Hollywood llega tarde

Redacción

Por Redacción

Usted a quién va a creerle –dice Groucho Marx–, a mí o a sus propios ojos?”. Quizás la frase de Groucho le quepa a la negación de la corrupción de “la década ganada” que los kirchneristas siguen haciendo como si todavía distribuyeran la verdad oficial por cadena.

Por estas horas los propios ojos de los argentinos asisten desorbitados a la confirmación de las peores sospechas, mientras el kirchnerismo duro, créase o no, elude las precisiones y repite: “Nos atacan las corporaciones, quieren vengarse porque nosotros las enfrentamos con coraje”. Ahora es la Justicia, no ya la televisión ni los periodistas de investigación sino la Justicia quien empezó a desovillar la madeja. ¿Persecución política contra Cristina Kirchner? El problema es que el sismo judicial arrancó con dos presos de baja o nula graduación partidaria, históricos ahijados de Néstor Kirchner por los que el Frente para la Victoria prefirió no levantar ni un dedo, el poco lustroso exsecretario de Transporte Ricardo Jaime y el empleado bancario convertido en terrateniente Lázaro Báez.

Los Carlitos que sólo les creen a sus propios ojos poco se tienen que esforzar para ubicar a Jaime y a Báez en el planeta Kirchner. Desde ya que la pertenencia no es prueba suficiente para un juez. Ni siquiera la evidencia de que Kirchner tenía a Jaime como su “transportista” de cabecera y había convertido a Báez en el gran empresario patagónico en desmedro de sus competidores, muchos de los cuales se fundieron. Explicación kirchnerista: a estos dos apenas si los conocemos.

Pero lo que empezó a confirmarse en Tribunales no es que un par de malandras se infiltraron en el convento de carmelitas descalzas. Había decisiones gubernamentales sobre la obra pública que se transformaban en fajos de billetes, esos fajos de billetes iban a parar al bolsillo (metáfora desactualizada, mejor digamos bolso) de valijeros de empresarios cercanos al poder, y el mismo poder que había convalidado los sobreprecios en esas obras públicas era el que las anunciaba y las inauguraba por cadena con entusiastas aplaudidores sin importar demasiado el detalle de que funcionaran o no, que estuvieran listas o no. Si es que se les había dado comienzo.

El trámite desaguaba en lavado, salida del país o entierro del botín en alguna estancia patagónica, quién sabe. Esa parte de la madeja todavía está enrollada pero promete novedades altisonantes.

Y en algún momento la película se hará. En la representación de Hugo Alconada Mon, el tenaz periodista de “La Nación” que descubrió el supuesto lavado de retornos de la obra pública en los hoteles de Cristina Kirchner mediante la contratación de habitaciones cuyas sábanas nadie arrugaba, uno puede imaginarse a Al Pacino. La historia tiene de todo. Desde las tierras fiscales con paisajes de ensueño compradas por los Kirchner a 50.000 dólares y vendidas a 2,4 millones hasta la pasión del presidente de mocasines austeros por las cajas fuertes de pie, una imagen romántica de la codicia con reminiscencias de Butch Cassidy. Agréguese la sucesión matrimonial en la única democracia del mundo que la tuvo, una muerte súbita cargada de misterios y la agridulce herencia de la viuda, mezcla de poder, épica revolucionaria y negocios oscuros: guión electrizante garantizado. Con mucho menos Al Pacino hizo de “El informante” un éxito inolvidable. Pero todavía falta lo mejor, eso que los guionistas más apreciarán. Como en las de cowboys, en esta historia el dinero es cash. Bingo, no hay que filmar una trama de tediosos asientos contables, siempre un garrón en el lenguaje audiovisual. ¿Acaso existe una imagen más gráfica, más rotunda, que la de los sospechosos contando plata durante horas, faena ardua que coronarán con un Cohíba y dos whiskies?

Sépanlo en Hollywood, llegan tarde. En la Argentina la película pasó de verdad. El país entero, salvo los argentinos que se fueron a vivir a una cueva subterránea en la selva de Guam, la vio (la vivió) por entregas. Bastaba estar aquí. Algunas cosas había que descifrarlas, otras producían dudas incluso entre los devotos del credo K. Pero un día llegó la escena fulminante, huelga aclarar que sin actores, con personas reales. Que como los grandes artistas –y los locos– se olvidaron de las cámaras que grababan su desparpajo.

Ni siquiera el megalómano Richard Nixon fue tan obvio cuando ordenó poner micrófonos –antes de Watergate– en los principales salones de la Casa Blanca para grabarse a sí mismo y después tuvo que entregarle a un comité del Senado las cintas que lo incriminaban. ¿Una parte de la banda de la obra pública criolla contaba billetes mal habidos en la penúltima fase del acopio y se filmó impunemente? Eso fue, al menos, lo que entendió buena parte del público, que se sacudió en la silla, en el sillón, en la cama, donde estuviera cada cual mirando el noticiero.

Entonces el kirchnerismo adoptó el libreto marxista sin pretensión humorística: “¿Usted a quién va a creerle, a mí o a sus propios ojos?”. Justo el kirchnerismo, ilusionista nato, inventor de actos y contraactos, escraches y contraescraches, marchas y contramarchas, maestro de ceremonias de un relato inagotable, sucumbió ante una representación televisiva (combinada con el cambio de viento judicial) a la que no pudo oponerle nada eficaz, mucho menos una explicación. Javier Grosman, el artífice del los festejos del Bicentenario y de los funerales de Néstor Kirchner, dos sucesos, ya no estaba para aplicarle las leyes del megaespectáculo a lo que hiciera falta. Y Cristina Kirchner, que contrataba especialistas y los hacía ricos con la plata del Estado pero jamás metería la mano en su propio bolsillo, dijo yo me arreglo sola, digo lo de siempre.

Ella les bajó a los muchachos una línea equivocada. Insistió en desconocer la corrupción, palabra extirpada de su vocabulario durante sus años en la Casa Rosada, en vez de intentar alguna acomodación argumentativa que la encajonara. Siguió con la cantinela de los grupos hegemónicos, la diabólica familia judicial, el poder mediático, sin tomar nota de que el viento judicial cambió porque cambiaron el humor social y el gobierno (a pesar de su ausencia en la ceremonia de traspaso) y la tolerancia colectiva también sufrió un ajuste. Tan preocupada por endosarle a Macri los ajustes que estarían matando al pueblo, a ese ajuste, el de la paciencia, no lo vio. Ahora ya no le sobra el tiempo para aclarar, como un marido sorprendido en la cama matrimonial con su amante, “no es lo que parece”.

Opiniones

Pablo Mendelevich

@PMendelevich


Usted a quién va a creerle –dice Groucho Marx–, a mí o a sus propios ojos?”. Quizás la frase de Groucho le quepa a la negación de la corrupción de “la década ganada” que los kirchneristas siguen haciendo como si todavía distribuyeran la verdad oficial por cadena.

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