Abuelos, nietos y actividad física

Por Redacción

Marcelo Antonio Angriman (*) angrimanmarcelo@gmail.com

A minutos de ser publicada la columna “La culpa no es del niño sino de quien no lo hace mover” (“Río Negro”, 5/3/16), recibí un mail de una abuela predispuesta por ayudar a sus pequeñas nietas. La calidez de sus líneas me llevó a reflexionar sobre el enorme aporte que un abuelo o abuela puede brindar a sus nietos, en tiempos en que la Organización Mundial de la Salud califica al sedentarismo infantil como una epidemia mundial que puede reducir la expectativa de vida de los niños actuales. Por el contrario, el movimiento en el niño coadyuva a su crecimiento (óseo, muscular, orgánico y articular), provoca un aumento de sus capacidades físicas (velocidad, resistencia, flexibilidad y fuerza) y, desde el plano mental, mejora la autoconfianza y la relación con los semejantes (socialización) y actúa como un excelente liberador de estrés y endorfinas. Recientes estudios tratan, además, el enorme beneficio que el ejercicio provoca en las neuronas y en la función cerebral. El abuelo no es el encargado natural de hacer mover al niño, pero bien puede ser un actor de reparto privilegiado, cuando dispone de un tiempo para dedicar a su nieto. Si bien hay un abismo en el mundo que les ha tocado vivir a estas dos generaciones, los abuelos poseen la experiencia de haber sido hijos y también padres. Dichas vivencias son buenas credenciales, pero no son suficientes para dar la “visa” que las circunstancias actuales exigen. Si para los padres es difícil decodificar el vértigo con que la revolución tecnológica ha modificado los hábitos de sus hijos, cuánto más para los abuelos, quienes hablaban a distancia por operadora, escribían a máquina o jugaban en la calle hasta que anochecía. Hoy internet, WhatsApp, YouTube, Skype, Twitter, Facebook, Google e Instagram han pasado a retiro la carta manuscrita, el teléfono fijo y prometen igual suerte para la tevé y el diario papel. Paralelamente, gran parte de los adultos mayores han comenzando a ver el tiempo que sucede a la crianza, estudio de sus hijos y las preocupaciones laborales como años dorados. Por ello una buena química entre estos nativos digitales y aquellos nativos culturales requiere de dos componentes fundamentales: el afecto y la plasticidad. El afecto motorizado por el amor es el elemento dinamizante. La plasticidad o capacidad de adaptación deben acompañar para abandonar la zona de confort, escuchar, sorprenderse y sobre todo jugar, dando la importancia a ese tiempo único e inmortal para el niño. En “Camino a casa”, una memorable película coreana que narra la relación de un nieto caprichoso venido de la gran ciudad y su abuela sordomuda, tales componentes se exhiben con inusual naturalidad. Un punto de convergencia en el que el abuelo haga algo muy positivo por su nieto y por sí mismo puede ser el de compartir una actividad física, caminar, andar en bicicleta, jugar a la pelota, al tejo, cantar, bailar, hacer algún ejercicio localizado, elongar, pescar, hacer el jardín o bien acompañar a las clases, entrenamientos y eventos deportivos en general. El intercambio entre abuelos y nietos produce no solo beneficios en la salud física de ambos sino también mental, ya que: 1) los abuelos son la figura representativa de la unidad familiar y ello los hace sentirse seguros emocionalmente; 2) los abuelos son grandes compañeros de juego; 3) los chicos disfrutan cuando los oyen hablar sobre su juventud y esto los ayuda a llenar el vacío entre pasado y presente; 4) los niños que pasan tiempo con sus abuelos consiguen mejores habilidades sociales y menos problemas de comportamiento en la adolescencia. Para el abuelo: 1) el nieto alimenta la fantasía, la imaginación, manteniéndolos activos; 2) su ilusión por compartir juegos con los niños es una buena motivación para mantenerse mentalmente sanos; 3) el amor, humor y surrealismo, al decir del licenciado Rafael Santandreu, que provocan sus nietos ayudan a sobrellevar las dificultades propias de la edad. Además los abuelos y los nietos suelen prodigarse entre sí mucha más paciencia que con las demás personas del grupo familiar. ¿Quién no guarda en la memoria un recuerdo imborrable de un abuelo, un gesto, una caricia, una palabra, un aroma o alguna huella que de tanto en tanto nos genera buenas sensaciones? Cada fin de semana vemos a Messi agradecer al cielo al convertir, en tributo de su abuela Celia, compañera inseparable de sus primeras prácticas. Todavía conservo viva en la retina la imagen de mi abuelo Antonio con un improvisado pañuelo atado en las cuatro puntas de su cabeza, sentado junto a mí en un tablón de la cancha de All Boys en Floresta, esperando con una bolsita de papel picado la aparición de su querido Belgrano. El abuelo sabe algo que mucho tiempo después conocerán sus nietos y es que los buenos recuerdos compartidos quedarán grabados para siempre. Por que como bien señala la educadora social Imma Marín: “La complicidad entre un abuelo y un nieto no se acaba nunca”. (*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física. Docente universitario

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