Adiós al Negro Coria



Entre tantas cosas que no recuerdo, una de ellas es dónde conocí al Negro Coria. Tuvo que morirse para que me preguntara, como lo hago ahora, el por qué de ese apodo cuando todos los que lo conocimos sabemos que nada tuvo de negro. Era tan blanco como la multitud de argentinos que tenemos ese color –digo, mayoritario, aunque no estoy del todo seguro–, mezcla de la masa de migrantes que poblaron este país sin pararse a pensar demasiado sobre si se trataba de un desierto, como fue bautizado por Julio A. Roca, o estaba poblado por unas gentes a los que de un tiempo a esta parte conocemos como indios, indígenas o pueblos originarios.

Confieso que el Negro tuvo que morirse para que yo me preguntara cómo fue que lo identificamos con ese apelativo, y se me ha ocurrido que fue él mismo que se lo puso cuando, asumido como peronista, le sirvió para eludir la persecución policial. ¿No entienden por qué? La respuesta es casi obvia: militante precoz en Punta Alta, se hizo pasar por negro para, con previsible éxito, despistar a quienes buscaban a un negro que no lo era. Ésa es una hipótesis. Otra, basada en que, como peronista de ley, quería identificarse con los cabecitas negras que inundaron la Plaza de Mayo en 1945, bautizados como “aluvión zoológico” por el dirigente radical Ernesto Sammartino.

Lo cierto es que desde que lo conocí para mí siempre fue el Negro. Estrujando la memoria, lo más probable es que nos hayamos visto por primera vez, blancos los dos, en Neuquén, él peronista y yo no. Por razones que ignoro, no fue esa diferencia algo que nos separara. Lo llamativo de la prolongada e invariable identidad peronista del Negro es que nunca fue dirigente de nada y, no obstante, hizo de la militancia una parte inseparable de su vida. Fue así en Neuquén y luego continuó siéndolo cuando, llevados por esas cosas de la vida, nos volvimos a encontrar en México. Recuerdo que me contó que, por esas mismas cosas de la vida, lo fue a buscar la policía a su casa sin encontrarlo. Ahora no puedo dejar de suponer que lo vieron sin llevárselo porque no era negro. En la capital mexicana frecuentamos una casa donde se reunían los exiliados; simpatizantes ambos de los Montoneros decidimos editar un boletín del que sólo salió a la luz una entrega. Pasó que había en ese modesto papel impreso a mimeógrafo alguna crítica a la dirigencia. A Firmenich no le gustó y fue suficiente para que el boletín pasara a la historia. No se nos ocurrió una protesta que reivindicara la libertad de expresión sino que, prudentes, decidimos poner fin a esa fugaz convivencia periodística.

Por las mismas cosas de la vida a las que ya me he referido, después de ese episodio nos vimos poco. Una vez lo visité en un departamento medio ruinoso de la vetusta Colonia Roma, donde vivía. Supe que había pasado un largo tiempo en Guadalajara, donde vendía libros, y luego, a la hora del regreso y por esas mismas cosas de la vida, volvimos a encontrarnos en Neuquén. Y luego se murió. No nos vamos a volver a encontrar pero siempre lo recordaré.

Jorge Gadano

Lo llamativo de la identidad peronista del Negro es que nunca fue dirigente de nada y, no obstante, hizo de la militancia una parte inseparable de su vida.

Jorge Gadano

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Lo llamativo de la identidad peronista del Negro es que nunca fue dirigente de nada y, no obstante, hizo de la militancia una parte inseparable de su vida.

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