El médico que trazó los primeros mapas de la Comarca

Agencia El Bolsón

La primera recomendación de los lugareños a los mochileros que llegaban a El Bolsón solía ser: “Comprá el mapa del Dr. Venzano, seguro que no te vas a perder en las montañas”. “Hasta hace cuatro o cinco años se vendían por cientos”, confirmaron desde una librería céntrica. La directora de Turismo Sofía Seroff señaló que “ahora fue reemplazado por la nueva cartografía, pero aquel viejo mapa sigue tan vigente como el primer día”.

“Sus conocimientos en cartografía eran los de un profesional, y más tal vez, porque era consultado por gente especializada. El plano es una muestra y el relevamiento lo hizo a pie, llevando en su mochila un teodolito y un altímetro que compró en un remate del Banco Hipotecario. Hacía sus mediciones desde la altura de los cerros”, reflejaba su hija Alicia -en una entrevista con el periodista en investigación histórica Hugo Alsina- en referencia al primer plano de la Comarca Andina que en la década de 1950 llamó la atención del Instituto Geográfico Militar por su exactitud, además de registrar las ocupaciones de las familias pioneras. “Sus exploraciones y relevamientos de montes y cuencas acuíferas fueron aprobados por el Instituto Geográfico Militar y hasta la fecha, salvo algunas excepciones, las altitudes fueron determinadas casi sin error”, agregaba. Incluso, poco después de su fallecimiento (1982), la National Geographic Society de Washington (EE. UU.) le otorgó un diploma de reconocimiento por su labor cartográfica.

“Fue tal su capacidad visionaria, que logró generar la primera y más temprana imagen tridimensional en color de la región cordillerana rionegrina, situándose sobre un satélite imaginario a 400 km sobre la ciudad de Esquel, mirando hacia el norte, con gran claridad de detalles, que logró imprimir en el extranjero para su distribución”, explicó el historiador local Hugo Alsina. “En 70 años no ha variado nada, Venzano está tan vigente como el primer día. La mayoría de sus datos han sido certificados por Alejandro Barzi en su ‘Manual de la cuenca del lago Puelo’ publicado en Geocities en el 2001”, reafirmó.

Su nombre quedó para siempre en el hospital de El Bolsón -aunque no hay un cartel que lo recuerde- y en un cerro al oeste del río Azul, como homenaje de una región que fue descubriendo en sus escaladas desde la década de 1930, con una pasión irresistible por la naturaleza, al tiempo que se convertía en el primer impulsor del turismo y fundaba el Club Andino Piltriquitrón.

Cuando Venzano andaba por las montañas, la enfermera que quedaba de guardia en el hospital hacía un humo espeso en la chimenea por si se requería su presencia y entonces emprendía la vuelta para atender un parto o la fractura de algún paisano que se había caído del caballo.

Sin embargo, cuando le explicó la estrategia “a un gendarme fortachón y bigotudo cuya esposa esperaba familia, este reaccionó sacando un enorme bufoso (revólver) y le dijo: ‘Doctor, usted se queda acá hasta la parición de mi mujer’... Y no le quedó otra que esperar”, contó Luis Fabricio, bioquímico jubilado, hijo de Nicolás Fabricio, a quien Venzano fue a buscar a Bariloche para que instalara la primera farmacia de El Bolsón.

Rodolfo Domingo Venzano nació en Buenos Aires el 11 de diciembre de 1904. Su abuelo lo llevó a estudiar a Ginebra, Suiza, desde 1908 hasta 1918, donde también descubrió su vocación por la aviación. El 9 de julio de 1930 fue el comandante de la primera escuadrilla de 18 aviones civiles que volaron sobre la Plaza de Mayo.

Por esa época se dedicó a la acrobacia aérea, con el récord de siete loopings realizados en una avioneta Puss Moth, abierta, sin cabina, con un motor de 90 caballos de fuerza. Ya radicado en El Bolsón, en 1936 consiguió la “reserva para la pista de aterrizaje” de 3.000 metros, destinada al Ministerio de Aeronáutica, y en noviembre de 1955 fue uno de los fundadores del aeroclub local.

Con 29 años y el título de médico bajo el brazo, llegó a Bariloche en 1933 y se quedó por dos años. Además de su trabajo en el hospital, dedicó sus horas libres a recorrer la zona, “relevándola topográficamente hasta elaborar el primer mapa turístico, publicado en 1935”, destacan las crónicas de entonces.

En una de esas excursiones, en 1934, llegó caminando hasta Mallín Ahogado (120 km) y descendió hasta el valle del río Azul, donde se encontró con las familias de los colonos arribados a principios del siglo XX. Pronto lo convencieron de mudarse al pueblo de El Bolsón, que por esos años no tenía más de 300 habitantes y no contaba con un profesional que los atendiera.

Fue naturalista y geógrafo por excelencia, con una formación multidisciplinaria sorprendente y de notable aptitud para los desafíos. Graduado en medicina y cirujano, versado en botánica, geología, meteorología, andinista de alma, además de aviador, fotógrafo y artista plástico, Venzano pronto descubrió que la Comarca Andina era su lugar en el mundo. Desde aquellos días ejerció su tarea médica, recorriendo leguas a caballo donde no había caminos para llegar en vehículo.

“Dominaba las diversas propiedades curativas de las plantas nativas, aplicando con éxito los conocimientos de la medicina mapuche, a través del uso del pañil, palo piche, ñanculahuén, salvia y otras variedades”, contaba su hija al historiador Alsina. “Las primeras vitaminas gratuitas las trajo él de Europa. Cada vez que viajaba las compraba con los dineros que obtenía por sus planos y por las arenitas de oro que conseguía en la montaña, sabía que los chicos necesitaban, también los ancianos”, valoraba. “Cuando el tiempo lo permitía, papá iba una vez por semana hasta Bariloche en busca de medicamentos en su Ford A por el viejo camino de El Maitén y Las Bayas. Era un día de viaje y acordaba con los pobladores para que en el trayecto lo ayudaran a vadear los ríos con sus bueyes. Fue así hasta que convenció al bioquímico Nicolás Fabricio de venir e instalar una farmacia”.

“Frente a mí, un cañaveral tupido mostraba sus tallos emplumados. De pronto, se abrieron como un cortinado y apareció. Saludó con ese ‘Bueeenas’ que era tan usual en él. Su mochila flaca, una piqueta, botines colgados al cuello y medias de lana atadas con varias vueltas de hilo sisal. ‘La lana, con una buena atadura para que quede como un colchón, se afirma muy bien en el hielo’, dijo. Así había cruzado el glaciar. Se acercó, me hizo algunas preguntas y se alejó. Volvió al rato con un palito que me obligó a sorber. ‘Hágalo sin miedo, lo introduje en un hormiguero y las hormigas segregan un líquido que es muy refrescante’, detalló”. La anécdota fue contada por Nilo Silvestrone, un fotógrafo y andinista cordobés que luego se radicó en El Bolsón -donde falleció hace unos años-, en referencia a la expedición al cerro Tres Picos en enero de 1964, que costó la vida a dos de sus compañeros y a él lo dejó malherido.

“Hacía tres días que esperaba la patrulla de rescate. Ya no sentía dolor, lo más grave no eran las fracturas, sino la congestión pulmonar. De pronto resonaron voces y gritos a lo lejos”, recordaba. Finalmente, gracias al ácido fórmico que le aplicó Venzano lograron estabilizarlo y bajarlo hasta el pueblo.

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