¿Apología de la ignorancia?

Por Tomás Buch





Hace algún tiempo consideraba aquí el tema de la inseguridad como «problema complejo» que no admitía soluciones simples. La educación es otro de esos problemas complejos que enfrentamos, que tampoco admite explicaciones ni soluciones simples y que, en el mediano plazo, tal vez sea de gravedad aún mayor que el de la violencia y la inseguridad. Es llevado a nuestra atención por los repetidos ejemplos de abismal ignorancia que ponen de manifiesto nuestros estudiantes, la que suele ser considerada, sin embargo, más como un conjunto de escandalosas anécdotas que como síntoma de una verdadera catástrofe nacional en el mediano plazo. Y, a diferencia de la preocupación que los ciudadanos y las autoridades ponen de manifiesto cuando se ve amenazado su presente, y que se transforma en artículos del Código Penal, nadie parece estar tomando en serio la ominosa amenaza que se cierne sobre nuestro país por la cada vez más impresionante ineficacia de la educación formal.

La educación pública está en un brete que, como algunos creerán saber, es una parte de la vaca destinada a ser carne, tal vez, carne picada. El último escándalo fue aquel provocado por un profesor de la Universidad de La Plata, al detectar que para la mayoría de sus alumnos, Auschwitz era un biólogo alemán y el palenque, una parte del caballo. Hace ya algún tiempo que nos asombramos de los niveles que la ignorancia ha alcanzado en nuestro país. Si tales son las respuestas de los estudiantes universitarios, no vale la pena preguntar siquiera por los niveles de conocimientos de los niveles medios y primarios. Las escuelas argentinas -por lo menos las del sistema público, pero algunos privados no les van en zaga- ahora cumplen otras funciones: ya no enseñan nada; con suerte, socializan, dan contención y -¡supremo escándalo!- en muchos casos la única comida que los alumnos reciben en todo el día.

La realidad es a tal punto agobiante, que me resulta difícil escribir sobre ella. No basta con señalar lo grosero de la ignorancia de los alumnos. Este es sólo, como se suele decir, la punta de un iceberg cultural insondable en su profundidad, porque es un reflejo de la pérdida completa de los valores que deberían animar a nuestros jóvenes, entre ellos cierta cultura del esfuerzo personal. Ni siquiera basta con denunciar que algunos de ellos hasta sienten orgullo por su propia ignorancia, como si el saber -el carácter de «traga»- fuese una lacra social en vez de un orgullo y aun una ventaja en la vida. Algunos de los profesores de todos los niveles tal vez estén desesperados por la esterilidad de su mal retribuido trabajo; otros, ya habrán abandonado el esfuerzo de inculcar en sus alumnos la cultura del esfuerzo y del placer del conocimiento y serán cómplices del dejar pasar las horas de «clases», faltando todo lo que un estatuto demasiado tolerante les permite. Otros, en fin, se preguntarán sobre el origen y las razones de tanta ignorancia alegre. Tratemos de señalar algunas de esas razones.

Por de pronto, algunas de las respuestas mencionadas en la denuncia del profesor platense son tan delirantes que se podría tratar de bromas de los estudiantes; el profesor les pregunta acerca de las «partes del caballo»: entonces mencionan el palenque y la montura para burlarse del que pregunta. Pero seguramente en la mayoría de los casos, la ignorancia es real y tal vez hasta haya existido un biólogo alemán llamado Auschwitz. También los estudiantes de países desarrollados suelen confundir Australia con Austria, Suecia con Suiza y Argentina con Brasil, además de preguntarse en qué árboles crecen los pollos. Hace poco se publicaron resultados igualmente graves sobre la ignorancia de los estudiantes de aquellos países, en los que los jóvenes sencillamente no se interesan por nada más que su propia vida presente, y ni siquiera entienden que la vida adulta les planteará otras exigencias que la de conocer a los jugadores de fútbol y los integrantes de los conjuntos de rock.

Estamos en un mundo en el cual se suele hacer alarde de que se entramos en la «sociedad del conocimiento» y se dice que los ignorantes quedarán fuera de ese mundo. En una generación más, entonces, estaremos aún más fuera de este mundo de lo que estamos ahora y todos los esfuerzos del gobierno por lograr metas de crecimiento económico en el corto plazo serán vanas ante una población cada vez más ignorante e inerte, y tal vez orgullosa de su propia ignorancia. Siguiendo algunos ejemplos del pensamiento «políticamente correcto», habrá quien llamará «conocimientos diferentes» a lo que es simple ignorancia y ya hay funcionarios que se enojan con los que denuncian que los alumnos universitarios no saben nada de nada. Como ya es costumbre, lo más fácil es acusar al mensajero y confundir el que denuncia un crimen con sus autores: en efecto, ya se han publicado diatribas contra el profesor que hizo las preguntas, como si fuese indiscreto, irrelevante e improcedente pretender que un alumno universitario tenga algo que en otros tiempos se llamaba «cultura general», en un mundo donde existen Abu Ghraib y las injusticias que hacen arder al planeta que habitamos, y en un país que fue entregado a la rapacidad de unos pocos en detrimento de las mayorías. Como si se tratase de antinomias, como si la ignorancia fuese un arma de liberación. Observemos a esto que fue por ignorancia, y no por alguna sabiduría innata, que los mismos que fueron saqueados votan por sus propios saqueadores una y otra vez.

