La idea de las maestras hospitalarias para que el arte sane el dolor

Laura Loncopan Berti

“Nunca pinto sueños o pesadillas. Pinto mi propia realidad”. La frase pertenece a la artista mexicana Frida Kahlo, cuya obra nació tras sufrir un siniestro vial que la obligó a un largo reposo. Las maestras de la escuela domiciliaria y hospitalaria de Neuquén tuvieron la misma idea: les llevaron acrílicos a sus estudiantes en situación de enfermedad para que pudieran “romper la barrera del dolor” con color.

Así construyeron la muestra “Pincelar Sonrisas” que reúne el trabajo de niños de entre 5 y 12 años. Se puede visitar durante todo septiembre (ver aparte).

“Se nos ocurrió fortalecer la parte positiva de los chicos, que descubran eso que tienen de bueno y potenciarlo a través del arte. Por eso le pusimos superhéroes. Le leíamos cuentos e historias. Primero lo plasmaban en un bosquejo y después pasábamos al cuadro”, relata la maestra Mónica Acuña.

La escuela es itinerante. Las docentes dictan sus clases en las casas de los estudiantes, que por razones de salud no pueden estar en las aulas, o en las camas del hospital Castro Rendón dónde reciben tratamiento. Para ellos la muestra es inmensamente valiosa, ya que a diferencia de un establecimiento tradicional aquí no hay un salón de actos o un pasillo dónde exhibir sus trabajos.

En la actualidad la escuela garantiza el derecho a la educación de 220 alumnos en domicilio y 50 en el hospital. Las circunstancias que los llevan allí son diversas: hay desde chicos con yeso por treinta días hasta quienes tienen leucemia.

Tal y como a Frida, la obra los revela. “Hay una de las chicas que a su heroína le pintó limones, porque son los que le quitan las náuseas que le produce la quimioterapia”, cuenta Marcela Álvarez, otra de las docentes que participó en la iniciativa junto a Patricia Lizama.

El colegio no tiene cargos cubiertos en el área de plástica, por lo que el equipo contó con el asesoramiento del artista local Martín Villalba, en cuya sala se puede visitar la exposición. Él les enviaba audios por WhatsApp a los chicos haciéndoles devoluciones a medida que avanzaban. “Les decía “qué lindo que te está quedando”, “qué bueno está ese color, me encantó esa combinación”. No era alguien inalcanzable, estaba ahí, estaba atento a lo que iba sucediendo”, afirma Marcela.

Los bastidores que se emplearon fueron una donación que hizo Víctor Morales y gracias a una rifa pudieron comprar los materiales.

“La pregunta nuestra es cuantas más cosas podríamos hacer a favor de garantizar la educación y de que los chicos puedan transformar la experiencia dolorosa en algo mejor si realmente tuviéramos docentes en el área expresiva, como profesor de música y plástica, que eso es algo que no tenemos. Como tampoco tenemos aulas (en el hospital), son limitaciones muy grandes”, subraya Mónica.

Las maestras hospitalarias no lucen delantal blanco. “Usamos guardapolvos coloridos para que no nos confundan con enfermeras. Si entra alguien de blanco ya empiezan a llorar, en cambio nosotras somos las buenas, nos tenemos que diferenciar”, explican entre risas.

Ellas traen el color, los chicos ponen las palabras. Danae Salazar, trabajadora social y psicooncologa de la escuela, sostiene: “Los niños hablan de la muerte. Preguntan “¿yo me voy a morir?, ¿vos te vas a morir?”. Los adultos damos vueltas, los niños tienen una simpleza que hace que las cosas más difíciles se transformen en algo bueno”.

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