordomo sin derrochar sutileza, apenas para describir sus funciones. A simple vista se advertía que su carrera en asuntos de inteligencia no era esmerada. Hombre versátil, recuérdese que alcanzó su pico de gloria cuando el menemismo le encomendó en la Cámara de Diputados la tarea de constituirse en entusiasta informante de las privatizaciones de YPF y de Gas del Estado. Al cambiar el siglo, durante los primeros once años de la república matrimonial se ocupó esencialmente de organizar los aviones y helicópteros oficiales, de ejecutar órdenes de decoración del palacio y, en fin, de ornamentaciones variadas, sea la fiesta del Bicentenario o asegurarse el aromatizante preferido de Cristina Kirchner en su despacho. Ella nunca lo trató como experto en inteligencia. Se ignora si él por lo menos había visto todas las películas de James Bond o si tenía por hobby espiar con quién salía su secretaria; nada permitía imaginar que sería agraciado con la inteligencia nacional. Una vez, incluso, ella le espetó en un acto, frente a todo el país, que no se hiciera el vivo, que “de tonto” estaba bien. Ya como máxima autoridad de la inteligencia le tocó la histórica misión de evitar que se pudiera tomar una foto en el traspaso de mando presidencial en la que el prestigio de Cristina Kirchner fuera usufructuado por su horrendo sucesor. Misión que, puesto a negociar las condiciones del traspaso, cumplió con todo éxito. Pero hay que aclararlo y acabar con la confusión: cuando Aníbal Fernández habló de “semejante idiota” no se refería a Parrilli sino a Jaime Stiuso, director general de Operaciones, número tres de la SIDE (o como se llame la inteligencia del Estado): un subordinado. De modo que la frase de Fernández quizás no sea tan importante por lamentar que haya sido un idiota el responsable de la inteligencia como por precisar que ese lugar, el de máximo responsable, no era el del secretario de Estado del ramo sino el de un agente de inteligencia ingresado en la SIDE casi medio siglo atrás, en la anteúltima dictadura. Quedó claro: de acuerdo con su exégeta, Cristina Kirchner consideraba a Stiuso, agente ingresado por el general Lanusse, el responsable de la inteligencia nacional. El problema fue que Stiuso resultó ser un idiota. O, en todo caso, que la presidenta sólo descubrió que él era un idiota al cabo de once años. Lo echó a fines del 2014, precisamente cuando designó como secretario de inteligencia al talentoso Parrilli. En la misma entrevista Aníbal Fernández renovó la idea dos párrafos más adelante con un leve retoque a nivel adjetivo: “Asusta pensar –dijo– que semejante mamarracho haya tenido la posibilidad de estar en ese lugar”. Posibilidad, conviene repetirlo, que no le había garantizado a Stiuso desde el 2003 nadie más que el matrimonio Kirchner. Pareciera ser que Cristina Kirchner no se pone muy de acuerdo consigo misma acerca de Stiuso. Mientras sus “pibes para la liberación” eran adiestrados con la intolerancia máxima a quienes hubieran tenido relación con alguna dictadura (sin contar al tío Cámpora, quien empezó su carrera política de la mano del dictador Pedro J. Ramírez, ni, desde luego, al coronel Perón, factótum de la Revolución del 43), ella le confiaba la inteligencia a un agente especializado en la extorsión con carpetas que jamás hizo distingos entre patrones militares y civiles. Como se sabe, en el 2004 Néstor Kirchner le ofrendó su hombre de inteligencia emérito, el de más confianza, al fiscal Nisman para la causa AMIA. En diciembre del 2014 Cristina Kirchner lo echó, al mes siguiente Nisman apareció muerto, Stiuso se tomó un descanso en Estados Unidos y ella fue a la asamblea general de la ONU (hace de esto apenas medio año) a denunciar que Obama le estaba dando protección a Stiuso para evitarle la obligación de comparecer en la investigación judicial por la muerte de Nisman. ¿Y qué sucedió? Que un día Stiuso volvió al país por su propia voluntad, entró como Pancho por su casa, lo que probó que las persecuciones penales en su contra eran un gran verso, se presentó a declarar en la investigación por la muerte de Nisman, depuso (verbo elocuente) durante 16 horas y, en resumen, dijo que el gobierno de Cristina Kirchner estaba involucrado en el homicidio del fiscal. Entonces quien antes había ido a reclamar a las Naciones Unidas que los ingleses nos devuelvan las Malvinas y los yanquis nos devuelvan a Stiuso ahora ordenó decir que éste era un idiota, tan idiota que no se puede creer que alguien así haya manejado la inteligencia. Parrilli, El Mayordomo, fue más lejos. Llamó a Stiuso psicópata mentiroso (diagnóstico que por algún motivo Cristina Kirchner ahorró en la ONU) y les pidió a los jueces “que cuiden a Stiuso, para que no le pase lo mismo que a Nisman”. Se ve que esta frase no le pareció apropiada a Cristina Kirchner, porque al día siguiente Parrilli se arrepintió de haberla dicho y aclaró que él sólo había querido proteger a Stiuso de Stiuso, ya que no descartaba un autoatentado en su contra. En fin, esta sólo es la parte pública del caso Nisman.
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