Una de las razones invocadas para hacer una verdadera apología de la ignorancia es que los que manejan el mundo lo hacen verdaderamente muy mal, pero eso, ciertamente, no lo hacen por ignorancia. Eso es, indudablemente, cierto. Pero tampoco lo hace por ser «cultos», sino por responder a intereses que son enteramente ajenos y contrapuestos a los de la inmensa mayoría de los seres humanos. Y no será, por cierto, por medio de una especie de «cruzada de los ignorantes» que la humanidad habrá de hacerles frente, tal como la terrible «cruzada de los niños» de la Edad Media no liberó la Tierra Santa, si acaso eso hubiese sido lo deseable. (Ahora podríamos preguntar a los estudiantes de historia: ¿qué fue la Edad Media? y muchos contestarán en términos de los personajes de Tolkien…). Hay una interacción perversa entre la ignorancia de gran parte de los jóvenes y sus propios intereses momentáneos, los que frecuentemente se limitan a sus relaciones personales, la música ruidosa y cierta indolencia consumista intensamente fomentada por los medios de difusión. A lo que en los medios más desposeídos se agrega una violencia latente y cada vez más manifiesta, que pone en evidencia la frustración de los que no tienen nada: ni trabajo, ni conocimientos, ni futuro y que sacan sus modelos de vida de esa misma televisión y sus armas del mercado negro manejado por los resortes de un poder devenido mafioso, cuyos integrantes -según un célebre miembro del «honorable» Senado- no hicieron su plata trabajando y casi ninguno de los cuales está entre rejas. Nadie se hace rico trabajando; tampoco por sus conocimientos, sino sólo y exclusivamente por su falta de escrúpulos. Y lo demás carece de rédito social.

La lectura no tiene «rating», en lo que la televisión, con su ritmo vertiginoso -que hasta es dañino para la salud- tiene no poca culpa. Tampoco en la escuela se enseña a leer o, por lo menos, a entender lo que se lee. (De paso: ¿a leer qué?) La televisión también tiene otras culpas, porque constantemente propone modelos de vida, en los que nada llama a la cultura en alguno de los sentidos de esa manoseada palabra, ni fomenta otra cosa que la imbecilidad, el facilismo y la violencia. Mucho de la tevé argentina constituye una verdadera escuela de la frivolidad cuando no del crimen. La televisión educa, aunque sea en el peor de los sentidos que se le puede dar a esa palabra. La escuela no parece estar a la altura de esa competencia.

Los docentes tampoco son ajenos al estado de cosas que lamentamos. Del autoritarismo de los años de plomo, que fueron la continuación de un sistema memorista y arcaico, cuyos contenidos guardaban muy poca relación con la vida de los alumnos y en los que todo pensamiento independiente era considerado subversivo, se pasó a un descontrol y a un rechazo a la autoridad que confundía a ésta con el autoritarismo. Pero los docentes mismos no conocían la diferencia, y nunca en veinte años de democracia -a pesar de congresos pedagógicos y reformas educacionales varias- se los preparó para encarar otra cosa que una clase callada o una complicidad con aquel descontrol. Si bien es cierto que sus salarios son insuficientes para quienes cumplen una función tan importante, es llamativo que hasta tercero o cuarto grado, cuando los chicos aún son dóciles, aprenden normalmente los rudimentos de la lectoescritura y la aritmética. Pero después son muy pocos los docentes que tienen la capacidad, las ganas o la fuerza para intentar siquiera la desigual lucha por la cultura. Se produce entonces la lamentable impotencia y desidia que señalábamos más arriba. Y el deplorable ejemplo de la falta de imaginación que, como arma de lucha por un mayor respeto de la sociedad por su trabajo, sólo conoce la huelga a costa de los alumnos. Las autoridades educativas las del menemismo, pero también las que les siguieron -incluso las actuales- tienen gran parte de la culpa de la decadencia del sistema educativo, ya que nunca se planteó un plan coherente para revertir los desbarajustes ni para invertir en educación los esfuerzos necesarios. Las consecuencias de la provincialización del sistema educativo fueron desastrosas, no tanto por los contenidos -que significaron una verdadera modernización teórica- sino por la manera en que el Estado Nacional les tiró el problema a las provincias, que en casi ningún caso estaban en condiciones de encararlo. Se profundizó así la diferencia entre ricos y pobres, aquí como en todos los demás aspectos de la política oficial. Pero, allí donde el actual gobierno está encarando soluciones correctivas en otros ámbitos, en el educativo lamentablemente aún no ha dado señales de vida. Y día tras día, el problema se agrava y pone en peligro de muerte nuestro futuro, como individuos y como nación.

Posdata: la eliminación de dos significativos programas «culturales» del canal público de televisión en favor de una programación más «atractiva» y «moderna» que pretenda competir con la deplorable tevé comercial, me parece una señal en el sentido directamente contrario al que debería darse, ya que sigue marcando a la cultura como elitista y la ignorancia como la cultura de los jóvenes a los que hay que halagar a toda costa.


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