ANÁLISIS: El que apuesta al dólar



MERCADO FINANCIERO

Por Marcelo Bátiz

Las inconsistencias del modelo económico explotaron por la válvula de escape habitual: el mercado paralelo de cambios. Las cotizaciones (así, en plural, dada la atomización de la plaza y la falta de un precio de referencia) del dólar se dispararon en cuestión de minutos y el Gobierno, a pesar de mantener un discurso de supuesta serenidad, abordó el problema en una reunión de emergencia.

Los voceros oficiales y paraoficiales recurrieron a explicaciones poco convincentes, remarcando la poca importancia de un sector reducido de especuladores y, por supuesto, a los “golpes de mercado” de los intereses económicos de siempre.

Sí, ese febrero de 1989 fue terrible.

Tanto como junio de 1975 o la repetición de conductas por parte de funcionarios a la espera de resultados diferentes, a tono con la definición que Albert Einstein formuló de la locura.

Es que ciertas actitudes que podrían tolerarse en economistas y políticos que recién llegaran al país y desconocieran su historia reciente, son inconcebibles para aquellos que vivieron de cerca las experiencias mencionadas, a las que se pueden sumar, con sus variaciones, marzo de 1981 ó enero de 2002.

El ejemplo paradigmático ocurrió esta semana, con una resolución de la AFIP que subía cinco puntos porcentuales un recargo (en los hechos, un impuesto no reconocido como tal) para gastos con tarjetas en el exterior y su ampliación al pago del turismo extranacional en agencias y casas de cambio locales. El eventual impacto positivo en las arcas fiscales no hubiera sido significativo aun si no hubiera provocado corrida financiera alguna, pero hay otras preguntas más importantes que saber cuántas décimas porcentuales habría subido la recaudación:

* ¿Hubo acaso algún funcionario que esperaba que esa medida no iba a repercutir en un mercado paralelo cuya brecha con el oficial no para de crecer hace quince meses y con reservas del Banco Central que en lo que va del año caen a razón de 65 millones de dólares por día hábil?

* ¿La resolución de la AFIP fue decidida de común acuerdo con otras áreas oficiales o de manera inconsulta? No está de más recordar que la AFIP es un organismo autárquico, pero la política impositiva -al menos teóricamente- es facultad del Ministerio de Economía a través de la Secretaría de Hacienda. Y que toda norma que involucre al mercado de cambios debe pasar por el Banco Central. Y que hace tres años la presidenta Cristina Fernández creó un Ministerio de Turismo. Si pudieran hablar sin temor a represalias, Hernán Lorenzino, Juan Carlos Pezoa, Mercedes Marcó del Pont y Enrique Meyer tendrían la palabra.

De todas maneras, ni la resolución de la AFIP ni la disparada del “blue” hubieran ocurrido sin el telón de fondo de una serie de decisiones de política económica que se fueron sucediendo en la década kirchnerista. Conviene reiterar que el olvidado “tipo de cambio competitivo” se gestó en el primer semestre de 2002, durante la Presidencia de Eduardo Duhalde y el Ministerio de Jorge Remes Lenicov. A partir del segundo semestre de ese año, el dólar no solo dejó de subir sino que registró una evolución descendente, al punto que tuvo que esperar ocho años para recuperar el valor nominal en pesos.

En ese esquema de dólar en descenso, inflación de un dígito y alto crecimiento económico, el kirchnerismo cometió el error de creer que el impulso inicial a la emisión monetaria -necesario para salir de una depresión económica de casi un lustro- podía mantenerse indefinidamente sin consecuencias en los precios.

Para expresarlo en números: desde marzo de 2003 al presente el PBI creció poco más del 90 por ciento, la inflación -al menos la que se puede reconstruir en base a diferentes cálculos privados- osciló el 340 por ciento y la circulación monetaria aumentó un 1.086 por ciento.

En todos los casos los números superan al retrasado dólar oficial (hablar de “mercado único y libre de cambios” pasó a ser un eufemismo), cuya cotización se incrementó en el mismo lapso un 62 por ciento. Hasta el “blue”, con una suba del 170 por ciento, corre muy por detrás de la inflación, aunque la ganancia del primer semestre de 2002 le permitió una holgura mayor que su par oficial.

Si en el equipo económico se tenía la esperanza de que bombear el crecimiento de la circulación monetaria once veces más que el PBI no tendría consecuencias en los precios, la paridad cambiaria y la competitividad, no hay que desempolvar incunables para refutarlo. La experiencia de hace veinticuatro años no es tan lejana para una dirigencia que se prepara este domingo para recordar lo que pasó hace treinta y siete.

De paso, también en 1976 hubo una apreciación cambiaria prolongada. Duró cinco años, la mitad que la iniciada en junio de 2002. A aquella tuvo que ponerle fin otro equipo económico, cuya cabeza pasó a la historia con su frase más desafortunada: “el que apuesta al dólar pierde”. No hay que esperar demasiado ingenio para los tiempos presentes. Ya se sabe que los funcionarios de Economía son personas de pocas palabras. (DyN)


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