Ambiciones peligrosas

Más allá de las posibles discusiones históricas, el filme basado en la novela de Philippa Gregory, es un drama que, sin sorprender, goza de una atractiva intensidad, en gran parte gracias a la lograda actuación de Natalie Portman.



Cualquier hecho histórico que hace su traslado de los libros a la gran pantalla siempre genera controversias. La mirada de los especialistas encuentra más de una fisura mientras los realizadores defienden sus decisiones, en más de una oportunidad bastante alejadas de la veracidad, en pos de brindarle a su creación atractivos mayores para el espectador. Ocurrió en 2005 con “Munich” de Steven Spielberg, que cosechó el apoyo de gran parte de la crítica, con premios incluidos, pero el mayor rechazo de los historiadores, por las incongruencias que la cinta presentaba en relación con lo que realmente había ocurrido.

La existencia de Ana Bolena y su tumultuosa relación con el rey Enrique VIII, ha gozado de gran cantidad de versiones, tanto literarias como televisivas (recientemente en la miniserie “The Tudors”) y cinematográficas. En esta oportunidad, el punto de partida es la novela del mismo nombre de la británica Philippa Gregory, publicada en el 2002 y con cinco secuelas escritas hasta el momento, debido al suceso del primer libro. El relato ofrece una mirada diferente, desde la perspectiva de la hermana de Ana, María, y el triángulo que ambas mujeres conforman con el monarca.

La película del experimentado director y actor televisivo Justin Chadwick, que debuta en la pantalla grande, mantiene a grandes trazos el conflicto principal aunque la protagonista excluyente siga siendo la Bolena más famosa y en ningún momento aparezca algún indicio de que María sea la que oficia como relatora. Esta decisión, claramente adrede, le permite al realizador ubicarla como una espectadora, que aparece y desaparece de la escena con más silencios que palabras, casi como un fantasma imposibilitado de reaccionar. Así se genera la contraposición entre ambas hermanas, una carismática, ambiciosa y controladora, y la otra todo lo contrario. Diferencia que se acentúa por los rasgos físicos de ambas actrices y que, si bien está más cerca del estereotipo que de la realidad, funciona para alimentar el conflicto y generar una tensión, por momentos casi de culebrón, pero asimismo atractiva.

Ambientada entre los años 1520 y 1536, la producción persigue el camino que inician Ana (Natalie Portman) y María (Scarlett Johansson) desde su apacible vida campestre a la corte de los Tudor, empujadas por su padre y un tío que las utilizan casi como prostitutas en la búsqueda de una salida económica para la familia. El rey Enrique VIII, conocido por sus variados romances, busca procrear un heredero varón que su actual esposa no le da y el ingreso en escena de las hermanas será la excusa ideal para lograr su objetivo. María se encuentra felizmente casada y carece de ambiciones palaciegas, sin embargo, es la primera en caer en los brazos del soberano, provocando la ira de Ana, que a fuerza de intrigas, logrará su deseo, aunque el precio a pagar sea demasiado alto.

A pesar de que el espectador ya conozca el final del hecho, el realizador sale airoso a la hora de generar una trama intensa, apoyado en una ambientación fastuosa y la decisión de construir climas asfixiantes. La mayoría del filme transcurre en lugares cerrados e inclusive en los espacios abiertos, la fotografía de Kieran McGuigan es oscura, evitando la luminosidad, como una forma más de apoyar la claustrofobia del conflicto. A esto se suma la labor de un reconocido elenco, con notables papeles secundarios de Kristin Scott Thomas como la madre y Jim Sturgess como el hermano menor de las Bolena. En el enfrentamiento entre ambas actrices, es Portman la que gana la apuesta, brindándole a su belleza angelical un alto grado de emoción, pasando por todos los estados de ánimo y siempre con la ambición desmedida dibujada en su rostro. Cada vez que aparece, se apodera de la escena, relegando a Johansson a un segundo plano, quizás también debido a las cualidades de ambos personajes. Eric Bana luce frío y distante en la piel del rey, aunque en determinados momentos logre humanizar a este ser aparentemente tan cruel.

Seguramente muchos cuestionarán las decisiones históricas y también la carencia de recursos innovadores, riesgos que, por ejemplo, tomó Sofia Coppola en su reciente “María Antonieta”, pero este es un drama convencional que no propone desafíos pero tampoco desilusiona.

Entre la oscuridad de los planos y la sordidez del hecho, la mirada de Portman enloquece ante cada obstáculo que se interpone entre ella y su obsesión. Con un poco de víctima y otro tanto de victimaria, en un mundo en el que la mujer ocupaba un lugar degradante, sus acciones pueden verse desde distintos puntos de vista y provocar variadas sensaciones. Seguramente la indiferencia no es una de ellas.

 

Alejandro Loaiza

aloaiza@rionegro.com.ar


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