A los gritos
en clave de y
MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com
Le diré por qué no miraba prácticamente ninguna comedia, unitario, telenovela y afines de factura nacional: porque no hablan. Gritan. Gritan, se superponen, gesticulan agresivamente… Insoportable. Sin embargo, y quizás porque la gente joven de mi familia las comenta, porque hay más apoyo oficial a las producciones argentinas y están todos los buenos actores y actrices trabajando, me prendí con un par de ellas. Me atraen, y cuando gritan mucho bajo el volumen. El caso es que descubrí –vaya descubrimiento– que en realidad, así son nuestras conversaciones, intercambio de opiniones, comentarios, lo que sea. Empiezan lento. Pregunta alguien: ¿viste lo que dijo?, dijo eso, ¿te parece? Y ya estamos gritándonos, imponiendo la opinión vía garganta de tribuna, de tal forma que no hay verdad ajena de la que aceptemos algo, y todo suele terminar con final abrupto o cambiando de tema… hasta que se repite el ciclo. Entonces, para salvar la reunión, empezamos a evitar los temas que nos apasionan de tal manera, vetando política, religión, fútbol, alguna problemática familiar, y las cosas se encaminan así: ¿qué lindo día ayer, no?, sí, parece que se va el invierno, ya era hora, o alguna temática inocua. Resultado: intercambio cero. Lo único que funciona es el mate, si no ha quedado olvidado en medio de la trifulca. ¿Es este círculo vicioso inevitable? Rotundamente, no. Claro que necesita un cambio significativo de actitud, un revalorizar palabras claves que repetimos como loros, quitándole todo su formidable contenido: respetar la opinión ajena. Personalmente, me he propuesto, cuando ya siento en la boca del estómago que lo que dice Fulana me irrita y ya no escucho, sino que mentalmente descalifico, me he propuesto, le decía, un ejercicio de humildad básico: recordarme que lo que creo, lo que opino, es una parte muy acotada de ese caos que llamamos “realidad”. Sugerida por titulares machacones, o mensajes reiterativos, o pulsiones personales que ni nos detenemos a analizar, la “opinión” es eso, una convicción recortada, que necesita ser enriquecida por otras opiniones. No puede ser, me digo, que todo, todo lo que me dice ese otro con el que confronto sea ignorancia, fanatismo, o cualquier adjetivo descalificativo que no sólo pienso, sino que se lo tiro a la cara, obturando toda posibilidad de diálogo. Bajando entonces algunos escalones de nuestra autoimagen maravillosa, es posible, me parece, el respeto, que es una actitud de apertura, una invitación a compartir sin violencia verbal o gestual, recibiendo lo que viene como lo que es: una opinión, igual de valiosa que la nuestra. Valiosa porque viene de alguien que aprecio, o que forma parte de mis rutinas, y porque para ese alguien, yo soy, en espejo, lo que haga con él. Algo de lo que no somos conscientes es que hay una ligazón total entre descalificar lo que opina otro, con el otro mismo. Si la Fulana que defiende es una insoportable, soberbia, mentirosa, entonces, yo, que la defiendo, soy o igual a ella, o ingenua, o ignorante, o me lavan el cerebro. Es decir, se apunta directo al centro de la autoestima. Esto sí es insoportable, y desata la intolerancia. Le juro: no hay reelección, gurú, equipo, cuñado, nada, que valga tanto la pena como para romper los trabajosamente elaborados vínculos de nuestra cotidianidad. Y porque viene al caso, le recomiendo la serie “Percepción”, en el canal AXN. Pone en duda todo eso que llamamos realidad y se sostiene en interesantes argumentos. Para matizar con los gritos autóctonos.