La esquina de Viedma que recuerda el encuentro de Ceferino y Gardel

Enrique Camino

Hay nostalgiosos que cuando deben encontrarse en la zona céntrica de esta capital toman como referencia a la esquina de Gardel y Ceferino. Cambian por una cuestión de costumbre, en lugar de mencionar a Colón y Rivadavia, al pie de la manzana histórica salesiana.

Esa intersección guarda un particular sentimiento para los viedmenses porque tiene vínculos tanto con el lirio de la Patagonia y ahora beato, como por el zorzal criollo.

Ambos no se cruzaron en Viedma. Su encuentro fue en 1887 cuando Ceferino Namuncurá cursó el cuarto grado del colegio primario Pío IX de Buenos Aires y allí compartieron el coro colegial. Pero todo tiene una explicación más profunda.

Ceferino tuvo un paso por esta capital. En 1903, su padre, el cacique y coronel del Ejército argentino pretendió que retorne a las tolderías como lenguaraz y secretario. Ceferino acudió a su entonces protector, Luis Sáenz Peña, y a monseñor Cagliero para que lo apoyen a seguir su vocación. Deciden enviarlo a Viedma para que continúe sus estudios bajo el cuidado del padre Evasio Garrone.

Ingresa al colegio San Francisco de Sales (hoy Colón y Rivadavia) y allí se encuentra con el aspirante a sacerdote, el hoy también beato Artémides Zatti.

En un sector de la edificación que originalmente estaba emplazada de cara a cuatro calles, está el aula donde estudió Ceferino. En la actualidad, el lugar sigue ocupado por una organización no gubernamental para desarrollar sus propias actividades, aunque una placa registra la impronta que dejó.

En la década del ‘90, un inquieto vecino llamado Lisandro Segovia, consiguió instalar en el primer piso de esa esquina, el museo gardeliano. Una interesante iniciativa producto de la pasión de un hombre por la figura y el legado artístico de Carlos Gardel.

Desde 2013, se le asignó al museo un lugar más amplio a escasos metros del mencionado vértice público por el que transitan a diario numerosas personas ya que cerca de la ochava se encuentra el ingreso a la biblioteca Mitre, al sector de aulas de la Universidad Nacional de Río Negro, al Consulado boliviano, y además el primer piso quedó para el museo del Agua y Del Suelo.

El conjunto de la edificación de la manzana histórica se inició en 1880 y se fue completando en 1887 con el esfuerzo de obreros de origen italiano. Hoy está en manos de la comunidad viedmense, tras la recuperación total por parte de la comuna capitalina.

Se trata de una obra arquitectónica repleta de valores simbólicos, culturales y sociales. Sin embargo, la esquina guarda otro hito. En su ochava se encuentra una placa de la Asociación Amigos de lo Nuestro que marca el nivel de dos metros de agua, como producto de una inundación que arrasó con la ciudad el 27 de julio de 1899.

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