El otro como enemigo
El paso decisivo que llevó al hombre del paleolítico hacia la civilización fue un proceso muy complejo que incluyó la aparición de las primeras ciudades, la domesticación de animales, la agricultura, la escritura y la posibilidad de poder poner a resguardo una cantidad cada vez mayor de comida para usarla en las épocas de hambruna. Todos estos cambios implicaron también una enorme transformación en las relaciones interpersonales entre los miembros de las primitivas hordas. Esos hombres y mujeres de la época de los cazadores-recolectores tenían una existencia precaria pero también una vida igualitaria.
En las primeras sociedades complejas el cambio social fue radical: el sometimiento de muchos al arbitrio de unos pocos. Se crearon los estamentos sociales. Esta organización fue eficiente, ya que permitió construir obras gigantescas, almacenar cantidades enormes de alimentos y mejorar en general la vida de buena parte de la población no esclavizada, pero eso se lograba a cambio del sometimiento atroz de los esclavos.
Aunque hoy nos parezca terrible, la vida en los grandes reinos de la antigüedad era mucho más previsible, civilizada, plácida y placentera para la mayoría que la que había llevado la antigua horda de cazadores-recolectores, que estaba a merced del clima y de la suerte. Con la aparición de las primeras civilizaciones aparece la política: la forma no explícitamente violenta de manejar la vida social.
Al analizar este largo proceso, que según él implicaba una sublimación cada vez mayor de la violencia animal que anida en el ser humano, Freud dijo: “El primer hombre que insultó a su enemigo en vez de arrojarle una piedra fue el que inventó la civilización”. Es decir que la política puede ser pensada como un largo camino que va de la experiencia violenta directa a la disputa discursiva.
En ese proceso, política y religión estuvieron siempre unidas. En las primeras civilizaciones no había diferencias visibles: el rey era el sumo sacerdote y, además, era descendiente de los dioses que todos adoraban. Con el paso de los milenios, la relación entre ambas esferas se fue haciendo más difusa, pero aún hoy y en las sociedades más laicas (después de siglos de guerras de religión) persiste algo religioso en toda política. Hay algo del orden de lo sagrado, de lo maldito y de la creencia sin sustento racional en toda ideología política.
A diferencia de los sistemas anteriores, la democracia que se instala a partir del fin de la Segunda Guerra se piensa a sí misma como un espacio escéptico: no cree en nada ni privilegia una creencia ideológica por sobre otra. Todas las creencias ideológicas pueden convivir si aceptan la condición de que ninguna es una verdad revelada. Eso permite la alternancia de posiciones disímiles y hasta antagónicas sin que se recurra a la violencia.
Ese es el ideal del espacio democrático moderno, pero la realidad cotidiana es que las ideologías que se enfrentan siguen teniendo raíces religiosas. En momentos normales esas raíces religiosas no adquieren importancia. Pero en las crisis o en las democracias de menor tradición la base religiosa del pensamiento político toma el comando.
El fascismo (que volvió a fundar la política moderna en el sentimiento religioso) moralizó la experiencia: presentó la política como una lucha entre dos bandos antagónicos en lo moral. Los buenos (los fascistas, en este caso, pero puede ser cualquiera que piensa la política en términos morales) se enfrentan a los malos (los enemigos de la causa, sea cual fuere). Cuando el enfrentamiento se moraliza (se carga de religiosidad) la política se vuelve fanática: el otro ya no es un mero adversario que tiene un punto de vista distinto sino que se transforma en un enemigo, al que habría que destruir.
No hay encuestas en la Argentina sobre si mucha gente se considera o no perteneciente al bando de “los buenos” y cree, por lo tanto, que hay que eliminar al bando de “los malos”, pero las intervenciones masivas en la web y en las redes sociales permiten ver claramente que es ínfima la cantidad de gente que habla de política y que no sostiene esta creencia fanática. Si además de visible este fenómeno fuera cierto (es decir, que es una inmensa mayoría de argentinos la que experimenta la política como enfrentamiento moral), la democracia argentina recién estaría dando sus primeros pasos y nos quedaría un larguísimo camino por recorrer.
No se logra construir una sociedad civilizada y una robusta vida democrática moderna si se piensa al otro como un enemigo que debe ser destruido.
(*) Crítico cultural
Daniel Molina
@rayovirtual
Opiniones
“Las intervenciones en la web y en las redes sociales permiten ver claramente que es ínfima la cantidad de gente que habla de política y que no sostiene esta creencia fanática”.
Datos
- “Las intervenciones en la web y en las redes sociales permiten ver claramente que es ínfima la cantidad de gente que habla de política y que no sostiene esta creencia fanática”.
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