Cuando el canto alegra corazones

Enrique Camino

Es obvio que las medicaciones mitigan los riesgos en adultos mayores. A veces no son del todo necesarias cuando los efectos de la música y el canto les sacan su niño interior y les cambian el estado de ánimo. Estos acordes sanadores están a cargo de músicos solidarios que pasean su arte por centros de atención social y de salud.

El Centro de Día Don Fanor, ubicado en la República de Santa Clara –como los vecinos llaman al barrio de profundas raíces sentimentales– tiene una trayectoria de más de quince años trabajando con personas de la tercera edad y en articulación con organizaciones comunitarias. No bien el grupo Le Cantamos a los Abuelos entona allí el primer tema, unas quince parejas empiezan a sacarle viruta al piso.

“La lambada”, el pegadizo ritmo brasileño, el “Soy cordobés” del fallecido cantante cuartetero Rodrigo y el tradicional “Carnavalito” abren la puerta hacia un momento agradable. Se refleja en los rostros de los improvisados bailarines y las caras de alegría son la mejor gratificación que el conjunto musical puede recibir.

Le Cantamos a los Abuelos está integrado por Silvia Martínez, Agustín Chico, Fernando Núñez y Walter Ponce, quienes se conocen de una academia de canto. Nació de parto natural y de manera peculiar. Es que cinco años atrás Walter, que trabaja en la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses), tuvo que facilitarle un trámite a una anciana en una residencia geriátrica. Fue hasta ese inmueble y, mientras firmaba un documento, intercambió impresiones sobre el tango que la mujer estaba escuchando en una emisora radial.

“Si a usted le parece, abuela, un día vengo a cantarle porque estoy tratando de aprender. Hablé con la directora de la institución, y a los pocos días fui solo y con mi equipo de pistas”, recuerda Walter sobre ese momento.

La seducción llegó enseguida con mucha interacción directa, explícita y subliminal. Lloró la mujer y Walter también se emocionó. A los pocos días, fueron en bandada a cantar y así comenzó la trayectoria por residencias y hogares de ancianos, tanto en esta capital como en la vecina Patagones. El grupo actúa en forma gratuita.

Con los años, se encontraron con que los abuelos los adoran. “Hay un amor incondicional y nos esperan ansiosos”, cuenta Silvia.

A su lado, Fernando exhibe desde su teléfono celular un mensaje grabado de Nancy, una mujer que vive en una residencia de Patagones. Desde su silla de ruedas les dice: “Hola chicos, soy Nancy, la pesada”; y tras la presentación, les pregunta: “¿Cuándo van a venir a cantar?”.

Observando las repercusiones, indican que los ancianos “se acomodan para vernos a nosotros. A veces están serios y, cuando transcurre la primera página musical, te piden que bailes con ellos. Hay cosas que nos conmueven y nosotros nos sorprendemos...”.

Walter parece ser el más sensible. Apunta que “se generan momentos donde los vemos llorar cuando le tocamos el lado débil con un tema musical y, por caso, si notamos la presencia de que entre los residentes hay inmigrantes españoles, incluimos un pasodoble en el repertorio. A veces es difícil continuar, yo me quiebro junto con la voz”.

El momento de estar conectado a una máquina de diálisis, tres veces por semana, cuatro horas al día, implica en algunos casos una carga emocional negativa, romper compromisos laborales y familiares en la búsqueda de aliviar la insuficiencia renal.

Es por ello que a Carlos Ochoa, titular del Centro Renal Viedma, se le ocurrió que los pacientes podrían olvidar los pinchazos, dolores y la enfermedad con una motivación musical mientras cantan, aplauden o bailan, de acuerdo a su capacidad.

El cantante invitado es el reconocido Gustavo Gervino. Cuando se le ocurre hacer su propia versión de “Apareciste tu” (Los Reyes del Cuarteto) o “Corazón” (Maluma), el paciente Miguel L. se transforma. Hace lo que puede desde el sillón pero no pierde el ritmo del tema que emiten los parlantes en la sala. “Me hace revivir el corazón... viva la vida”, dice desde su lugar mientras deglute una empanada .

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