La historia del bar que se transformó en un museo allense

Benjamín Ríos

En la esquina de Alem y Eva Perón en Allen, hay un lugar donde los lugareños pasan a tomar un café, almorzar y cenar. Es un sitio en donde el que ingresa hace un viaje en el tiempo y puede ver cómo eran las cosas hace más de 100 años.

Se trata de Café Aurelio, que funciona en una casa levantada en 1910 y reciclada en 2012. Hace un año los nuevos inquilinos le sumaron otro nombre para distinguir su estilo y le agregaron Aroma Urbano.

Las fotos antiguas de los primeros dueños, los radios de la época y el piso de madera pinotea, mantienen esa esencia de clásico. Un pedazo de la historia de Allen está en las vitrinas y paredes de esa esquina.

Originalmente el edificio construido en 1910 fue la casa de la familia Torruella y más tarde funcionó allí “Casa Aragón”, un almacén de ramos generales. Pero muchos la identificaron después como la casa de Don José Bentata, un inmigrante proveniente de Marruecos que a partir de 1935 vendió, diarios, cigarrillos y artículos escolares hasta avanzada la década del 80.

El lugar fue comprado y recuperado por Lorenzo Brevi en 2012, un vecino preocupado por atesorar el patrimonio histórico de la ciudad. Luego de la remodelación le puso como nombre Café Aurelio en honor a su padre.

Desde el 28 de julio del año pasado Ana Balmaceda y Luis Heredia alquilan la casa que funciona como un resto-bar.

Ana trabajaba antes como gerente administrativa de una empresa y luego de ser mamá de un pequeño quería hacer una pausa.

Luis también era gerente de esa compañía y juntos empezaron a soñar con la idea de tener un bar donde la gente pudiera disfrutar de un buen café y una rica comida

Luis llegó de Buenos Aires al Alto Valle en 1986. Su pasión por el básquet lo llevó a vestir la camiseta del Deportivo Roca.

Cuando dejó de jugar tuvo una propuesta de ser entrenador en el club Unión de Allen.

Recuerda que hace unos 20 años el lugar estaba abandonado hasta que lo compró la familia de Lorenzo Brevi y comenzaron a restaurarlo. “Fue un trabajo minucioso el que hicieron. Para recuperar el techo tuvieron que dividirlo en recortes porque había muchas partes frágiles. El piso es el original de pinotea, lo lijaron y acomodaron”, detalló.

Aportes

Luego los vecinos llevaron objetos de época, de galpones de empaque y fotos. “Es como si fuera un museo. Muchos se acercan y nos entregan recuerdos”, contó emocionado.

El lugar cuenta con una parte superior donde también se atiende a los comensales. Además allí hay una vidriera con objetos de porcelana antiguos.

Luis contó que quieren armar “una pared para que la gente exhiba durante un tiempo sus recuerdos”.

En las fotografías que se muestran hay una de José Bentata junto a su esposa. También otra donde figura Patricio Piñeiro Sorondo, el fundador de Allen.

La decoración la completan patentes antiguas, latas de galletitas viejas, radios, espejos y una hélice de un avión del siglo XX.

A eso de las cinco de la tarde llegan a tomar el té abuelos de 70 años y más. Cuando entran ven las fotos, el lugar y recuerdan lo que fue antes este café. Les da nostalgia. Algunos ingresaron cuando era una librería otros al almacén que en su tiempo era de ramos generales.

“Los clientes le cuentan a los mozos sus anécdotas que vivieron en este lugar. Es tanta la magia y los sentimientos que esto produce que vuelven”, dijo emocionado Luis. El lugar está abierto desde las 7 hasta pasada la media noche de martes a domingo.

El café es un arte para Aroma Urbano. “Trajimos un barista para que trabaje sobre cómo se tiene que hacer y servir un café”, señaló Luis.

Hay distintos gustos. Incluso hay café irlandés y colombiano, que es una mezcla con granos brasileños. También se contrató una chef de trayectoria para elaborar el menú.

En la carta hay platos elaborados, pizzas, milanesas, bifes jugosos y hasta mariscos.

También ofrecen pastas caseras y el clásico pastel de papas. Finalmente el infaltable whisky para que el que quiera tomarlo después de la cena. De 19 a 21 hay happy hour.

En 1935 José Bentata adquirió la esquina y puso una librería donde vendía artículos escolares y revistas.

“Allí compré mis primeros útiles, cuando comencé a estudiar en 1940”, contó Ignacio Tort, un vecino de Allen que ahora tiene 85 años.

Don José atendía el negocio e Ignacio iba a comprar todos los viernes las revistas que llegaban de Buenos Aires en tren.

La que más pedían los chicos era la deportiva El Gráfico.

“Ahí nos enterábamos cómo había salido el domingo pasado el automovilista Juan Manuel Fangio que corría en Europa”, contó con nostalgia Ignacio .

“Teníamos la radio pero había mucha interferencia y cuando terminaba la carrera no sabíamos quién había ganado”, recordó. La librería tenía sus vitrinas pero no había góndolas como hoy.

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