Alguien

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mediomundo

claudio andrade candrade@rionegro.com.ar

Aunque nuestra cita coincida con el último día de este mundo, aun así, quiero conocerte. He estado con muchas personas en muchos lugares y, en ciertas y especiales ocasiones, ha sido un gusto para mí. Un placer para ambos. Sin ir más lejos (si bien “lo lejos” es prácticamente mi segundo apellido), este verano estuve con un hombre de un pequeño pueblo de Oregón. Cenó conmigo, me ofreció su amistad y la de su esposa, me invitó a su casa, me tentó con pasar algunas semanas arriba de su barco navegando por Alaska, donde realiza estudios sobre medioambiente. Como me pasó, hace tanto ya, de estar en un bar y de pronto escuchar el rumor entre las mesas, disparado por un notable que había entrado, un pintor, un performer, Fernando, quien años después se transformaría en uno de mis mejores amigos. Un interlocutor. Un cómplice de delicadas peripecias imaginarias. Si estás ahí, cerca o lejos, si existe el espacio para elaborar esa forma de amistad que se traduce en calor, en fragor y en una simpatía que dura mil años quiero que sepas que te estoy esperando. Que estoy buscando un nuevo amigo, una amiga, una persona con quien atravesar la tarde bebiendo café. Con quien arreglar el mundo. No creo ser el único, en el fondo todos buscamos a alguien. *** Hay tanta pero tanta gente sola en este mundo. ¿Por qué? Mis abuelos murieron solos, mi padre murió solo. No quiero eso para mí. Tengo la soberbia, la estúpida pretensión de cambiar el rumbo de los acontecimientos. De escribir al menos una línea distinta y sustancial sobre la superficie de la historia. Por eso invento pequeños relatos. Por eso organizo festivales de música o poesía (en eso ando ocupado en estas horas). No me olvido de los que se suman, de los otros soñadores, aguerridos y talentosos seres que quieren marcar la diferencia y dejar su huella. Hablo de gente. Hablo de flores. Para mi uso cotidiano, he escrito mi propio credo, aún queda bastante por agregar pero, dice (¡ejem!): no usaré el poder de mis palabras para espantar ni herir a mis hijos. No abusaré de la confianza que me ofrecen mis amigos. No pediré favores. No exigiré compromisos que yo mismo no puedo cumplir. No abandonaré el camino de la intensidad. Y sigue largo y un poco inocente el decálogo de los “no”. Supongo que con el tiempo cambiará el orden de las prioridades pero aun entonces, perdido en una caverna, acurrucado en la cama dura de una cabaña en el fin del planeta, estaré pensando en que existes y que sos la persona a quien le invitaría un helado, aquel con el cual formaría una banda de rock, el tipo, la piba, la mujer o la abuela con quien comenzaría a tejer la bufanda colorida que unirá este presente prometedor con un futuro divertido.


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