Afuera y adentro



MARIO ÁLVAREZ (*)

Y de repente, se dieron cuenta. La droga habita entre nosotros. Guerra santa contra ella, aseguran quienes nos gobiernan. Promesas pre y poselectorales; gendarmes reubicados; denuncias oportunistas; persecuciones y allanamientos; supuesto adiestramiento específico para la policía; más patrulleros y más motos; ir hasta el final en esta cruzada es la consigna. Grandes titulares de prensa. Los radares no funcionan y pululan las pistas de aterrizaje clandestinas. La Iglesia se anima y emite un documento. Encuestas. Mesas redondas de especialistas recién especializados. Los narcos se multiplican. Caminan entre nosotros. Compran autos de alga gama y propiedades vip sin que nadie los vea. Dan a conocer nuevas estadísticas con porcentajes de muertos incluidos. Los políticos de siempre repiten gastadas letanías, mientras se acusan unos a otros. ¡Cámaras de seguridad en todas las esquinas!, grita uno. ¡Botones antipánico!, promete otro. ¡Mano dura y pena de muerte!, se ilusionan varios. Reparto de culpas a los cuatro costados. Miradas erráticas, que buscan donde no hay. Que no hacen lo que deben. No ven la realidad. Están afuera. Es ahí donde viven. “Es consecuencia de la política de las cucarachas”, intenta explicar un funcionario mexicano. “Los echamos de allá y buscan lugar en otras geografías. La Argentina es una de ellas. Hay muchas villas y ésa siempre es tierra fértil para un narco. Es lamentable, pero es así”. Y el tipo, quizás sin quererlo, mete el dedo en la llaga. No sólo hay villas. Hay pobreza desatendida. Empobrecimiento sistemático tras varias décadas perdidas. No se les cae una idea a los que están afuera y sólo procuran recaudar mejor para sostener un asistencialismo facilista y degradante. Única fórmula que al parecer disponen para calmar los ánimos de los que no tienen trabajo, ni lo tendrán jamás, si nada cambia. Nadie se detiene seriamente a hablar de eso y prefieren mirar para otro lado, haciendo lo incorrecto, dejando que los pibes lleguen cada vez más temprano al umbral del adulto sin el cariño próximo, sin la infancia inocente y sin escuela. Para los pobres no hay trabajo genuino. Desde su nacimiento mismo están colocados en geografías de ausencia y de despojo. Viven en el medio del desaliento y de destinos desmoronados prematuramente. Ya no son necesarios, salvo para acercarse hasta la urna de vez en cuando a rendirle tributo a una democracia degradada, que a ellos no los alimenta, ni los educa, ni los cura. Son indeseables de antemano. Nacen en barrios desclasados, sin luz, gas ni cloacas, acorralados por un sistema todopoderoso, en el que no pueden entrar… pero del cual tampoco pueden escapar. Hacia ellos se encamina la mirada del narco. Se trepa por las espaldas cansadas del que ya no tiene voluntad, futuro ni nada y le habla al oído, susurrante, ofreciéndole reinventarse con otros códigos, desconocidos para nosotros, los urbanizados, los diseñadores de sus sueños truncos. Los que estamos afuera. Y esos otros códigos, rebeldes, delirados, prepotentes, suman al excluido a un mundo nuevo, en el cual repentinamente todo se vuelve más próximo y posible, y empieza a ganarse un lugar la independencia tan deseada. Imagen disimulada de una agonía segura. Ese mismo sistema de cimientos corrompidos hasta el tuétano lo llevará a una cárcel de flagelo. Le pondrá un número en el pecho para que salga prolijo en el prontuario y lo declarará “no apto” para seguir viviendo entre nosotros. Y a partir de tal día, ése será su adentro. (*) Abogado


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